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El Gran Teatro del Mundo - Parte 1



Maria Pinar Merino Martin

18/06/2026

A veces me surge un sentimiento de admiración profunda por la vida. Es cuando reconozco, casi con veneración, la inagotable fuente de aprendizaje y
experiencias que supone para mí pasar la página correspondiente a cada día y darme cuenta de las oportunidades de aprender que se han abierto ante mí.



Imagen creada con IA
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Me maravilla el número de sincronicidades que se producen, la magia que tiene lugar cuando el Universo entero parece confabularse para que avancemos un pasito siquiera en la comprensión del mundo que nos rodea. A veces esa comprensión llega suavemente, como el discurrir de un río por el valle, pero otras en cambio el curso se vuelve agitado, y nos encontramos inmersos en cataratas y remolimos. Es decir, en unas ocasiones aprendemos por comprensión y en otras por dolor, pero siempre, siempre, el objetivo final es idéntico: aprender.
 
Nuestra vida, al igual que un territorio amplio, está salpicada por múltiples accidentes geográficos y hay momentos en que nuestro recorrido se encuentra con un punto álgido, una situación difícil que nos coloca ante una frontera, es entonces cuando tenemos que tomar una decisión muy importante: superar ese reto o renunciar a él.
 
A veces me pierdo -supongo que como muchos otros-, me pierdo buscando mi avance espiritual a través de todo aquello que tiene un cierto carácter de extraordinario. Creo que voy a avanzar más si acudo a llenarme de las energías poderosas que hay en un determinado lugar, y viajo... y hago los rituales que otros me recomiendan, y me abro a las energías sutiles que me van a facilitar el acceso a territorios de consciencia hasta entonces vedados. En otras ocasiones hago cursos, leo libros “garantizados”, practico y experimento con ejercicios dictados por los expertos... Es una parte de mi búsqueda personal que me hace abrirme a lo que me rodea. Y la verdad es que no me arrepiento, pues sé que todos esos pasos tienen un sentido, y funcionan.
 
La vida como escuela de aprendizaje
 
Sin embargo, cuando echo la vista atrás me doy cuenta de que mis verdaderos avances, esos momentos de mi vida en que puedo considerar sin lugar a dudas que he dado un paso adelante, no están enmarcados por ninguna de esas experiencias, sino por circunstancias normales de mi vida que en un momento determinado se tornaron en extraordinarias.
 
Reconozco que los chispazos de entendimiento profundo que he alcanzado, los instantes de lucidez en que me parecía saber de qué iba este mundo tan aparentemente caótico, los leves contactos con esa realidad superior, no han venido tras haberlos buscado o tras realizar las prácticas recomendadas, sino cuando era capaz de abrir mi espíritu a otras realidades sin buscar nada, sin tener ningún objetivo, sin pretender alcanzar unas expectativas forjadas por la intención, cuando la voluntad no estaba presente, cuando no era yo quien dirigía, sino cuando dejaba que otra parte de mí, mucho más profunda tomara las riendas y yo me limitaba a seguir sus impulsos.
 
Cuando reconozco una de esas situaciones no puedo por menos de considerarla una bendición porque me coloca en la tesitura de tomar decisiones, decisiones importantes que sé que hacen fluctuar mi “evolucionómetro interno” en cuanto al mayor o menor grado de consciencia.
 
Es bien sabido que en determinados lugares del planeta existen vórtices energéticos que actúan como decantadores de las energías que coexisten en la naturaleza y también dentro de nosotros. En esos lugares afloran de forma inequívoca e inevitable la luz y la oscuridad.
 
Y también sabemos que la energía no tiene signo, es decir, no tiene carga positiva o negativa en sí misma, sino que somos las personas las que le otorgamos ese carácter al sintonizar con ella y permitir que afloren distintos aspectos de nuestro ser.
 
Es entonces cuando las distintas polaridades cobran vida al ser “encarnadas” o representadas por unos actores que no somos sino nosotros mismos.
 
En el reparto de la obra que vamos a representar cada uno elige el personaje, pero los guiones no están escritos, ni los gestos, ni las actitudes, ni el tono de voz, las pausas o los silencios. Todo eso se deja a la improvisación personal. La improvisación, la apertura...la libertad en último extremo.
 
Continuará...




              



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