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No puede ser de otra manera

Carta a la Tierra



Mª Ángeles Cuñat

17/01/2020

Las ciudades crecen y nos alejan de la naturaleza. El vínculo que siempre ha existido entre la Madre Tierra y todos los seres sintientes solo nos preocupa momentáneamente cuando surgen noticias de una catástrofe ecológica aquí y al día siguiente otra allá… Pero el vínculo que se ha debilitado de forma alarmante es el que une a la Tierra con los seres humanos… se nos ha olvidado que somos seres naturales, no tecnológicos, que del contacto con la naturaleza podemos obtener salud, energía, poder, conocimiento, sabiduría, experiencia, paz, inspiración… y también los sentimientos de inclusión y pertenencia que son vitales para nosotros.



Imagen de Antonios Ntoumas en Pixabay
Imagen de Antonios Ntoumas en Pixabay
Hoy he tenido que recorrer 15 km más para estar contigo. Nunca olvidaré la primera vez que tuve que coger el coche para ir a verte. Fue un gran impacto para mí, ya que estaba acostumbrada a tenerte lindando con el final de mi calle. Al principio nos separaba medio kilómetro, luego 5 km, luego 10 km, luego 20 km; y así el cemento poniéndomelo difícil…
 
Jamás la distancia ha impedido que tengamos una relación duradera, más bien cada día aumentaba en un amor más profundo. A ninguna persona puedo decirle que no puedo vivir sin ella, y a ti si, lo tengo claro; no puedo estar sin ti.
 
He recorrido todas las acequias de la huerta que van desde mi casa a las alquerías. Han caído sobre mi cabeza las hojas de los almendros después de haberlas visto con todo su color y llenar mis ojos de belleza. Caminar sobre los campos arados y recién plantados avisada de no pisar las semillas y, con mis respetos, nunca he dejado de pisarte. En los días húmedos, después de haber llovido, he salido a coger caracoles; tras las piedras, las hojas de las mazorcas, entre arbustos, impregnada de tu olor a tierra mojada y el aroma del romero… Y en los recodos, protegidas del viento, esas gotitas de lluvia suspendidas sobre la vegetación brillando como cristales. Estaba al tanto de como se plantan las hortalizas, el cacao, las calabazas, según la temporada y viendo el sol dorando los campos, cambiando sus colores al caer la tarde.
 
Eres incondicional, como una madre que siempre tiene leche para sus hijos. De todo lo que dabas no me di cuenta hasta que pasaron unos cuantos años, y eso que hemos hablado por los codos y con mucha intimidad. Una vez eras el albaricoquero donde, a tu lado, me puse a estudiar buscando silencio y tranquilidad y, en vez de estudiar te conté todos mis secretos y me diste paz. En otro momento fuiste el algarrobo y me subía imaginando tus ramas, que eran velas, y jugaba a navegar con tus formas de barco rumbo a la libertad y los sueños que inspira el horizonte; otro día eras el sauce llorón cuando apoyada en el tronco me di el primer beso con un chico. Los días de calor todas las sombras de los árboles eran el mejor refugio; y el pino que planté con mi abuela al que le dedicamos la ternura de aquel momento, y el ciprés donde inscribí las iniciales de mis amigas en una tarde de risas.
 
Las primaveras se iban sucediendo, mi adolescencia pasó, mis juegos y fantasías iban quedando atrás y yo seguía abrazándome a tus árboles y rodeándome con tus hierbas. Notaba que contigo los sentimientos mejoran y que las personas son más nobles. Nos oxigenas, nos ofreces los sonidos más ancestrales, el correr del agua, el canto de los pájaros, las hojas movidas por el viento, la chicharra del mediodía y las lechuzas de la noche. Y el color que imprimen nuestras miradas que las reverdecen. Los alimentos aumentan tu sabor y el gusto está en tu presencia.

Photo by Gabriel Jimenez on Unsplash
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Un grito de socorro

Eres mi Tierra, Tierra mía. Sólo tú has escuchado el chillido que salió de mi garganta, en las altas montañas desde arriba, y abajo, una llanura impresionante. Un grito inmenso para desahogarme, devolviste mi eco haciéndome sonreír y me quedé hasta que salió la luna. Al escribirte esta carta siento el dolor que tanto evito mostrarte, me sabe mal que brote ante ti porque mi pena y mis lágrimas no importan más que tú. Te hemos descuidado y te estamos haciendo daño sin miramientos ni conciencia.
 
Vivimos en una sociedad que globaliza las cosas miserablemente porque prescinde de las necesidades reales de la gente. Los valores se han invertido y se traduce en una sociedad encaminada a lo antinatural, o sea anti-tierra, o sea anti-terrenales… todos los “antis” caben excepto los antisistema, que con mala fama son excluidos. Un sistema construido a base de enriquecerse unos empobreciendo a otros y de ahí, las guerras, las hambrunas, las epidemias… Se adueñan de tus recursos naturales, de tus dones, tierra mía, que ahora son las fuentes, pero las del poder y el dinero.
 
No concibo mayor tristeza que la tuya, una sociedad que abandona lo más necesario, lo verdaderamente necesario y eso, no es llamado delito. Cada segundo se cuenta a golpe de intereses económicos. Y gimo y me retuerzo al sentir tu dolor, que también es el mío. El ecosistema pierde especies a pasos de gigante; abejas, insectos, fauna marina. Tu aire se contamina con nuestro CO2, nuestros deshechos han llenado tus mares, los fuegos te abrasan para especular y venderte mientras tú te calientas y te secas.
 
El otro día pasaba por el polígono industrial donde antes estaban los campos de naranjos y a través de la valla de una fábrica, se dejaban ver unas ramitas con moras a punto de caramelo. Me las comí dibujando una sonrisa que enseguida se hizo pequeña porque me dio rabia…

Nos une la Vida

Photo by Tim Swaan on Unsplash
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Ahora estoy comprendiendo que somos lo mismo y nuestra distancia son 0 kilómetros. La naturaleza eres todo. Somos naturaleza y no hay movimientos sin ti. Se ve en nuestra forma de caminar, de coger a nuestros niños, de amasar el pan, se ve en el baile. Son los flujos de las olas del mar, la balanza o un columpio.
 
Hasta hace poco te veía como si fueras un lugar a donde ir o un dios externo al que adorar y ahora experimento esta neurótica civilización cuya evolución es inflarse a costa de tus bienes, una civilización que pretende ser autosuficiente desarrollándose al margen y sin contar apenas contigo.
 
La Tierra, Tierra mía, eres como un pueblo castigado sin más sentido que el de la avaricia de unos pocos. Aún con esto sigues sin abandonarnos y conduces esta nave como buenamente puedes. ¿Hacia qué puerto vamos?
 
Te veo reflejada en el comportamiento humano e intento sacar fuerza para decir ¡basta! y revelarme para hacer algo, ya no aguanto con este dolor civilizado y voy a derramar mis lágrimas que salen como aquel grito inhumano desde las fauces del centro de ti, desde todos los rincones de mi ser. Mis entrañas se abren y entras toda tú, Gaia, y lloramos, todo mi cuerpo está contigo, aunque sea el cemento lo que pise. Soy la Tierra y respiro desde el cielo hasta nuestro corazón, y elevamos el cuello y la mirada para tomar aliento.
 
¿Y qué hacer si cada día aumenta el abatimiento sistémico que nos condena como una tela de araña a sus mosquitos? Extiendo mis brazos para, con una mano poder ayudar a levantarte y sacudir cualquier mal que te aceche y la otra mano, la introduzco adentro de mí y así ahuyentar todo mal que me aceche.
 
Cojo mi corazón para ponerlo a tu servicio, a tus pies junto al murito de piedra donde los nacen los tomillos y las madreselvas. Estas lágrimas son ahora el mar, los lagos, las pozas donde bañarnos y estas aguas limpias bajarán hacia los campos y pronto correrán los ríos, porque lo natural es fluir, y no puede ser de otra manera.
 
Siempre tuya. Siempre mía.




              



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