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Entre el miedo y la culpa



Maria Pinar Merino Martin

Jueves, 25 de Octubre 2018 Visitas 86 |

¿Qué sentido tiene mi vida?



Hace pocos días entrevistando al Dr. Demartini me dijo algo que me hizo reflexionar: según su amplia experiencia en el mundo de la salud emocional, las dos emociones que más daño causan al ser humano son la culpa y el miedo. La primera lleva a la persona a vivir en el pasado, en la añoranza, la nostalgia y la frustración por no poder “dar marcha atrás” para arreglar algunos aspectos de su vida. La segunda, en cambio, lleva a vivir un futuro incierto en el que la angustia y la incertidumbre provocan inseguridad. Según parece, la mayor parte de las personas se encuentran en nuestros días yendo de un polo al otro, cabalgando entre la culpa y el miedo y, por lo tanto, olvidándose de vivir el momento presente.

Vamos a pararnos unos instantes a analizar estas dos emociones.

La culpabilidad es una emoción que se apoya en la memoria –supuestamente una de nuestras herramientas más valiosas que tenemos para evolucionar–. Es decir, hablamos de un pilar fundamental para el ser humano: la experiencia acumulada. ¿Qué sería del hombre sin memoria? estaría condenado a repetir una y otra vez los mismos hechos porque no registraría el resultado de lo que ha vivido y entonces no podría contrastar cuando se encontrase con situaciones similares. Sin embargo, toda herramienta, según el uso que hagamos de ella se puede convertir en un arma peligrosa. ¿Cuándo sucede esto? cuando no se emplea adecuadamente; en el caso que nos ocupa cuando no somos capaces de liberarnos de los recuerdos y de las cargas del pasado y las arrastramos como un pesado equipaje.

Para identificar hasta qué punto estamos condicionados por las vivencias pasadas bastaría con preguntarse hasta dónde proyectamos en el presente las carencias y las expectativas no cumplidas del pasado, de qué manera los hechos anteriores nos hacen tomar posiciones de partida sin darnos tiempo a observar las diferencias que existen con lo que estamos viviendo en la actualidad.

La cuestión sería detenerse durante unos momentos y cuestionarnos: ¿Qué cosas innecesarias estoy cargando?, ¿qué llevo a la espalda que no necesito?, ¿cuántas cosas del pasado me siguen afectando?
Podríamos incluir ahí los apegos, todas esas cosas que no somos capaces de soltar, ya sean posesiones, hábitos, personas, relaciones, la pérdida de un ser querido, la influencia de la autoridad paterna en nuestra infancia, los premios y castigos recibidos, la educación y los aprendizajes...

Esa ingente cantidad de información, mucha de ella ya inconsciente, nos lleva a situarnos en el momento presente pero sin ver lo que tenemos delante sino proyectando fuera las imágenes que surgen de nuestra memoria, respondiendo a nuestro diálogo interno. En definitiva, no vemos lo que sucede hoy con ojos limpios sino que nos colocamos unas gafas con diferentes filtros coloreados que deforman la realidad.

Muchas veces no han quedado cerradas las etapas anteriores de nuestra vida y siguen volcando su carga emocional en el presente a pesar de que de forma racional podamos entender que la mayoría de las cosas que arrastramos sin solucionar ya no pueden resolverse como esperamos. Porque la lógica es capaz de colocar las ideas y los pensamientos pero no se maneja tan bien con el mundo de las emociones. Una persona adulta puede entender que ya no puede recibir las caricias y besos que no recibió de niño pero ¿dónde queda almacenada la emoción de aquel ser pequeño e indefenso incapaz de manifestar abiertamente sus necesidades? La lógica le dirá que puede recibirlas ahora de las personas que le rodean, pero para eso tendrá que evitar que el pasado se interponga en su vida haciéndole reclamar atención exagerada para cubrir el vacío que ha mantenido durante años ¿cómo podrá vivir una existencia plena en el presente si su mirada está perdida muchos años atrás?

Esto nos lleva a pensar que todo lo que cargamos innecesariamente son lecciones que todavía no hemos aprendido. ¿Os imagináis si al pasar de curso un estudiante se llevara al curso siguiente todos sus libros, el material, los trabajos realizados, el pupitre y la silla donde ha estado sentado, sus compañeros, los profesores, el aula... y así un año tras otro. Absurdo ¿verdad? Pues eso es lo que hacemos en muchas ocasiones con nuestras experiencias pasadas.

La única forma para romper esa inercia es vivir las experiencias con consciencia, encontrando el sentido que tienen en nuestra vida, buscando los por qué. Sólo así podremos apreciar las cosas que nos suceden como oportunidades de aprendizaje, a las personas que se nos acercan y que interaccionan con nosotros como verdaderos maestros.
Esto nos permitiría darnos cuenta de cuando estamos proyectando fuera nuestros propios códigos de comunicación interna; cuando nos comunicamos con los otros desde nuestros valores; cuando estamos reaccionando a impulsos inconscientes; cuando estamos respondiendo al diálogo propio sin escuchar lo que nos llega de fuera.

Cabría preguntarse en este punto ¿Dónde están mis automatismos?, ¿cuántas veces creo que acciono y en realidad estoy re-accionando?, ¿cuándo surgen mis respuestas condicionadas?

Volvemos, otra vez, a la consciencia como punto crucial, a ser conscientes de lo que hacemos, a despertar del ensueño y vivir la realidad del momento presente. En definitiva, eso nos lleva a una nueva cuestión: ¿Cuándo voy dormido por el mundo?, ¿cuándo pierdo la atención de lo que ocurre a mi alrededor?, ¿cuándo cierro los ojos para no ver aquello en lo que no quiero involucrarme?, ¿cuándo espero que el tiempo arregle las cosas que no me atrevo a afrontar?

Hemos dicho en varias ocasiones que si algo distingue a los seres humanos de los animales es el preguntarse los por qué, esa curiosidad es la que le hace avanzar. Pero a la hora de plantearnos preguntas tan trascendentales como las anteriores hay que hacerlo con una disposición especial, como si se tratara de una meditación, en la que cada pregunta se convierte en una semilla que colocamos en la tierra fértil de nuestro interior y esperamos que la respuesta surja de dentro.

Hay que dejar la pregunta en nuestra mente sin expectativas, sin la tensión del intelecto, sin esfuerzo, de una manera natural como si de una semilla se tratara; la consciencia sigue trabajando durante todo el día con esa pregunta, sólo hay que mantener la intención, pero no preocuparse por el resultado. Si observamos el proceso en vez de la consecuencia final obtendremos matices mucho más ricos en la respuesta porque, normalmente, es en la propia vida cuando se revela y ese es el camino más rápido de transformación.

Una vez que hemos aligerado el equipaje, la carga que llevábamos, estaremos en disposición de plantar firmemente los pies en el presente y preguntarnos: ¿Qué sentido tiene mi vida?

En ese momento es posible que nuestra mente, acostumbrada siempre a escaparse, se proyecte hacia el futuro buscando objetivos a largo plazo, creando escenarios y situaciones en las que nos vemos envueltos; la imaginación desatada se puede convertir en un peligro pues la energía de la mente se dispersa en tantas alternativas que llega un momento en que el devenir ya no depende de nosotros sino de los demás y entonces llega la inseguridad por lo incierto del futuro.

Una vez más hay que hacer un esfuerzo por retornar al presente, porque sólo en el presente existe la posibilidad de ser libre, de ejercer nuestro pleno derecho a elegir, es –como tantas veces se ha dicho- el momento de poder, el presente es un auténtico regalo, por eso se llama así precisamente: presente.

Es bueno contar con la experiencia acumulada, tener un bagaje de recuerdos y conocimientos que nos pueden ser muy útiles pero siendo conscientes de que sólo deben servirnos para contrastar. También es fantástico que nuestra imaginación rompa los límites y proyectemos nuestro futuro con todo detalle. Las estadísticas de los estudios realizados en las universidades americanas demuestran que aquellos jóvenes que al llegar a sus últimos años de carrera tenían claros sus objetivos, los planificaban y los escribían, conseguían su plena realización logrando éxito no sólo profesional o financiero sino también en el terreno personal y emocional. Así pues, la energía mental, bien canalizada, es una poderosa herramienta para encauzar nuestra vida y nuestra realización en todos los órdenes, pero sin olvidar que no podemos estar tan angustiados por el futuro que nos olvidemos de vivir el presente.

En definitiva, cualquier cosa que nos aleje del presente supone una trampa. El presente es la consecuencia de nuestro pasado, pero el futuro será la consecuencia del presente, por eso no podemos dejarlo escapar.




              


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