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El juego de la vida



Luis Arribas Mercado

13/10/2021

Los seres humanos somos juguetones por naturaleza, igual que el resto de mamíferos, pero hay quien llama juego a cosas que no tienen nada que ver con lo que nos apetecía hacer cuando éramos niños, para esas personas la palabra “juego” la aplican a la especulación económica, son los que se aprovechan de la necesidad ajena y les «ayudan» a cambio de unos intereses estratosféricos. Los hay en todos los países y España no iba a ser una excepción.



Photo by Allen Taylor on Unsplash
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Lo de jugar para estos individuos es un eufemismo, lo mismo que jugar en Bolsa o jugar en el casino, que no pasa de ser la necesidad compulsiva de estimular la adrenalina, aunque con ello te estés «jugando» tu fortuna, tu familia y hasta tu vida.
   
A mí me gusta jugar al Continental o al Mus con los amigos o la familia, donde si pierdes es sólo un par de euritos o poco más pero donde se pone a prueba tu inteligencia, tu estrategia, tu suerte... pero no tu cuenta bancaria.
 
Recuerdo haber visto a un señor en el Casino de Madrid jugando al Bacarrá y perder varios millones de las antiguas pesetas en varias partidas en menos de un minuto y quedarse tan fresco, seguramente porque tampoco le habría costado mucho esfuerzo en ganarlos. Yo fui por curiosidad y no perdí nada porque para algo sirve la intuición en casos de apuro.
 
También he visitado algunos casinos en Las Vegas durante un viaje turístico a los Estados Unidos, pero lo impresionante de esa ciudad no solo está en los casinos sino, sobre todo, en los edificios que los albergan, en ellos están representados monumentos de todo el mundo como la Torre Eiffel de París o las pirámides de Egipto. En todos los que visité pude ver caras de ansiedad, de miedo, de irritación o de desesperación al perder. Y aunque todo el mundo sabe que en los casinos siempre gana la banca, hay algo que impulsa a los jugadores a poner en riesgo su dinero tentando a la diosa Fortuna.
 
Todos hemos oído hablar de personas que se han arruinado jugando a las cartas, a las tragaperras o a la ruleta, pero parece que a los seres humanos nos gusta el riesgo a sabiendas de que, la mayoría de las veces, no depende de nosotros el resultado de nuestras apuestas.

Photo by Luana Azevedo on Unsplash
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Los otros juegos

Esto de los juegos de azar tiene su correspondiente analogía con otro tipo de juegos menos perniciosos para la salud y la economía personal, como los llamados juegos de mesa, entre los que encontramos al Ajedrez e incluso al Parchís y la Oca, que son bastante esotéricos, por cierto. Juegos que nos ponen a prueba como personas y donde usamos la inteligencia, el corazón y las capacidades intuitivas en competencia con otros jugadores.                      
 
Jugar a ver quién es más hábil para comunicarse sin palabras, tan solo con gestos o miradas; quien tiene más capacidad para transmitir energía sanadora o quien sabe contar mejor los chistes, es una forma de comunicación entre seres humanos exenta de reacciones negativas o violentas. Lo importante es la relación personal, sin intereses por medio, tan solo por el placer de estar juntos charlando, viendo una película o un partido en la tele o simplemente tomando un café.
 
Lamentablemente, se ha perdido bastante el placer de una buena conversación, de compartir opiniones sin intentar imponer la tuya; una de esas conversaciones inteligentes que te da para pensar cuando se acaban; jugar a tener una conversación amena donde no se hable de política, ni de fútbol, ni de enfermedades o pandemias, ni de crisis, donde tan solo salga a la luz quienes somos, qué deseamos, qué nos gusta, cuáles son nuestros miedos... y tengamos enfrente a interlocutores que compartan también sus cuitas.
 
En mi opinión, el juego del amor supera a todos los demás, porque jugando al amor con la persona o personas que forman parte de tu vida se tiene garantizado el éxito. Jugar con tus hijos o con tus nietos te lleva a los años en que también eras un niño, cuando jugar era lo más importante y la vida o el futuro no eran más que unas palabras que no conseguían romper nuestra inclinación natural a jugar. En este sentido, los deportes suelen ser un exponente de cómo se puede traer al presente los juegos de la infancia. Los juguetes y los amigos eran algo importante en nuestra vida y si, además, tenías el cariño en tu entorno familiar, eso significaba jugar sobre seguro, sin posibilidades de perder. 




              



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