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Memorias amargas: Parte II

Heridas de la infancia: el rechazo y el abandono



Maria Pinar Merino Martin

01/07/2019

El kintsugi es un arte japonés por medio del cual cualquier objeto viejo y roto es restaurado con oro, haciéndolo mucho más valioso de lo que era en su origen. De esta manera los japoneses muestran su respeto y aprecio considerando más bello aquello que ha sufrido algún percance y que mediante la restauración luce más fuerte mostrando su historia y esplendor.



Imagen de Myriam Zilles en Pixabay
Imagen de Myriam Zilles en Pixabay
Haciendo un símil con nuestra personalidad podríamos decir que las heridas se pueden cicatrizar, viviéndolas, no escapando de ellas sino sumergiéndonos en la emoción. Reconocer la emoción y la herida que se esconde detrás, bendecirla y agradecer la enseñanza que conlleva, de este modo empezaremos a sanarla y lograremos ser realmente libres. Ignorarla, mirar para otro lado, echar la culpa a los demás no nos ayuda a sanar nuestras heridas. Al final de la vida esas heridas cicatrizadas serán las huellas de nuestros recursos internos, de nuestras potencialidades y cualidades descubiertas.

Primera herida de la infancia: rechazo

Es una herida profunda y en las generaciones pasadas bastante común. Tiene su origen cuando el bebé no es buscado y uno o los dos progenitores lo viven como una contrariedad, como un problema. Frases como, por ejemplo: “No es un buen momento”, “Sería mejor que no hubiera ocurrido”, “Ahora nos viene muy mal, es una complicación”, etc. provocan en el feto el sentimiento de rechazo lo que pone en peligro su posibilidad de existir. Eso despierta el miedo más profundo: el miedo a la muerte. Si las personas que tienen que cuidarte y ocuparse de ti no te desean y para ellos representas un problema tus posibilidades de supervivencia están en juego.
 
En ocasiones el rechazo proviene cuando uno de los padres manifiesta su decepción porque esperaba un bebé de otro sexo. El rechazo es más intenso y profundo cuando surge en el progenitor del mismo sexo que la persona. Nace, con esta herida, el sentimiento de no sentirte merecedor del derecho a existir, algo que llevarás arrastrando a lo largo de toda tu vida.
 
Cuando una persona tiene una herida de rechazo desarrolla un comportamiento de evitación, de huída y hace buena la máxima: “Antes de que él o ella me rechacen yo me excluyo”. Eso puede suceder en algo significativo como una relación o en algo más superficial como que no me inviten a una fiesta.
 
Lo que ocurre es que la persona de tanto alejarse deja de formar parte de los distintos círculos que componen su vida. Esto le ocasiona una cierta agresividad y deseo de venganza cuando piensa: “Me excluyes, ¡pues muy bien!, no sabes lo que te pierdes, no sabes cuánto disfrutarías si yo estuviera ahí”.
 
Para transformar esas emociones habría que buscar la forma de estar incluido o en todo caso admitir que la otra persona tiene todo el derecho de no invitarme “¿Por qué me tengo que sentir mal? El hecho de que no me invite no significa que me excluya significa tan sólo que no me invita”.
 
Cuando se da el síndrome de rechazo la persona identifica cuanto sucede a su alrededor como una cuestión neurótica de rechazo y desarrolla sin darse cuenta un mecanismo de chantaje emocional.
 
El primer paso para superarlo sería dar las gracias por lo que está sucediendo, pensar que la otra persona está haciendo justo lo que tú necesitas vivir para solucionar tu problema. Para evitar el rechazo no tengo que esforzarme en que me incluyas, sino en que yo busque la forma de implicarme… es justo la posición contraria: cuando yo empiezo dando, mostrando interés e implicación, el mundo responderá invitándome, contando conmigo.
 
Algunas personas deciden eludir retos, apartarse, no implicarse pensando: “Si yo no me implico no gano, pero tampoco pierdo”. Es un error pensar que la mejor manera de que no te rechacen es no pedir nada, es una excusa para no involucrarme o comprometerme. Al renunciar a las oportunidades que se me ofrecen adoptamos una actitud mediocre y conformista.
 
Cuando te abres a la vida en lugar de verla pasar desde la ventana la vida responde abriéndose ante ti.

Segunda herida de la infancia: abandono

Imagen de 3321704 en Pixabay
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El origen de esta herida lo encontramos también en la infancia, por ejemplo, cuando los padres están ausentes durante mucho tiempo, cuando dejan al niño/a a cargo de otras personas, cuando se produce la llegada de otro hermanito/a y el niño/a se siente desplazado (“el príncipe/la princesa destronado/a”), cuando has sufrido algún tipo de aislamiento sin contacto con la familia, etc. En este caso es más intenso cuando el sentimiento de abandono se vive con el progenitor del sexo opuesto 
 
El adulto que tiene una herida de abandono en su primera infancia, suele desarrollar conductas de dependencia porque piensa, de forma equivocada, que siendo dependiente tiene garantizado que no le dejen. Ese error nos hace buscar relaciones de dependencia y co-dependencia. Lo que produce el efecto contrario: provoca en los demás el abandono, la huida de una relación asfixiante.
 
La manera saludable de contrarrestar esta tendencia es dejar de quejarse y verlo como un aprendizaje. Tomar conciencia de que ese abandono de infancia representa quizá una oportunidad de aprender a valerme por mi mismo.
 
La queja nos lleva a la inacción, la persona gasta una gran cantidad de energía en protestar y quejarse, pero no se moviliza para cambiar su situación. El que se queja mantiene la relación de dependencia, pero no da pasos hacia la solución. Cuantas veces escuchamos a alguien decir: “No se qué pasa, pero a mí siempre me abandonan”.
 
Mientras nos quejamos no aprendemos. Se constata cada día en la psicología clínica que las personas que tienen herida de abandono generan a su alrededor constantemente situaciones de abandono. “Yo no sé por qué, pero a mí siempre me abandonan”.  La persona que se siente abandonada dejará de sufrir por ese abandono cuando sea capaz de valerse por si misma y experimentar así la verdadera libertad.

Ejercicio para liberarnos de heridas de la infancia o memorias amargas

Imagen de Pexels en Pixabay
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Para liberar nuestra mente de todas esas heridas es muy útil hacer un ejercicio que llamamos “Deshacernos de las memorias amargas”.
 
  • Se trata de entrar en meditación activando el corazón mediante la respiración desde el plexo cardiaco para generar las ondas de coherencia que es capaz de emitir nuestro corazón.
  • Evocar el hecho que os produjo dolor.
  • Identificar la emoción que os invade.
  • Escribirla en un papelito. (Es importante que no describáis el hecho sino la emoción que os ha producido. Reconocer la herida abierta aún).
 
Una vez escrito, doblas el papel y lo colocas en las fontanelas sobre la parte superior de la cabeza; actúa sobre el chacra séptimo limpiando y sanando esa memoria a nivel de nuestra trayectoria espiritual mientras pronuncias en voz alta las siguientes frases:
 
“Pido y deseo que la Luz y el Amor inunden mi corazón, de modo que cada imagen, sentimiento, pensamiento y creencia sea sanada de mi programación, y pueda estar lista/o para abandonar el miedo y la falsedad, para responder siempre desde el Amor y la Verdad y no desde el dolor y el placer”.
 
Después colocas el papelito en el entrecejo. Al colocarla sobre el sexto chacra estamos actuando sobre el cerebro y el sistema nervioso para que esa herida sea limpiada incluso a nivel neurológico; y repites las mismas frases.
 
Por último, lo colocas sobre la glándula timo (chacra del corazón) y repites el decreto. Al colocarla sobre la glándula timo actuamos sobre el sistema inmunológico para limpiar la programación de nuestras células y para proporcionar a nuestra petición la fortaleza de la Conciencia del Corazón. 
 
Cuando has completado el proceso lo quemas y miras como en unos segundos se convierte en cenizas. Ese mismo fenómeno de transmutación se produce en tu ser integral y sentirás como esa herida o emoción (que puede ser muy antigua o más reciente) desactiva su carga y nos libera de esa memoria amarga.
 
(La semana próxima continuará)




              



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