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El Camino del Corazón: Volviendo la vista atrás



Maria Pinar Merino Martin

31/10/2020

Se han cumplido 12 años desde que pusimos en marcha los talleres de El Camino del Corazón y sentimos la necesidad de hacer un alto para mirar atrás y ser conscientes del recorrido realizado y, al hacerlo, no puedo evitar sentir una profunda emoción mientras un pensamiento se abre paso en mi mente: “¿Cómo hemos podido llegar tan lejos?” Una sensación de expansión me inunda el pecho y un estremecimiento recorre mi columna vertebral mientras recuerdo cómo empezó todo…



Una octava mayor

Photo by Lucie Hošová on Unsplash
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Terminaba el verano de 1999, transcurridas las vacaciones, el tiempo de descanso y también de una cierta dispersión, los días se iban acortando y era el momento de mirar hacia el futuro cercano para encontrarnos con un otoño que invitaba a la reflexión, al recogimiento, al análisis, y también a la generación de nuevos proyectos.
 
Nuestro grupo de trabajo e investigación de la conciencia, que atesoraba una larga trayectoria (más de 22 años por aquel entonces), sentía muy fuerte la necesidad de renovarse, de recorrer nuevos territorios, de desprenderse de la piel vieja y revestirse de una nueva… Estoy segura de que aquel grupo sobrevivió tanto tiempo porque periódicamente se “reciclaba”, cambiaban las formas, los contenidos, los cauces por donde fluía la información; otras veces eran las dinámicas internas, las estructuras o los modelos lo que cambiaba.
 
Ese afán de transformación supuso durante varias décadas una garantía de continuidad, de tal manera que todos los que lo componíamos manteníamos vivo el aliciente de la búsqueda de conocimiento, de respuestas a los interrogantes que surgían en nuestra vida. Aquello exigía un mayor esfuerzo, pero a cambio el “alimento” nutritivo que manejábamos nos mantenía activos e implicados en los proyectos que se generaban con la ilusión del primer día. Éramos capaces de compartir con otros nuestras experiencias y descubrimientos con el mismo entusiasmo que cuando empezábamos.
 
Aquel otoño surgió en el grupo una propuesta que iba a tener un amplio alcance en nuestra vida, algo que ninguno imaginábamos y que –probablemente hasta hoy mismo- no hemos sabido dimensionar. Pero vayamos paso a paso.
 
A finales de septiembre surgió la posibilidad de abrir una nueva línea de investigación:  Explorar las capacidades y potencialidades del corazón como el órgano principal en el desarrollo de la conciencia del ser humano.
 
Recuerdo la sensación de vértigo que me producía aquella propuesta: soltar las amarras de la mente y aprender a navegar por el mundo de las emociones para llegar al de los sentimientos, más profundo, más real, más auténtico. Sentíamos que estábamos colocándonos en una octava mayor, en una escala diferente de comprensión, de entendimiento, de comunicación…
 
Teníamos un reto en aquel nuevo ciclo: descubrir hasta donde éramos capaces de profundizar en nosotros mismos. Ese era el objetivo, pero los métodos para llegar a él eran nuevos, desconocidos hasta entonces: no habrá calificaciones, juicios, críticas, ni tampoco quejas o desánimo… La información no debe ser razonada en el momento, sino que se debe dejar dentro, sin pensar en ella, para que su influjo se asiente en lo profundo al entrar vía subconsciente.
 
La información en realidad pasaba a formar parte de uno mismo, se incorporaba mediante ejercicios prácticos, otras veces era la acción la que llevaba al aprendizaje significativo, la asimilación se basaba en la vivencia… Por primera vez, no nos apoyábamos en la memoria, o en la planificación, o en los propósitos o las metas, ni siquiera en la voluntad. Es decir, todas las características netamente mentales dejaban paso a un estado diferente del Ser Integral en el que se alineaban –como si de la aguja imantada de una brújula se tratara- la intención (que surgía del corazón), la atención (que surgía de la presencia consciente) y, finalmente, la acción (que manifestaba en el mundo real lo aprendido).

Photo by Bucography on Unsplash
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¿Qué hacemos con la mente? Comienza el juego

La información lleva aparejada una carga energética de alta vibración que permite que se produzca la ósmosis en las zonas más profundas de la mente.
 
Tantos años de estructurar nuestra mente, de escuchar su diálogo constante, de aplicar la lógica y el razonamiento, de considerar el bagaje de la experiencia, de diseccionar y dividir, de separar y analizar, habían creado en nuestros cerebros unas sendas perfectamente definidas que éramos capaces de recorrer con cierta rapidez. Sin embargo, ahora el reto era de proporciones incalculables, se trataba de dejar todo eso a un lado y conectar con otro tipo de impulso, de conocimiento, de sabiduría innata que surgía del corazón.
 
Descubríamos día a día que, cuando llegábamos a esa conexión interna, lo que surgía era una respuesta más elevada, más sutil, como si desde ese lugar despertáramos lo mejor de cada uno de nosotros y veíamos como se activaban facultades y habilidades que nunca habíamos expresado quizá porque la vida no nos había dado la oportunidad de hacerlo.
 
Desde las primeras reuniones de trabajo nos dimos cuenta de que nuestra mente –protagonista única y sobrevalorada en nuestra civilización occidental- no iba a retirarse a un segundo plano contentándose con el papel de mero espectador, y empezaba a presentar batalla, a poner dificultades, a intentar “entender” según sus esquemas lo que estábamos experimentando y fue entonces cuando surgió una propuesta que conseguiría mantener a la mente racional distraída:
 
Tomarlo como un juego, como un reto: la búsqueda del Tesoro.
Lo sutil, lo inmanente está dentro de un cofre, ese cofre está guardado bajo siete llaves y cada llave permite que las cadenas que atenazan al Ser vayan cayendo. Es, por tanto, un juego de participación y colaboración donde todos ayudan a todos a conseguir abrir el cofre.
 
Desarrollando esa idea fuimos creando una serie de escenarios que nos obligaban a utilizar la fantasía, la creatividad, la imaginación… En definitiva, a manejar nuestro hemisferio cerebral derecho, que era el interlocutor perfecto para abrirse paso hacia el corazón.

Elige tu propio avatar

El objetivo era que cada uno perdiera su “identidad” adquirida hasta ese momento y que estaba, indefectiblemente, reflejada en el nombre. Esto sirvió para que nos “des- identificáramos” de nuestra personalidad y dejáramos espacio para que crecieran dentro de nosotros nuevas facetas o aspectos que necesitábamos potenciar.
 
Lo primero es que cada uno se adjudique un “alias”, un nombre por el cual será llamado siempre que se encuentre con otros caminantes o cuando vuelva al Camino del Corazón para hacer alguna etapa.
 
En definitiva, había que ir construyendo paso a paso un “avatar”, a partir de nosotros mismos, y que ese avatar fuera capaz de encarnar las mejores cualidades, los sentimientos más puros, más elevados, la consciencia más amplia.
 
Era como tener acceso a una segunda oportunidad, era la posibilidad de convertirnos en creadores de nosotros mismos, de rediseñarnos, de sentirnos seres nuevos, como si acabáramos de nacer y donde se nos daban infinidad de oportunidades para poder expresar aquellos aspectos de nuestro Ser que no habían sido aún manifestados. Era un regalo, una posibilidad de aprender y experimentar mientras “jugábamos”. 
 
Como sucedía en los viajes de los héroes de la mitología, a medida que íbamos avanzando en el Camino del Corazón, el avatar iba adquiriendo habilidades, herramientas y cualidades que hacían a la persona más fuerte. No se trataba de una idea sino de una experiencia, no era algo que imaginábamos sino algo que vivíamos en las sesiones de trabajo, que actuaba como un verdadero laboratorio de pruebas y ensayos, así pues, el “conocimiento” quedaba incorporado de forma inmediata en cada uno.
 
Cuando nos reuníamos para hacer el Camino del Corazón dejábamos de ser María, Luis o Juan y recreábamos nuestro avatar, nuestro personaje interno y así surgían valores inéditos, fortalezas desconocidas, cualidades ocultas, emociones que no habíamos expresado, ingenio y facultades que nunca habíamos manifestado porque nuestra mente condicionada nos autolimitaba.

Preparando escenarios

Situamos la experiencia en un ambiente medieval. Y así, nos convertimos en damas y caballeros que salían en la búsqueda de su cofre del tesoro.
 
El Camino del Corazón empieza por una afirmación rotunda que cada uno verbaliza ante testigos. Una afirmación que significa un compromiso con uno mismo para alcanzar el objetivo, que no es otro que el de tener como Guía de cuanto hagamos, digamos, pensemos o sintamos, al corazón.
 
Así planteábamos una pregunta: ¿Queréis comenzar a caminar conscientemente con nosotros por el Camino del Corazón?
 
Y a partir de la respuesta afirmativa del que se iniciaba como Caminante del Corazón comenzaba a desencadenarse la magia y la alquimia en un viaje con una doble consciencia: Por un lado, la consciencia externa que nos permitía recorrer escenarios insólitos dentro del Bosque Mágico del Camino del Corazón, donde podíamos encontrar Posadas, Itinerarios, Áreas de Descanso Espiritual, travesías insólitas y encuentros inesperados que nos permitían la puesta en escena de los aspectos más sobresalientes de nuestra personalidad. Los personajes del Camino: posaderos, alquimistas, magos, hechiceros, hadas, duendes, elfos… y toda una cohorte de personajes que nos ayudaban a reflejar nuestra imagen desde múltiples perspectivas.
 
Pero también, por otro lado, vivíamos una consciencia interna de tal manera que percibíamos el entorno, no como algo donde moverse, sino algo que entraba en nosotros, que nos permitía sentir que las personas, los animales, las plantas, los minerales… y todo cuanto nos rodeaba no era algo que existiera fuera solamente, sino que los percibíamos como algo propio, algo que formaba parte de nosotros.
 
Continuará…




              



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