Un día cualquiera…
Esta reflexión, que ya circulaba por Internet desde hacía varios años ha sido “recogida” por una empresa de publicidad que lo ha utilizado para “vendernos” las excelencias de un coche en un anuncio de televisión.
Cada noche, cuando está a punto de agotarse ese saldo de tiempo llega el momento de parar nuestra actividad y descansar… Una buena costumbre es echar un vistazo al día que acaba de terminar y preguntarnos: ¿Cómo lo he gestionado?
En ese momento tal vez nos demos cuenta de lo cansados que estamos… y no me refiero solo en sentido físico, sino a lo saturados que están nuestros ojos de imágenes, nuestros oídos de ruido, nuestra mente de pensamientos que vienen y van incesantemente y que a veces se meten en bucles sin salida, o a la vorágine de sensaciones, emociones y sentimientos en los que nos hemos visto envueltos a lo largo del día.
Buscar unos minutos de silencio, de sosiego, de soledad, de intimidad… se convierte en algo imprescindible para garantizar nuestra salud física y emocional. Adentrarnos por el camino interior es hoy una necesidad, no una moda o una práctica original.
A lo largo de esos 1.440 minutos nos vamos impregnando de cuanto nos rodea, vamos absorbiendo energías de todo tipo, radiaciones electromagnéticas, ondas de distinta frecuencia, contaminación del aire, la permanencia en lugares cerrados con aire acondicionado y calefacción, con moquetas o materiales plásticos… de todas esas energías nocivas somos más o menos conscientes.
Sin embargo, pocas veces nos damos cuenta de otro tipo de “contaminación” a la que estamos sometidos y que nos afecta más de lo que imaginamos. Se han hecho estudios sobre el impacto que tienen las relaciones interpersonales en nuestra biología, se ha demostrado que los estados anímicos positivos y las buenas relaciones afectivas potencian nuestro sistema inmunológico e igualmente los efectos nocivos que las emociones negativas tienen sobre nuestra salud física y psicológica.
Sabemos hasta qué punto el entorno en que nos desenvolvemos afecta nuestra vida, nuestro estado de ánimo, nuestras ideas… Somos seres sociales y tenemos en nuestro cerebro neuronas especializadas para sintonizar con los demás, para reflejar sus gestos, para imitar sus posturas, para reproducir en nosotros sus emociones y sentimientos.
Por otra parte, al cabo del día nos llegan cantidades ingentes de información y es fundamental tener una buena capacidad crítica que nos permita colocar adecuadamente aquello que nos llega y que consideramos interesante y rechazar lo que creemos puede perjudicarnos.
¿Quiénes son nuestros principales aliados?
Vamos a hablar de dos capacidades que tenemos los seres humanos y que nos sirven como antenas para detectar las energías del entorno: observación y sensibilidad. Una está enfocada hacia el exterior y la otra hacia el interior.
Habitualmente estamos muy pendientes de lo que nos puede afectar, es decir, en estado de observación durante el cual nuestros sensores están muy activos recogiendo datos de fuera. Pocas veces trascendemos de ese estado porque eso implicaría parar unos minutos y dirigir la observación hacia el interior, única forma de despertar la sensibilidad, que nos conecta con nuestros temores y nuestras creencias más arraigadas. Entre ambas capacidades está nuestra disposición a aceptar cosas nuevas y la de defender lo que tenemos integrado.
Los patrones de conducta diaria no varían de un día para otro de forma significativa, pero en periodos más largos se pueden apreciar diferencias. Y es que todos estamos sometidos a la contaminación de las ideas, por eso es muy importante tener claro cuál es nuestro nivel de observación y sensibilidad porque de ese modo podemos ser permeables a las ideas que queremos y refractarios a las demás… Si esas dos capacidades no están activas, las inferencias externas entran a borbotones, contaminando y alterando significativamente la percepción del mundo y de nosotros mismos.
En definitiva, se trata de algo muy simple aparentemente pero que en estos tiempos resulta complicado: tener criterio, algo que se ha vuelto imprescindible para sobrevivir con coherencia en la complejidad del mundo actual. O en otras palabras Vivir cada día con Consciencia.
Cada noche, cuando está a punto de agotarse ese saldo de tiempo llega el momento de parar nuestra actividad y descansar… Una buena costumbre es echar un vistazo al día que acaba de terminar y preguntarnos: ¿Cómo lo he gestionado?
En ese momento tal vez nos demos cuenta de lo cansados que estamos… y no me refiero solo en sentido físico, sino a lo saturados que están nuestros ojos de imágenes, nuestros oídos de ruido, nuestra mente de pensamientos que vienen y van incesantemente y que a veces se meten en bucles sin salida, o a la vorágine de sensaciones, emociones y sentimientos en los que nos hemos visto envueltos a lo largo del día.
Buscar unos minutos de silencio, de sosiego, de soledad, de intimidad… se convierte en algo imprescindible para garantizar nuestra salud física y emocional. Adentrarnos por el camino interior es hoy una necesidad, no una moda o una práctica original.
A lo largo de esos 1.440 minutos nos vamos impregnando de cuanto nos rodea, vamos absorbiendo energías de todo tipo, radiaciones electromagnéticas, ondas de distinta frecuencia, contaminación del aire, la permanencia en lugares cerrados con aire acondicionado y calefacción, con moquetas o materiales plásticos… de todas esas energías nocivas somos más o menos conscientes.
Sin embargo, pocas veces nos damos cuenta de otro tipo de “contaminación” a la que estamos sometidos y que nos afecta más de lo que imaginamos. Se han hecho estudios sobre el impacto que tienen las relaciones interpersonales en nuestra biología, se ha demostrado que los estados anímicos positivos y las buenas relaciones afectivas potencian nuestro sistema inmunológico e igualmente los efectos nocivos que las emociones negativas tienen sobre nuestra salud física y psicológica.
Sabemos hasta qué punto el entorno en que nos desenvolvemos afecta nuestra vida, nuestro estado de ánimo, nuestras ideas… Somos seres sociales y tenemos en nuestro cerebro neuronas especializadas para sintonizar con los demás, para reflejar sus gestos, para imitar sus posturas, para reproducir en nosotros sus emociones y sentimientos.
Por otra parte, al cabo del día nos llegan cantidades ingentes de información y es fundamental tener una buena capacidad crítica que nos permita colocar adecuadamente aquello que nos llega y que consideramos interesante y rechazar lo que creemos puede perjudicarnos.
¿Quiénes son nuestros principales aliados?
Vamos a hablar de dos capacidades que tenemos los seres humanos y que nos sirven como antenas para detectar las energías del entorno: observación y sensibilidad. Una está enfocada hacia el exterior y la otra hacia el interior.
Habitualmente estamos muy pendientes de lo que nos puede afectar, es decir, en estado de observación durante el cual nuestros sensores están muy activos recogiendo datos de fuera. Pocas veces trascendemos de ese estado porque eso implicaría parar unos minutos y dirigir la observación hacia el interior, única forma de despertar la sensibilidad, que nos conecta con nuestros temores y nuestras creencias más arraigadas. Entre ambas capacidades está nuestra disposición a aceptar cosas nuevas y la de defender lo que tenemos integrado.
Los patrones de conducta diaria no varían de un día para otro de forma significativa, pero en periodos más largos se pueden apreciar diferencias. Y es que todos estamos sometidos a la contaminación de las ideas, por eso es muy importante tener claro cuál es nuestro nivel de observación y sensibilidad porque de ese modo podemos ser permeables a las ideas que queremos y refractarios a las demás… Si esas dos capacidades no están activas, las inferencias externas entran a borbotones, contaminando y alterando significativamente la percepción del mundo y de nosotros mismos.
En definitiva, se trata de algo muy simple aparentemente pero que en estos tiempos resulta complicado: tener criterio, algo que se ha vuelto imprescindible para sobrevivir con coherencia en la complejidad del mundo actual. O en otras palabras Vivir cada día con Consciencia.







































