Y así debe ser, en los momentos auténticos de crecimiento nadie puede dictar las palabras que pronunciaremos, ni dirigirnos, aunque presuma de ser un experto en ese campo. Nadie puede, tampoco, evaluar nuestra actuación porque no se trata de juzgar la interpretación sino de que cada actor esté atento a lo que surge durante su actuación. Es el propio protagonista quien tiene que averiguar cómo lo ha interpretado. Una vez más, el acento hay que ponerlo en el proceso.
Siempre suele haber alguien que elige representar un papel más ingrato pues asume sacar a la luz una parte de mayor oscuridad. Es curioso observar cómo, en absoluta identificación de su papel, ese protagonista de la historia se va deslizando cada vez más por una peligrosa pendiente, cómo las decisiones que toma van encaminadas de forma inexorable a mostrar los aspectos más reprobables, las actitudes más rechazables.
Es lo mismo que sucede con los protagonistas de esas viejas películas en las que los “malos” son cada vez más malos, más torpes, incluso más feos y además parece que están condenados a equivocarse en cada paso que dan. Todo ello favorece que el “público espectador” se posicione en su contra.
A partir de ahí en pocas horas el ambiente se carga de palabras acusadoras y calificativos que pueden ir subiendo de tono durante toda la obra. Ese personaje es fundamental en el transcurso de la representación porque sirve de modelo decantador para que el resto de los actores tome posiciones con respecto a él, a su postura o a sus ideas. Y, al igual que ocurre en la naturaleza misma, empiezan a funcionar las sintonías y los rechazos. El libre albedrío de cada uno comienza a girar de forma vertiginosa y así, constantemente, se producen situaciones que empujan al resto de los actores a tomar decisiones. Resulta muy difícil permanecer al margen, sólo hay una forma de hacerlo: elegir no participar activamente en la obra, es decir, ser un mero espectador.
Las energías comienzan a moverse, se entremezclan, se superponen, se asocian o se repelen, afectan a unos u otros dependiendo de actitudes, estados de ánimo, sintonías o rechazos.
Siempre suele haber alguien que elige representar un papel más ingrato pues asume sacar a la luz una parte de mayor oscuridad. Es curioso observar cómo, en absoluta identificación de su papel, ese protagonista de la historia se va deslizando cada vez más por una peligrosa pendiente, cómo las decisiones que toma van encaminadas de forma inexorable a mostrar los aspectos más reprobables, las actitudes más rechazables.
Es lo mismo que sucede con los protagonistas de esas viejas películas en las que los “malos” son cada vez más malos, más torpes, incluso más feos y además parece que están condenados a equivocarse en cada paso que dan. Todo ello favorece que el “público espectador” se posicione en su contra.
A partir de ahí en pocas horas el ambiente se carga de palabras acusadoras y calificativos que pueden ir subiendo de tono durante toda la obra. Ese personaje es fundamental en el transcurso de la representación porque sirve de modelo decantador para que el resto de los actores tome posiciones con respecto a él, a su postura o a sus ideas. Y, al igual que ocurre en la naturaleza misma, empiezan a funcionar las sintonías y los rechazos. El libre albedrío de cada uno comienza a girar de forma vertiginosa y así, constantemente, se producen situaciones que empujan al resto de los actores a tomar decisiones. Resulta muy difícil permanecer al margen, sólo hay una forma de hacerlo: elegir no participar activamente en la obra, es decir, ser un mero espectador.
Las energías comienzan a moverse, se entremezclan, se superponen, se asocian o se repelen, afectan a unos u otros dependiendo de actitudes, estados de ánimo, sintonías o rechazos.
Cuando el miedo hace su aparición
Aparece, entonces, el amplio abanico de posibilidades que nos ofrece el miedo en todas sus variadas manifestaciones:
Pueden surgir, por ejemplo, personajes que intentarán por todos los medios evitar situaciones conflictivas y que al encontrarse con la injusticia, la deshonestidad, la mentira, la incongruencia o la manipulación mirarán para otro lado aludiendo a la necesidad de que no se rompa la armonía que se supone debería reinar en una obra de teatro de esas características, o argumentando que la mayoría de las personas habían comprado entradas para ver unos paisajes muy concretos, pero que mostrarles las zonas oscuras no iba a ser de su agrado y además no beneficiaría a nadie.
Así su actuación se centra en ocultar, minimizar o ignorar lo que sucede a su alrededor. Otros, atendiendo a las demandas de su personalidad, se pueden colocar claramente a la contra, representando la resistencia. Pero, muchas veces, en lugar de provocar un enfrentamiento abierto y directo –algo que puede no ser bien visto- lo hacen de forma soterrada, vertiendo comentarios a diestro y siniestro, contando una y otra vez los hechos reprobables, aireando todo aquello que consideraban inaceptable y, por supuesto, cargando sus juicios con sus propias opiniones e interpretaciones.
Su agresividad es comparable a la del adversario contra el que supuestamente luchan, en realidad son del mismo signo, y por lo tanto se retroalimentan. Estos personajes juegan también un papel fundamental pues intentan influir en los demás, en los que aún no se han definido, creando grupos de opinión e intentando ganar la batalla alineando a más partidarios de sus criterios en sus filas. Sus herramientas son el juicio, la descalificación, el insulto, la obcecación, la intolerancia y la ruptura.
También se aprecian en su comportamiento matices relacionados con la satisfacción que les produce el ejercicio del poder.
Es más fácil ver “la paja en el ojo ajeno que la viga en el nuestro” dicen los refranes populares y la nueva Psicología trabaja sobre esta idea asegurándonos que cuando algo del otro nos afecta de forma muy significativa es porque eso también lo tenemos nosotros en nuestra personalidad.
En otras palabras, que lo que vemos en los demás no son sino aquellas partes inconscientes de nosotros mismos que están pendientes de ser reconocidas. En muchas ocasiones vivimos situaciones que nos permiten atacar en los demás lo que no somos capaces de afrontar en nosotros.
Pueden surgir, por ejemplo, personajes que intentarán por todos los medios evitar situaciones conflictivas y que al encontrarse con la injusticia, la deshonestidad, la mentira, la incongruencia o la manipulación mirarán para otro lado aludiendo a la necesidad de que no se rompa la armonía que se supone debería reinar en una obra de teatro de esas características, o argumentando que la mayoría de las personas habían comprado entradas para ver unos paisajes muy concretos, pero que mostrarles las zonas oscuras no iba a ser de su agrado y además no beneficiaría a nadie.
Así su actuación se centra en ocultar, minimizar o ignorar lo que sucede a su alrededor. Otros, atendiendo a las demandas de su personalidad, se pueden colocar claramente a la contra, representando la resistencia. Pero, muchas veces, en lugar de provocar un enfrentamiento abierto y directo –algo que puede no ser bien visto- lo hacen de forma soterrada, vertiendo comentarios a diestro y siniestro, contando una y otra vez los hechos reprobables, aireando todo aquello que consideraban inaceptable y, por supuesto, cargando sus juicios con sus propias opiniones e interpretaciones.
Su agresividad es comparable a la del adversario contra el que supuestamente luchan, en realidad son del mismo signo, y por lo tanto se retroalimentan. Estos personajes juegan también un papel fundamental pues intentan influir en los demás, en los que aún no se han definido, creando grupos de opinión e intentando ganar la batalla alineando a más partidarios de sus criterios en sus filas. Sus herramientas son el juicio, la descalificación, el insulto, la obcecación, la intolerancia y la ruptura.
También se aprecian en su comportamiento matices relacionados con la satisfacción que les produce el ejercicio del poder.
Es más fácil ver “la paja en el ojo ajeno que la viga en el nuestro” dicen los refranes populares y la nueva Psicología trabaja sobre esta idea asegurándonos que cuando algo del otro nos afecta de forma muy significativa es porque eso también lo tenemos nosotros en nuestra personalidad.
En otras palabras, que lo que vemos en los demás no son sino aquellas partes inconscientes de nosotros mismos que están pendientes de ser reconocidas. En muchas ocasiones vivimos situaciones que nos permiten atacar en los demás lo que no somos capaces de afrontar en nosotros.
Mirar para otro lado
Otros actores deciden adoptar una postura de: “aquí no pasa nada... yo no veo que haya nada..., creo que todo está bien...”. Y proponen constantemente soluciones tan etéreas, tan alejadas de la realidad, que sus intentos no tienen ningún eco. Estos personajes no se parecen a los que representaban las distintas caras del miedo, sino que están más cercanos a la inconsciencia, a la superficialidad, a no querer profundizar por si encuentran algo que les desagrade. Así su vida discurre intercambiando sonrisas y frases huecas que a nadie hacen olvidar el drama de la vida que se vive en el escenario.
También suelen aparecer otro grupo de personajes: los guerreros justicieros, los
abogados de pleitos pobres, los vengadores, los jueces, los “robin hood”, los ejecutivos, los dictadores, los líderes, los operativos. Estos se pasan la vida buscando y, por supuesto, encontrando causas que defender. Situaciones de injusticia que hay que atacar, débiles que necesitan ser defendidos, verdades que deben imponerse... Probablemente, en un desesperado intento de huir de sí
mismos, de no mirar su propia realidad.
Continuará...
También suelen aparecer otro grupo de personajes: los guerreros justicieros, los
abogados de pleitos pobres, los vengadores, los jueces, los “robin hood”, los ejecutivos, los dictadores, los líderes, los operativos. Estos se pasan la vida buscando y, por supuesto, encontrando causas que defender. Situaciones de injusticia que hay que atacar, débiles que necesitan ser defendidos, verdades que deben imponerse... Probablemente, en un desesperado intento de huir de sí
mismos, de no mirar su propia realidad.
Continuará...







































