En otro gran grupo se alinean los desconfiados, los medrosos, los envidiosos, los calumniadores, los que sólo ven la realidad sesgada y su único objetivo es echar más leña al fuego que arde. Son los que tergiversan las palabras, los que se amparan en las verdades a medias, los que sólo escuchan la parte de la historia que coincide con sus planteamientos, los que quieren vengarse por todos los atropellos sufridos a lo largo de su vida, los que se ensañan buscando siempre en los demás las causas de la desarmonía y que en último extremo responsabilizan a todo el que se cruza en su camino de lo malo que ocurre a su alrededor.
También encontramos a los pacifistas, los espirituales, los bondadosos, los místicos mal entendidos que parecen caminar a un metro del suelo para no entrar en contacto con una realidad que les desagrada y prefieren pasar por encima de ella. Los mantenedores de la armonía a ultranza, los que se niegan a sí mismos ignorando sus impulsos internos, los que renuncian a su criterio amparándose en los dogmas y los preceptos de las creencias aprendidas.
Son los esclavos de la imagen, de la opinión de los demás, los que por dar la talla se olvidan de vivir y construyen un mundo a su medida que les sirve de refugio.
Por otros lugares del escenario pululan los sacrificados, los sufridores, las víctimas, los que consideraban cualquier situación como una prueba impuesta que deben superar mediante la renuncia y el sacrificio. Aquellos que creen que el dolor les acerca más al mundo espiritual y que el goce les aleja de él. Los que creen que el mundo sólo se divide en dos clases de personas: víctimas y verdugos, y ellos para adecuarse a su patrón ideal eligen sin dudar el de víctimas.
Ellos desvirtúan hasta tal punto su escala de valores que sus aspiraciones de ser feliz se reducen a tener una vida sin complicaciones. Son los que eluden las emociones porque les pueden desarmonizar, los que se refugian en una humildad no sentida pues en el fondo tienen un sentimiento de superioridad con respecto a los demás al creerse mejores que el resto olvidándose que sólo pueden existir verdugos si hay víctimas que se lo permitan.
Y, por último, algunos actores asumen un papel aparentemente muy cómodo de desempeñar: el pasota. Defiende la idea de que lo mejor es no implicarse, quedarse al margen, permitiendo que pase el tiempo y éste sea el que arregle el conflicto o el que nos haga olvidarlo.
Su argumento es: “¡Total, no merece la pena, no vamos a arreglar el mundo por librar una pequeña batalla!”. Siempre piensan que el esfuerzo es inútil porque la recompensa es muy pequeña y que los únicos que pueden cambiar algo en el mundo son los poderosos, los gobernantes, los líderes religiosos, los que manejan la economía o los medios de comunicación... Su pasividad esconde cobardía y con su actitud favorecen que nada cambie.
También encontramos a los pacifistas, los espirituales, los bondadosos, los místicos mal entendidos que parecen caminar a un metro del suelo para no entrar en contacto con una realidad que les desagrada y prefieren pasar por encima de ella. Los mantenedores de la armonía a ultranza, los que se niegan a sí mismos ignorando sus impulsos internos, los que renuncian a su criterio amparándose en los dogmas y los preceptos de las creencias aprendidas.
Son los esclavos de la imagen, de la opinión de los demás, los que por dar la talla se olvidan de vivir y construyen un mundo a su medida que les sirve de refugio.
Por otros lugares del escenario pululan los sacrificados, los sufridores, las víctimas, los que consideraban cualquier situación como una prueba impuesta que deben superar mediante la renuncia y el sacrificio. Aquellos que creen que el dolor les acerca más al mundo espiritual y que el goce les aleja de él. Los que creen que el mundo sólo se divide en dos clases de personas: víctimas y verdugos, y ellos para adecuarse a su patrón ideal eligen sin dudar el de víctimas.
Ellos desvirtúan hasta tal punto su escala de valores que sus aspiraciones de ser feliz se reducen a tener una vida sin complicaciones. Son los que eluden las emociones porque les pueden desarmonizar, los que se refugian en una humildad no sentida pues en el fondo tienen un sentimiento de superioridad con respecto a los demás al creerse mejores que el resto olvidándose que sólo pueden existir verdugos si hay víctimas que se lo permitan.
Y, por último, algunos actores asumen un papel aparentemente muy cómodo de desempeñar: el pasota. Defiende la idea de que lo mejor es no implicarse, quedarse al margen, permitiendo que pase el tiempo y éste sea el que arregle el conflicto o el que nos haga olvidarlo.
Su argumento es: “¡Total, no merece la pena, no vamos a arreglar el mundo por librar una pequeña batalla!”. Siempre piensan que el esfuerzo es inútil porque la recompensa es muy pequeña y que los únicos que pueden cambiar algo en el mundo son los poderosos, los gobernantes, los líderes religiosos, los que manejan la economía o los medios de comunicación... Su pasividad esconde cobardía y con su actitud favorecen que nada cambie.
Cuando crees que eres el personaje que estás interpretando
Muchos actores, inmersos en el discurrir de la obra llegan a identificarse tanto con el papel elegido que se olvidan de la persona que son y llegan a creerse el personaje que interpretan. También se olvidan de que la función tiene un propósito: poner en práctica las ideas, las actitudes, las creencias, los pensamientos, para contrastar el mundo interior con el exterior y así aprender de la experiencia.
En lugar de atender a sus propias reacciones y aprender de ellas creen que son las circunstancias externas y los demás los responsables de lo que sucede, sin darse cuenta de que al pensar así se sitúan fuera del conflicto.
Es cierto que el decorado, la puesta en escena, los otros actores, la ambientación, la luz, la música, los colores, etc. nos afectan, pero curiosamente cada persona-actor tiene una reacción diferente y ahí radica el punto fundamental de la experiencia.
En lugar de atender a sus propias reacciones y aprender de ellas creen que son las circunstancias externas y los demás los responsables de lo que sucede, sin darse cuenta de que al pensar así se sitúan fuera del conflicto.
Es cierto que el decorado, la puesta en escena, los otros actores, la ambientación, la luz, la música, los colores, etc. nos afectan, pero curiosamente cada persona-actor tiene una reacción diferente y ahí radica el punto fundamental de la experiencia.
Cada uno vive los hechos desde el interior, desde sí mismo. No es la actitud de este o aquel personaje lo que provoca nuestra reacción... pensar eso es lo fácil, lo obvio. Ahí lo importante es identificar la “aportación” que nosotros hacemos a la obra, la factura que pasamos a esos personajes por lo que no habíamos cobrado en alguna situación similar de nuestro pasado, la pelea que no habíamos enfrentado en su momento, la confianza que nos habían defraudado, lo manipulados que nos habíamos sentido a lo largo de toda nuestra historia, la venganza que no habíamos podido llevar a cabo hacía tiempo, las reclamaciones que nunca nos atrevimos a hacer... En cada gesto, en cada frase, cada uno de los personajes reclama todo aquello que no había logrado y la obra que representamos simplemente nos permite sacarlo a la luz.
Es normal que los enfrentamientos provoquen la división de nuestro pequeño mundo en dos grandes bandos: los buenos y los malos. Es la historia de la vida, la historia de las relaciones humanas, nuestra historia personal ¿o no?.







































