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¿Qué sentido tiene la vida?



Maria Pinar Merino Martin

26/01/2024

He ahí una de las grandes cuestiones que todo ser humano se plantea en alguna oportunidad. La respuesta no es fácil, ni es única, sino que es algo cambiante pues dependerá del momento que estemos viviendo y de la percepción que tengamos de la realidad.



El itinerario exterior: a través de los sentidos

Foto de Aditya Saxena en Unsplash
Foto de Aditya Saxena en Unsplash
Podemos recorrer dos caminos para encontrar alguna respuesta a la pregunta planteada, uno externo y otro interno. En el primero tenemos que apoyarnos necesariamente en el uso de nuestros sentidos, ya que son nuestros órganos de captación de información del exterior para “manejarla” después en el interior.
   
Sin embargo, los sentidos han sido durante mucho tiempo los grandes castigados de la evolución, de hecho, se consideraba que para alcanzar cotas más altas de perfección y de misticismo -mal entendido- había que anular los sentidos, eliminarlos. La evolución espiritual se asociaba al ascetismo y a la desvinculación del mundo material.
   
Afortunadamente, en las últimas décadas esta perspectiva ha cambiado y ahora se entiende que la educación de los sentidos está al servicio de la experiencia transcendente.
   
Es fundamental potenciar nuestros órganos de percepción, cultivarlos, desarrollarlos para poder captar en toda su magnitud lo que nos rodea. Si no educamos nuestros sentidos para apreciar la belleza, la armonía, la luz, el color, los sonidos, el gusto, los perfumes, la suavidad, la textura y la diversidad que nos rodea no podremos apreciar y amar la vida.
   
Desarrollar el sentido de lo supra-sensorial es algo que nos permitirá vivir el momento del presente sin apegos, sin apremio, sino como una expresión de libertad, como una fuente de riqueza informativa que nos enseñará a estar despiertos y atentos para descubrir los “mensajes” que la vida nos hace llegar.

El itinerario intermedio: el camino de la mente

Buscar sentido a lo que vivimos, descubrir lo que hay detrás de cada circunstancia, de cada cambio. Aprender por igual de los aciertos como de los errores considerándolos como experiencias de crecimiento.
   
Si observamos la vida desde el presente, sin quedarnos atrapados por las experiencias del pasado, ni tampoco proyectando nuestra mente hacia un futuro que aún fuera de nosotros, estaremos en disposición de plantearnos lo que estamos haciendo.
   
La mayoría tenemos más libros de los que podemos leer, más cosas de las que podemos usar, más estímulos de los que podemos absorber, más actividad de la que podemos desarrollar, más trabajo del que podemos realizar o más compromisos de los que podemos atender.
   
El autoanálisis y la reflexión son dos herramientas fundamentales para posicionarnos: ¿estoy haciendo lo que quiero?, ¿qué necesito?, ¿me siento bien con lo que hago?, ¿estoy a gusto conmigo mismo?, ¿soy feliz?, ¿tengo paz interior?, ¿qué sentido tiene mi vida?
   
No cabe duda de que nuestra mente se apresurará a dar respuesta a estas preguntas y con ello estaremos completando nuestro primer recorrido por el exterior, aquél que empezó con la captación de información a través de nuestros sentidos.
   
Es éste un material valiosísimo pero podemos aventurarnos a realizar un recorrido más profundo.

Foto de Remi Clinton en Unsplash
Foto de Remi Clinton en Unsplash

El itinerario interior: el camino del corazón

Cada vez son más las personas convencidas de que hay una especie de “razonamiento cardiaco» que no tiene nada que ver con las respuestas de la mente. Muchos expertos en psicología, inmunología, neurología e incluso algunos cardiólogos al estudiar los ciclos del corazón confirman la teoría de que existe un “cerebro” localizado en nuestro corazón, un órgano absolutamente autónomo con funcionamiento y ritmos independientes del cerebro y del sistema nervioso. 
   
La pregunta que surge es: ¿Cómo puedo activar ese mecanismo?, ¿cómo dirigir las preguntas al corazón?
   
Cuando nos planteamos alguna inquietud lo primero que surgen son las respuestas de la mente. Se hace necesario, pues, armarse de paciencia hasta atravesar el territorio de las creencias establecidas, los conocimientos, el saber adquirido, los razonamientos intelectuales y las deducciones de nuestra lógica que conforman un perfecto puzzle al que es difícil sustraerse.
   
Ese proceso dura un tiempo y es importante pararse a observarlo, a aceptarlo, para no hacerlo más largo. Porque cuando se lucha contra los pensamientos, cuando uno se rebela ante lo que está cruzando por su cabeza, el resultado es que la mente se mete en bucles infinitos que se retroalimentan unos a otros y que terminan perdiendo a la persona en un laberinto que le produce más desazón que la inquietud que generó la pregunta original.
   
Es importante acoger las respuestas, los argumentos, las deducciones... todas las explicaciones que surgen sin ponerlas en tela de juicio, sin oponer resistencia, como si asistiéramos al espectáculo que nos ofrecen las nubes cuando pasan frente a nosotros empujadas por el viento.
   
Entonces hay un momento en que la mente se para y enmudece. Ya no hay nada que rebatir, no hay contrincante y termina por retirarse, convencida de que ha ganado la primera batalla.
   
Ese instante es la antesala de lo que viene detrás, hay que esperar pacientemente y quedarse en suspenso, expectante... Sólo es importante mantener una idea fija en el horizonte: El deseo de apertura a información que vibre en una octava mayor de la habitual. Algunas escuelas de filosofía y nueva psicología aconsejan pedir ayuda de entidades o energías de igual o mayor nivel de evolución que el nuestro. Es, en definitiva abrirse a lo superior, a lo divino que hay en cada uno. Lanzar la inquietud y esperar que otra parte del Universo la recoja. Esa actitud sólo se puede resumir en una frase: “hágase tu voluntad”.
   
Es fundamental limpiar esas palabras de todas las cargas ideológicas o religiosas que puede contener al haber sido utilizadas durante siglos para potenciar una actitud de sumisión que nada tiene que ver con el momento de conexión interna que estamos proponiendo.
   
Cuando esto ocurre se produce un cambio apenas perceptible. Un momento de quietud total, de silencio, de vacío. Es apenas una décima de segundo en el que algo cambia, como si se encendiera un interruptor que ilumina un espacio nuevo, distinto...
   
Y es ahí cuando surge esa otra voz, intensa pero inaudible por el oído humano, que como una lluvia mansa y constante deja caer su carga. Siguen siendo conceptos e ideas, percepciones e intuiciones que tienen claramente otro nivel, gozan de otras facultades, están sazonadas con sentimientos y emociones... Y todo se tiñe de distintos colores. La preocupación primera se transforma a su contacto y se van recogiendo todas esas gotas que terminan por formar infinitos ríos que se van uniendo unos a otros, fluyendo imparables y revitalizando el terreno por donde pasan.
   
Entonces la tensión, el miedo y la cerrazón desaparecen. Y al hacerlo arrastran el dolor que producían. Ese agua, esos ríos que fluyen, arrancan las costras resecas y se llevan todas las impurezas que encuentran a su paso.
   
Se produce una luz nueva, diferente, un entendimiento que va más allá de la comprensión mental. El cuerpo físico es el primero en reaccionar. La biología del organismo cambia, las células parecen entrar en una vibración constante. Todo se sincroniza con el latido generador del corazón y la persona tiene la sensación de que también se unifica con el latir del centro energético de este universo del que forma parte. Se produce la armonía, una armonía que va más allá del bienestar y que podríamos llamar alineamiento.
   
La persona tiene la sensación de estar simultáneamente en todos los planos, en una sensación de unidad tan completa que resulta difícil identificar por separado procesos físicos, energéticos, mentales o emocionales. Le resulta complicado detectar en qué frecuencia o en qué nivel vibratorio se está moviendo porque la simultaneidad es total.
   
Y, poco a poco, se va haciendo clara la «respuesta» y la recoge como una preciada piedra preciosa que estaba oculta entre todos los otros minerales que ha extraído con la valiosa ayuda de su mente racional. Pero sabe que en sus manos tiene el diamante, ese cristal limpio e irisado que buscaba. Esa pieza funciona como un comodín que hace que su nivel de entendimiento y comprensión se amplíe y entiende que todo encaja, todo tiene sentido y una frase se abre paso sin dificultad: “Todo está bien”.
   
Y eso, como un foco, como una verdad universal e inmutable que permanece desde siempre, lo riega todo con esa nueva luz. Son sensaciones difíciles de expresar porque se mueven en un campo que va más allá de la neurología y tal vez incluso de lo psíquico.
   
Es difícil de explicar, por eso las personas que tienen estas experiencias recurren a ejemplos, hablan de minerales, de piedras preciosas, de gotas y de ríos, de costras y residuos, de cargas y bagaje, de resistencia y de dolor.
   
No encuentran otra manera de comunicarlo. No pueden hacer un planteamiento deductivo como cuando explican el proceso de generación de los pensamientos desde el consciente, donde se puede hablar de las áreas cerebrales implicadas, de las glándulas que se activan, de los circuitos neurológicos que sigue el proceso racional.
   
Estas experiencias pertenecen a un «universo» interior, tan profundo e insondable como el que se extiende fuera. Dicen que cuando se produce un proceso de comprensión en el cerebro se produce una “iluminación”, que brota la luz como un chispazo producido por la reacción química de las neuronas. Sin embargo, esta otra luz que brota de la comprensión del corazón no está canalizada por los hilos conductores de cobre, no sigue las pautas del tiempo, ni las coordenadas del espacio. Simplemente llega y lo llena todo. La persona tiene entonces tal sensación de certeza que sólo el corazón es capaz de recogerlo actuando como un crisol, como un maravilloso receptáculo de transformación sin lucha, por consciencia.
   
Siempre he dicho que tenemos la fortuna de que cuando el cerebro aprende una cosa, cuando «sabe» algo, ya nunca puede olvidar que lo sabe. Pues bien, ahora me gustaría decir que eso es cierto, y que es una fantástica herramienta a nuestro servicio, una herramienta que nos ayuda a transformar y mejorar nuestro mundo personal y por tanto el que nos rodea.
   
Pero también me gustaría añadir que hay otro nivel de... ¿puedo llamarlo sabiduría? ¿o quizá sea mejor consciencia? No lo sé, tal vez sólo debería llamarle «espacio». Un espacio en el que tiene lugar un profundo proceso de transformación, de alquimia... y que cuando el corazón SIENTE tampoco puede olvidar lo que ha sentido y que esa experiencia vivencial actuará como un faro encendido permanentemente para recordarnos el camino para volver a ese territorio que ya nos pertenece.
   
El primer «síntoma» de ese cambio de consciencia personal va a afectar a nuestra relación con los que nos rodean y por ende con el mundo. Ese cambio implica que ya no se pueden establecer relaciones desde el miedo ni desde la necesidad -que es lo que habitualmente hacemos- sino que sólo es posible la interrelación desde el amor.
   
Desde ese amor que nos abre las puertas de la renuncia a cambiar al otro, de erradicar las expectativas, de eliminar el juicio y la culpa... Desde ese amor no cabe tener o no tener razón, ni vencer al otro, ni la negación de la propia identidad por mor de conservar lo que tenemos o de vendernos para lograr lo que queremos conseguir... Porque ese amor no es fruto de la necesidad para cubrir nuestras carencias, ni del miedo y la inseguridad que nos produce la fuerza del otro.
        
Tal vez algún día las parejas, los amigos, los padres y los hijos, los pueblos, las naciones, el planeta entero, alcancen ese grado de consciencia que nos permita colocarnos al lado del otro manteniendo íntegro nuestro ser y en plena libertad de elección seamos capaces de sacar la energía del amor del único lugar donde se puede generar: dentro de nosotros mismos.




              



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