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La experiencia y la sabiduría desaprovechadas



Luis Arribas Mercado

03/03/2026

La longevidad es uno de los mayores logros de nuestra época, pero paradójicamente convivimos con una contradicción: vivimos más años que nunca y, sin embargo, escuchamos menos que nunca a quienes ya han vivido más.



Foto de Cristina Gottardi en Unsplash
Foto de Cristina Gottardi en Unsplash
En muchas sociedades contemporáneas, especialmente las más orientadas a la productividad inmediata, la vejez se percibe como un periodo de declive, no como una etapa de plenitud cognitiva, emocional y social. Esa mirada empobrecida provoca un desperdicio silencioso: el de la experiencia y la sabiduría de las personas mayores.
 
La sabiduría no es solo conocimiento acumulado puesto en práctica, es la capacidad de interpretar la vida con perspectiva, de distinguir lo urgente de lo importante, de reconocer patrones humanos que solo se manifiestan con el tiempo. Las personas mayores han atravesado crisis económicas, cambios culturales, pérdidas, reinicios, decisiones difíciles. Han visto cómo se repiten los errores y cómo se transforman las oportunidades. Ese bagaje es un recurso social de primer orden, pero rara vez se integra de forma sistemática en la toma de decisiones colectivas.
 
Sin embargo, allí donde a los mayores se les da un papel activo, los resultados son evidentes. La creación de programas que se basan en la confianza, la escucha activa y el intercambio intergeneracional de saberes para potenciar habilidades, metas y el crecimiento integral, mejoran el rendimiento académico y emocional de los jóvenes. Iniciativas de participación ciudadana con mayores aportan soluciones más realistas y sostenibles. Incluso en la vida cotidiana, la presencia de personas mayores en redes de apoyo vecinal reduce la soledad y fortalece el tejido social.
 
La marginación simbólica de las personas mayores no es solo un problema social, es un empobrecimiento cultural y humano. Cuando una sociedad aparta a quienes han vivido más, renuncia a una de las fuentes de conocimiento más profundas que existen: la experiencia encarnada, esa que no se aprende en manuales ni se adquiere con cursos acelerados, sino que se destila lentamente a través de décadas de vida, vínculos, pérdidas, decisiones y aprendizajes.

La sabiduría que no sabemos escuchar

La modernidad ha construido un ideal de eficiencia que privilegia la rapidez, la novedad y la juventud. En ese marco, la vejez se interpreta como un tiempo de retirada, no de contribución. Pero la sabiduría no sigue la lógica de la inmediatez: necesita tiempo, fracasos, memoria y perspectiva, justo aquello que poseen quienes han atravesado varias etapas vitales.
 
La experiencia de los mayores es un tipo de conocimiento que no puede digitalizarse ni automatizarse. Es un saber sobre cómo funcionan las personas, cómo se sostienen las relaciones, cómo se sobrevive a lo inesperado. Es una comprensión profunda de los matices humanos, como saber cuándo conviene hablar y cuándo callar, qué conflictos merecen energía y cuáles se disuelven solos, qué decisiones transforman una vida y cuáles solo la agitan.
 
Sin embargo, este saber queda relegado a espacios íntimos o familiares, cuando podría iluminar debates públicos, orientar políticas sociales, enriquecer la educación emocional de los jóvenes y aportar una mirada más amplia a los dilemas contemporáneos.

Una sociedad que corre demasiado

La aceleración constante nos hace creer que lo nuevo es siempre mejor. Pero sin memoria colectiva, la innovación se vuelve superficial. Las personas mayores son portadoras de una memoria que no es nostalgia, sino visión amplia, pues recuerdan cómo se resolvieron crisis anteriores, cómo se transformaron las ciudades, cómo cambiaron las relaciones laborales, cómo se vivió la incertidumbre en otros tiempos…
 
Más allá del conocimiento práctico, hay un valor filosófico en la presencia de los mayores. Representan la continuidad, la perspectiva larga, la conciencia de que la vida no es solo productividad, sino también vínculo, cuidado, sentido. Su mirada relativiza lo urgente y rescata lo esencial.
 
En muchas culturas tradicionales, la figura del anciano era central porque encarnaba la sabiduría comunitaria, algo que se debía salvaguardar. Hoy, en cambio, la vejez se asocia a la dependencia, no a la autoridad moral. Esa inversión de valores empobrece a todos, a los jóvenes, que pierden referentes; a los adultos, que pierden guía; y a los propios mayores, que pierden reconocimiento.
 
Por lo tanto, reintegrar a las personas mayores no es un gesto de benevolencia, sino una estrategia de madurez social. Implica crear espacios donde su experiencia sea escuchada, donde puedan transmitir lo aprendido, donde su presencia no sea tolerada, sino buscada.

 

Nunca antes habíamos tenido tantas personas mayores con buena salud, autonomía y lucidez. Pero tampoco nunca antes habíamos sido tan proclives a ignorarlas. La paradoja es evidente: la longevidad aumenta, pero la relevancia social de quienes envejecen disminuye.
 
La sociedad renuncia a un tipo de conocimiento que solo se adquiere con el tiempo, como es el conocimiento sobre la vida misma. No hablamos de datos ni de habilidades técnicas, sino de comprensión humana, de saber qué sostiene una relación, qué destruye una comunidad, qué decisiones dejan huella y cuáles se evaporan.

La sabiduría como forma de ver el mundo

La experiencia de los mayores no es un archivo de anécdotas, sino una forma de interpretar la realidad. Es una mirada más amplia, menos reactiva, más consciente de los ciclos y de las consecuencias. Esa mirada es filosófica en el sentido más profundo pues ayuda a distinguir lo esencial de lo accesorio.
 
En un mundo saturado de estímulos, esa capacidad de filtrar, de priorizar, de relativizar, es un tesoro. Pero la cultura dominante -rápida, joven, orientada al rendimiento- no sabe cómo integrarla. Prefiere la inmediatez a la perspectiva, la novedad al juicio, la emoción al criterio.
 
La marginación de los mayores empobrece el tejido social porque rompe la transmisión de sentido entre generaciones. Sin esa transmisión, cada generación empieza de cero, como si la historia no hubiera ocurrido.
 
Reintegrar la voz de las personas mayores no es un acto de nostalgia, sino de inteligencia colectiva. Significa reconocer que la sabiduría no es un adorno, sino un recurso estratégico. Significa aceptar que la vida humana es demasiado compleja para ser entendida solo desde la juventud.
 
En definitiva, una sociedad madura no es la que idolatra lo nuevo, sino la que sabe combinar la energía de los jóvenes con la perspectiva de los mayores. Cuando eso ocurre, el progreso deja de ser una carrera ciega y se convierte en un camino con una dirección coherente.




              



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