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La leyenda de la cueva de los ángeles

En un paraje solitario de La Manchuela vivía un joven con sus padres campesinos que vivió una experiencia increíble



Un Caminante del Corazón / Villamalea (Albacete)

30/05/2017

El lugar está impregnado de una misteriosa belleza donde la magia y el amor están presentes en el susurrar del río, en el espejo límpido que es la laguna donde se refleja la vegetación de sus orillas, los pájaros con sus trinos y… a veces, cuando guardas silencio, parece que se escucha la voz de una joven desgranando una dulce melodía de gratitud hacia ese lugar y hacia los Seres de Luz que lo habitan.



Esta historia tuvo lugar hace mucho, mucho tiempo. Nadie sabe con certeza cuando ocurrió, su origen se ha perdido en la noche de los tiempos, pero la memoria de las gentes del lugar la ha mantenido viva repitiéndola de padres a hijos durante generaciones fieles a la tradición oral del conocimiento, de los misterios y de la magia.

En un paraje solitario de La Manchuela vivía un joven con sus padres campesinos. Su caserío estaba alejado del pueblo y también lejos del camino. No muy lejos se encontraba un hermoso Tollo, una depresión que surgía de pronto en la llanura manchega y por donde discurría un riachuelo que formaba una pequeña laguna. Uno de sus momentos más esperado era cuando al atardecer, y una vez que terminaba sus tareas, bajaba a bañarse… Un camino serpenteante le llevaba hasta el agua. 

Después se tumbaba sobre una enorme roca de granito que allí había y mientras observaba el discurrir de las nubes en el cielo azul meditaba sobre su vida solitaria. Su única compañía, aparte de sus padres, ya ancianos, eran el rebaño de cabras, los burros y los animales de su granja.

Sus pensamientos pasaban por su mente sin detenerse, como las nubes, y se dejaba invadir por un sentimiento de ternura que le hacía soñar una y otra vez en encontrar un amor , ¿pero cómo lo iba a hacer si rara vez subía al pueblo, si no tenía contacto con amigos, si sólo acudía a la romería una vez al año? Suspiraba mientras intentaba descubrir formas en las nubes blancas y algodonosas.

Abstraído en sus pensamientos oyó primero un ruido seco y después prolongado muy cerca de dónde él estaba. Era como un resquebrajarse de rocas detrás de él. Volvió la cabeza y vio asombrado cómo se abría en la roca de la ladera al otro lado del riachuelo un pasadizo que se iba haciendo cada vez mayor. Se puso en pie y se acercó curioso… había estado en aquel lugar cientos de veces y nunca había visto nada igual. Ahora en el lugar reinaba el silencio, hasta los pájaros habían enmudecido y la brisa fresca del atardecer se había quedado quieta.

Se acercó hasta la entrada de la cueva que se había formado y se adentró unos cuantos pasos. La penumbra estaba rasgada por la luz que llegaba del exterior. Allí sus ojos se abrieron ante lo inesperado: encerrada tras una reja de hierro había una joven hermosa sollozando. Con mirada suplicante le pidió que buscase la llave de piedra que abría esa prisión y le contó que hacía tiempo un hada, envidiosa, la encerró allí y tiró la llave al fondo del tollo para que nadie pudiese encontrarla.

El se quedó prendado de la belleza de la muchacha y sintiendo que su corazón se desbocaba en el pecho salió de la cueva y se dirigió a las orillas de la laguna sin pensar en el riesgo que suponía sumergirse en las aguas profundas y ya oscuras y se lanzó buscando el fondo, buceando en busca de la llave. 

Allí abajo apenas llegaba ya la luz del día. Palpaba el fondo pero sus manos tropezaban con guijarros y vegetación, pero ni rastro de la llave. Subía para tomar aire y se sumergía de nuevo, una y otra vez lo intentó con vanos resultados. Cada vez le costaba más llegar al fondo; las arenas removidas y el fango del fondo le hacían darse cuenta de lo difícil de su empresa. La llave de piedra no aparecía.

Hasta él llegaban los gritos de la joven animándole a que no se diera por vencido y a que se apresurara pues a la puesta de sol la gruta se cerraría de nuevo y no volvería a abrirse hasta transcurridos otros diez años.

Dos seres luminosos

Cada vez que se sumergía el esfuerzo era mayor, el cansancio hacia mella en el joven y su corazón se aceleraba impidiéndole estar mucho tiempo bajo el agua. Se elevó con fuerza y llenó sus pulmones de aire, con un esfuerzo sobrehumano consiguió llegar al fondo; allí medio enterrada le pareció ver una piedra especial que tenía forma de llave. Le faltaban unos metros y en un par de brazadas llegó hasta ella; la cogió con fuerza e intentó ascender hacia la superficie, pero ya no le quedaban fuerzas para impulsarse hacia arriba. Apretó el puño con tesón y miró hacia arriba, la superficie estaba lejos, el aire se escapaba poco a poco por su boca y su nariz. Sintió que las fuerzas le abandonaban, su vida se escapaba junto con el aire que exhalaba; miró hacia abajo, el fondo estaba lejos, oscuro, amenazante; miró hacia arriba, hacia la luz y le pareció que también estaba muy lejos. Fue ascendiendo boca abajo muy despacio.

Ya no escuchaba nada, solo sentía los latidos de su corazón, el silencio le rodeaba… Abandonado a su suerte vio surgir del fondo de la laguna dos luces que se iban acercando hasta donde él estaba.  Esas luces le impulsaron con fuerza hacia arriba sacándole del agua y dejándole tendido en la piedra, jadeante y mareado.

Poco a poco fue recuperándose, su respiración se iba normalizando y entonces recuperó sus sentidos, escuchó de nuevo a la joven que le llamaba angustiada. La voz se fue apagando por el estruendo de las rocas que comenzaban a moverse cerrando la entrada de la gruta. En ese instante las dos luces se convirtieron en dos seres luminosos que desprendían una luz blanca, con irisaciones rosadas, azuladas, moradas; era un espectáculo de indescriptible belleza. Se colocaron a la entrada de la gruta y apoyando su mano sobre las paredes éstas dejaron de moverse. Le invitaron a entrar con un gesto y una mirada amorosa.

El joven no perdió un instante, entró, abrió el candado que cerraba la reja, rescató a la muchacha y ambos salieron sanos y salvos de aquella caverna. Desde la orilla pudieron ver como los dos seres de luz se elevaban hacia el cielo, que se había vestido de tonos dorados, anaranjados y rojizos.

Los jóvenes les miraban asombrados elevarse mientras se hacían más y más transparentes hasta desaparecer. Vivieron unidos y felices durante muchos años.

Desde aquel día ese paraje es conocido como la Cueva de los Ángeles. Y es un lugar muy querido por todos los vecinos del pueblo cercano. Allí se acercan muchos enamorados para recibir las bendiciones de las energías que impregnan el entorno. La cueva es hoy apenas una pequeña hendidura en las rocas que no permite adentrarse más que unos metros, después las paredes se estrechan hasta impedir el acceso.

Sin embargo, el lugar está impregnado de una misteriosa belleza donde la magia y el amor están presentes en el susurrar del río, en el espejo límpido que es la laguna donde se refleja la vegetación de sus orillas, los pájaros con sus trinos y… a veces, cuando guardas silencio, parece que se escucha la voz de una joven desgranando una dulce melodía de gratitud hacia ese lugar y hacia los Seres de Luz que lo habitan.




              



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