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¿Tienen memoria las células?



Maria Pinar Merino Martin

19/09/2019

En los últimos años se viene hablando, tanto en los ámbitos científicos más ortodoxos como en los más alternativos, sobre la posibilidad de que cada parte de nuestro cuerpo, cada célula en definitiva, posea la facultad de almacenar en su interior toda la información concerniente al ser del que forma parte. Sería algo así como una memoria holográfica que evitaría que se pudiera perder la «historia» de nuestra vida si por causa de un accidente se deteriorara la capacidad de transmisión neuronal. Según este planteamiento, la memoria no estaría ubicada exclusivamente en determinadas células nerviosas, sino que formaría parte de todo el entramado celular independientemente del tipo de órgano.



Imagen de A_Different_Perspective en Pixabay
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Entre las investigaciones llevadas a cabo sobre este tema, se han realizado importantes descubrimientos acerca del papel que esta memoria jugaría en el caso de los trasplantes de órganos. La cuestión fundamental es: ¿Tienen las personas que han sufrido trasplantes alguna percepción distinta a partir del momento en que viven con el órgano de otra persona?, ¿sienten cosas diferentes?, ¿se sorprenden a veces con sensaciones o pensamientos que no saben de dónde provienen?, ¿se «sienten» los mismos o ha cambiado algo? Parecen preguntas propias de una mente fantástica, sin embargo, cuando nos pusimos a buscar información nos dimos cuenta que el tema adquiría una profundidad y unas proporciones muy superiores a lo que habíamos imaginado.

¿UTOPíAS O REALIDADES CIENTÍFICAS?

Realmente, los nuevos descubrimientos de la física cuántica nos obligan a abrir los ojos ante nuevas realidades que antes no éramos capaces de ver. No se trata de buscar cosas nuevas sino de ver con ojos nuevos lo que siempre ha estado delante de nosotros. La teoría nos dice que estamos rodeados de un mar de energías y que el aparente «vacío» que se aprecia entre unos cuerpos y otros está lleno de campos energéticos en diferentes estados vibratorios y que sólo nuestra mente pone límites a las cosas y así, para sentirse segura, crea formas y figuras que identifica como separadas del resto, pero que eso que nuestro cerebro registra es una mera ilusión. Y si es así ¿cuál es la realidad?, ¿es lo que no vemos?, ¿cuáles son los órganos que nos permiten captar esa realidad?, ¿cómo podemos asimilar estas nuevas ideas?, ¿cómo experimentarlas? y, sobre todo, ¿qué significado van a adquirir en nuestra vida, en nuestras creencias, en nuestras costumbres?, ¿cómo se va a transformar nuestro mundo ante los nuevos paradigmas?
 
Porque, una cosa es entender las palabras, razonar las teorías, encontrar la lógica en los nuevos planteamientos, pero el reto no es ése, el reto es que cuando realicemos todo ese proceso nos encontraremos ante un paso gigantesco a dar: la transformación de todo lo que hasta ahora ha significado el mundo real y con él nuestros planteamientos sociales, políticos, económicos, científicos, religiosos y, por encima de todo, personales, porque de las nuevas concepciones, de los nuevos paradigmas se va a derivar el cambio más transcendental al que se ha enfrentado la humanidad desde la revolución neolítica: el nacimiento del nuevo hombre. Un ser humano con una nueva dimensión transcendente, que se siente parte de un universo e inmerso en un proceso evolutivo imparable en el que la consciencia es la herramienta a su alcance para ir descubriendo la información que está codificada en cada aspecto de su vida -físico, energético, emocional, mental y espiritual- para descubrir y reconocer en cada uno de esos niveles que es la manifestación de una energía superior capaz de romper los límites y alcanzar la conciencia.
 
La física cuántica plantea que la energía y la información viajan por el espacio, que constantemente estamos siendo afectados por todo lo que nos rodea, que la piedra, el árbol, el río, el viento, las personas, los animales, todo lo que está a nuestro alrededor está en realidad compartiendo una energía madre que en algún momento se individualizó en diferentes formas, pero que los latidos de nuestro corazón, nuestra respiración, el aire que inhalamos y exhalamos, la intención de nuestros pensamientos o la carga de nuestros deseos nos está afectando. Quizá todos estos planteamientos puedan parecer utópicos o metafísicos, pero, sin embargo, nuestra ciencia más concreta, la física, habla de que la luz está formada por partículas sin masa, o que los pensamientos son procesos de información o que la creación del universo fue el resultado de un gigantesco big bang ¿no es esto también metafísica?
 
Si los nuevos planteamientos nos permiten crecer y evolucionar, conocer nuestro papel en el universo, aprender a mejorar nuestro mundo, despertar en nosotros una conciencia global planetaria, redescubrir la fuerza de la inteligencia creadora que palpita en cada cosa creada, encontrar la información oculta y codificada en cada nivel energético, identificar el río imparable de la vida que cruza el universo sembrando el orden en lo que antes era caos… Si todo ello sirve para ampliar nuestro horizonte y hacer progresar a nuestra especie en armonía con el planeta que habita, ¡bienvenido sea!, aunque para muchos suponga un trastoque mental tan fuerte que necesiten tiempo para encajarlo.

Imagen de ijmaki en Pixabay
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CASOS INSÓLITOS DE ENFERMOS TRASPLANTADOS

Hipótesis como la que nos ocupa, sobre si las células poseen memoria y la existencia de una energía sutil pero muy poderosa que une todas las cosas y todas las personas, están siendo barajadas ya por nuestros científicos de vanguardia.
 
En el campo de la medicina, las investigaciones del doctor norteamericano Paul Pearsall, especializado en psiconeuroinmunología, sobre un amplio espectro de enfermos trasplantados, han permitido a un equipo de expertos formular dos postulados: por un lado la existencia de algún tipo de memoria celular y, por otro, que el corazón desempeña un papel fundamental en la decodificación de esa memoria. Durante más de una década este doctor norteamericano recopiló cientos de casos de enfermos trasplantados de corazón que afirmaban haber tenido cambios en sus costumbres, en sus preferencias alimenticias, gustos, sueños o fantasías. En muchos casos esas personas afirmaban que se sentían sorprendidas por el recuerdo de fragancias que no habían percibido antes, sabores nuevos que nunca habían experimentado, texturas, incluso movimientos, formas de bailar y hasta cambios sutiles en algunas aficiones y tendencias.
 
Aparentemente el caso más espectacular fue el de una niña de ocho años que había recibido un corazón de otra de diez. Fue llevada a la consulta del psicólogo porque había empezado a tener sueños repetitivos sobre la niña donante la cual había sido asesinada. Después de varias sesiones se pudo comprobar que la niña no fantaseaba y merced a las descripciones que hizo sobre el asesino, el arma homicida, el lugar, la ropa que llevaba, el momento en que se produjo el incidente, etc.… la policía pudo detener e inculpar al asesino.
Los detractores de esta teoría afirman que ese tipo de «recuerdos» sólo pueden estar en la cabeza de los donantes, que en realidad pueden ser efecto del trauma de la operación de trasplante o efectos colaterales de la medicación… Sin embargo, las pruebas se acumulan y cada vez son más los enfermos trasplantados que, aunque con relatos menos impactantes que el de la niña norteamericana, cuentan como se ven sorprendidos por sabores, olores o texturas que reconocen como nuevos, ajenos a ellos.
 
Realmente, es un tema complejo y difícil de demostrar, pero tengamos en cuenta que sólo se están dando los primeros pasos. No hace tanto tiempo que todo el mundo pensaba que la Tierra era plana y no se cambió de idea hasta que pudo demostrarse que no era así, a pesar de que en esos tiempos había gente que decía que era una esfera flotando en el espacio. Entonces esas voces eran ignoradas pero ahora, cuando estamos a punto de traspasar la segunda década del siglo XXI también sucede algo similar. No obstante, el tiempo y la investigación demostrarán la coherencia o no de estas teorías.
 
Hoy por hoy, para la ciencia resulta difícil admitir que las células de nuestro cuerpo puedan tener memoria, que sean algo más que complejos recipientes neuroquímicos, pero distintos equipos de profesionales de la salud están estudiando casos en todo el mundo siguiendo el método científico, único camino para que la comunidad médica admita las nuevas ideas.
 
A pesar de ello, desde siempre se ha identificado al corazón como el recipiente o generador de las emociones y sentimientos más sublimes. Aunque actualmente esto sólo sea una figura retórica o literaria, hubo un tiempo en que realmente se consideraba que esto era así y ha tenido que ser el doctor Pearsall quien en nuestros días vuelva a plantear la hipótesis de que, por ejemplo, el corazón tenga su propio código, sus propios procesos «mentales», procesos que primarían incluso sobre los que genera el cerebro.
 
El desarrollo de las ciencias y en especial las relacionadas con la salud, hizo que los seres humanos cambiáramos la percepción que teníamos sobre nuestro cuerpo. En la antigüedad se creía que el corazón era el generador de nuestros pensamientos para posteriormente, a medida que se fueron desarrollando las diferentes ciencias, ubicarse en nuestro cerebro.
 
Como se está comprobando volvemos a los orígenes o al menos nos estamos replanteando si no será todo nuestro cuerpo el que piensa. Al menos las hipótesis acerca de esta posibilidad ya no parecen tan descabelladas. Posiblemente, la teoría holográfica nos dará en un futuro no muy lejano la respuesta.

PREGUNTAS SIN RESPUESTA

Imagen de Arek Socha en Pixabay
Imagen de Arek Socha en Pixabay
  • Tiene nuestra mente capacidad para aprender a decodificar la memoria celular propia?
  • ¿Se podría sintonizar con la memoria celular de otras personas?
  • ¿Se dará alguna conexión con la memoria celular de los donantes?
  • ¿Existe una energía sutil o fuerza vital - tal como nos dicen las tradiciones- que la humanidad ha buscado durante siglos y la ciencia ha ignorado?
  • ¿Tiene esa energía un comportamiento atípico saltándose las reglas establecidas por los cánones de la ortodoxia científica?
  • ¿Es posible que esa energía sea portadora de información y que igual que A. Einstein demostró que energía y materia son intercambiables, también lo puedan ser la información y la energía?
  • ¿Podrá enviar y recibir el corazón algún tipo de mensaje infoenergético de sistemas no humanos, plantas, rocas, árboles, agua, o incluso máquinas?
 
Si la información y la energía participan de principios similares, es posible que el corazón - como órgano corporal más poderoso, energéticamente hablando- esté enviando con cada latido una señal sutil hacia los demás órganos y sistemas. No olvidemos que el corazón sigue rodeado de misterio no sólo por la conformación insólita del músculo cardiaco, sino porque su movimiento es independiente al resto de los sistemas.
 
En fin, es muy evidente que podríamos formular una serie interminable de interesantes cuestiones para las que hoy por hoy no tenemos respuestas pero que, sin embargo, actúan como acicate para que los seres humanos de mente abierta sigan descifrando nuevos interrogantes que les permitan desentrañar el universo del que forman parte.




              



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