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El verdadero poder



César Rufino

11/12/2019

En los tiempos que vivimos hay tanto que criticar, tanto de lo que quejarse, tanto que enjuiciar que resulta muy fácil mirar hacia fuera y buscar ahí al/a los culpables de todos nuestros males.
Mucho se ha hablado y se ha escrito sobre los políticos y el desencanto que han producido en la sociedad, la desconfianza que han generado a su alrededor cuando han demostrado que se guían por sus propios intereses y que se han olvidado que son servidores del pueblo -como apuntaban los griegos. En nuestro país, pero también en el resto del mundo nos han defraudado los políticos veteranos, pero también los nuevos porque en un tiempo record han seguido los mismos patrones de sus antecesores. Ante este panorama ¿qué se puede hacer?



Imagen de Wokandapix en Pixabay
Imagen de Wokandapix en Pixabay
Cada vez que pienso en el limbo (que no es muy a menudo, espero que se comprenda) imagino carreras de sacos. No sé por qué. Debe de ser un fallo neuronal (otro más) o una desviación retórica. Pero bueno, da igual, porque lo que quería decir es lo siguiente: que Dios acoja en el limbo de los memos, todo él rebosante de angelotes tocando el arpa de boca y de nenes color jamón de York haciendo carreritas de esas, a quienes están convencidos de que los males de la sociedad son culpa de los políticos. ¡Oh, ingenuos! Deberían recuperar las viejas fábricas de yute de Dos Hermanas y ponerlas a echar humo, porque no hay en el mundo sacos para semejante cantidad de tontos.
 
Ojalá fuese como ellos creen, porque sería facilísimo enmendar la historia en un máximo de cuatro años. Ojalá esta destrucción socioeconómica fuese culpa exclusiva de esta panda de ególatras desmañados y codiciosos, capaces de llamar a La Fura dels Baus para la ceremonia inaugural de una despedida de soltera, o de subvencionarse las croquetas en sede parlamentaria en concepto de morro que me lo piso. Ellos solo son unas tristes piezas sin alma en este juego mucho más sagaz y criminal de lo que ellos dan de sí, y donde son meros instrumentos en manos de poderes ocultos; fuegos fatuos en cuya vida consumen su propia alma, como bengalas de las comuniones de los niños bien.
 
No solo hay que rescatar la política, sino también a los políticos, secuestrados por esas fuerzas diabólicas semiescondidas. No es la Teoría de la Conspiración. Es la Teoría de Tener Ojos en la Cara. La repugnante y gigantesca aleta de ese monstruo oscuro, voraz y poderosísimo emerge de vez en cuando, en el fragor de las tempestades del mundo, apenas por un instante, para volver a sumergirse de inmediato y dejar que siga esta pantomima en la que todos nos matamos entre todos (algo que al monstruo le divierte sobremanera).
 
Hay que enfrentarse a esa sombra con la única arma capaz de vencer a todas las sombras: con luz. Los gobernantes y legisladores tienen que recuperar su alma. Los políticos novatos deben blindar sus principios antes de saltar a la arena. Porque no es arena, sino oro molido que el verdadero poder ha esparcido por el suelo del circo para descojonarse viendo cómo unos y otros rellenan con él sus sacos y salen corriendo, en ese limbo de los tontos irremediables, sin saber que de ahí no hay escapatoria.
 
Si quitamos a un corrupto, otro que acabe siéndolo ocupará su lugar; ese es el plan. La única forma de vencer es vencernos a nosotros mismos; enfocar la luz hacia nuestro corazón y hacia nuestra propia conciencia, y expulsar de hasta el último de sus recovecos la sombra del monstruo. Y hoy mismo, salir a la calle a decir que esta guerra no la vamos a perder. Y que no sea una desviación retórica.




              



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