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Transitar por el Camino del Corazón



Maria Pinar Merino Martin

07/02/2026

Hace más de 32 años que dirigí mi brújula personal hacia la búsqueda del desarrollo personal, la evolución, la espiritualidad, el auto conocimiento, las respuestas a las eternas preguntas: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Hacía donde me encamino? Y una más que añadí y que también requería una respuesta clara: ¿Qué he venido a hacer aquí? y el camino que elegí tenía una particularidad y es que a mí me gustaba, y me gusta, aprender en grupo.



Imagen creada con IA
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Cuando echo la vista atrás y me remonto a la infancia, a la adolescencia o a la juventud, descubro que mis actividades tenían un denominador común: Hacer las cosas en compañía. Siempre que me proponía algún objetivo, a veces demasiado grande, pensaba: “Yo sola no puedo, pero si nos unimos varios lo conseguiremos”. Y así fue como me encontré a lo largo de mi vida formando parte de un grupo, ya fuera de teatro, de montañeros, de voluntariado, un coro… en definitiva, soy “pandillera” por naturaleza.
 
Siempre me ha parecido que eso me abría la posibilidad de enriquecerme con la aportación de los compañeros, de contrastar, de objetivarme, de sumar esfuerzos para conseguir los objetivos de forma más rápida y eficiente…
 
A partir de los 21 años, tras terminar la Universidad, formé parte de un grupo de trabajo e investigación orientado a explorar los territorios de la nueva conciencia y la evolución personal y social. Era un grupo multidisciplinar que arrancó con la iniciativa de algunos profesores que nos proponían “Laboratorios Sociales”, algo fuera del currículo pero que nos aportaba la experiencia práctica que tanto necesitábamos. Estaba compuesto por una decena de personas de diferentes edades y profesiones. De esta manera se cubría mi necesidad de conocimiento y a la vez de poner en práctica lo aprendido, pues el propio grupo se convertía en un mini-laboratorio social donde cada persona representaba una parte de la sociedad.
 
El trabajo en grupo, a priori, hace que el avance sea más lento, pero por otro favorece que los pasos que dan sean más firmes, más seguros, ya que están sostenidos por experiencias vivenciales. Es decir, el grupo te brinda la oportunidad de poner en práctica de inmediato lo que estás aprendiendo.
 
Durante prácticamente dos décadas nuestras áreas de trabajo se centraron en el mundo de las energías y de la mente, los descubrimientos más punteros en psicología, sociología y pedagogía, los diferentes estados de la consciencia, las capacidades extrasensoriales, los diferentes niveles de percepción, etc. etc.
 
Cuando arrancaba el nuevo milenio aceptamos en nuestro grupo de trabajo una invitación insólita que tenía que ver con manejar unas coordenadas diferentes de la realidad, utilizar herramientas y facultades que no estaban desarrolladas, dejar la deducción, la lógica, el razonamiento como meros espectadores de la experiencia y sumergirse en un mundo que estaba regido por una “ley” insólita: Todo es posible. Nos enfrentábamos al reto de dejar los territorios mentales que habíamos estado transitando para aventurarnos en algo nuevo y que para darle un nombre lo llamamos: despertar la inteligencia del corazón.
 
Nos costó varias semanas llegar a comprender de qué iba el “juego”, porque en realidad así había que tomárselo, como un juego. Se trataba de una experiencia vivencial que haríamos en grupo y cuyo reto principal consistía en utilizar el corazón, no sólo como órgano generador de nuestros impulsos sino también como órgano pensante, es decir, bajar la energía que teníamos, habitualmente, colocada en la mente y posicionarla en el corazón.
 
La investigación se llevó a cabo de forma muy intensiva durante 10 años. Desde principios de septiembre de 1999 hasta finales de marzo de 2009.

Nace el Camino del Corazón

Durante esos diez años el grupo de trabajo e investigación del que formaba parte recopilamos información, estudios, hipótesis de trabajo, e investigaciones sobre la forma de despertar la inteligencia del corazón. Conseguimos desarrollar técnicas y dinámicas grupales que resultaron ser muy efectivas, de hecho, estábamos muy satisfechos con los resultados de la nueva vía de conocimiento. Descubrimos por ejemplo que era necesario enseñar a la mente a no interferir en los procesos del corazón, sino mantenerla como un observador.
 
Descubrimos que desde el corazón se podían trabajar los bloqueos, los traumas, los desajustes de personalidad sin tener que pasar por la catarsis o por las crisis, el proceso era mucho más suave, sin confrontaciones ni crisis, en definitiva: sin dolor. Habíamos dado un paso importante en la evolución del ser humano que siempre habíamos escuchado que tenía dos vías fundamentales: por comprensión o por dolor. Lamentablemente los seres humanos elegíamos muchas veces el camino del dolor como método de aprendizaje, sin embargo, el corazón proporcionaba otro ámbito diferente en el que se producían las transformaciones y los aprendizajes, pero con un nivel de “comprensión” diferente, más amplio, más global, más suave.
 
Valorábamos la herramienta, pero nos surgía una duda razonable: nosotros la estábamos utilizando en un grupo de trabajo, éramos amigos, personas que llevábamos muchos años juntos, nos conocíamos bien… pero ¿Sería posible trasladar esta experiencia fuera de nuestro grupo? ¿Podríamos reproducir las condiciones idóneas para que fuera algo realmente útil para cualquier persona, tanto como lo fue para nosotros? ¿Funcionaría la comunicación desde el corazón en gente que se acababa de conocer? ¿Seríamos capaces de adaptar las dinámicas a esas personas? Realmente el reto era muy grande.
 
Y faltaba un último empujón para atrevernos a ponerlo en marcha de cara al exterior. Y ese impulso se produjo en marzo de 2009 durante un viaje a Ecuador, cuando la inquietud que llevaba algunos meses dando vueltas por la cabeza, sin encontrar salida, se concretó: Las experiencias con los chamanes de la Amazonía sirvieron para que la imagen cambiante y poco clara se concretara poco a poco como en un caleidoscopio. A partir de ese momento, junto con mi compañero Luis Arribas, fuimos dejando que la intuición marcase los pasos que se habían esbozado en la selva.
 
Y regresamos a Madrid. Decidimos hacer un “taller piloto” para lo cual invitamos a una veintena de amigos cercanos, personas que ya habían hecho cursos o viajes con nosotros, compañeros de profesión, terapeutas, formadores, psicólogos, etc.
 
La respuesta fue abrumadora, todos aceptaron participar como “conejillos de indias” en este ensayo. Vinieron de Granada, Sevilla, Málaga, Alicante, Almería, León… y durante el puente del 1º. de Mayo nos reunimos en un enclave ideal: las casas rurales Laderrubia (www.laderrubia.com) en “La Posada del Corazón”, donde nuestros amigos Carmela y Juan Miguel, arrancaban también con su proyecto de ofrecer un turismo alternativo.
 
A pesar de mi experiencia de años en formación (empresa, grupos de trabajo, desarrollo personal, terapia, etc.) las dudas me asaltaban. Era consciente de la magnitud de la empresa, por un lado, conocía la tremenda potencia de esa herramienta que habíamos estado desarrollando en los últimos años y por otro la dificultad de hacer comprender a los demás de qué se trataba.
 
Eran procesos muy abiertos, donde cada persona marcaba su ritmo, donde la tarea de los facilitadores consistía en preparar un escenario y unas circunstancias en las que la magia pudiera producirse. Teníamos claro que esta “metodología” no era más de lo mismo, que representaba eso que muchas veces habíamos intentado: “colocarse en una octava mayor”.
 
Realmente era algo difícil de explicar, pues al ser un proceso abierto no podíamos hablar de “contenidos” concretos, ni de “objetivos” que no fueran muy amplios y globales, tampoco podíamos explicar la metodología que íbamos a seguir pues esta era muy cambiante para evitar que la mente interviniera y entorpeciera la activación del corazón.
 
Tenía la absoluta certeza de que “el Camino del Corazón” era algo innovador que no se basa en los parámetros conocidos, que significa un salto cuántico importante en la forma de entender la realidad, la vida, las relaciones… que se asienta en una nueva concepción del ser humano que le hace más poderoso, menos vulnerable, más auténtico, más libre, más independiente.
 
María Pinar Merino
 
(continuará)




              



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