El último tema tratado por Christian Felber en su ponencia "Policrisis y EBC" (Jornadas Innovalors, junio de 2025) también está de plena actualidad: se trata del retroceso de la democracia.
Según su opinión, este es quizá el más importante, no sólo porque sea un problema en sí mismo, sino porque de su resolución depende en gran medida la posibilidad de resolver todos los demás. Sin una democracia mejor, más real y más participativa, cualquier solución parece inviable.
Según los informes del proyecto Varieties of Democracy (V-Dem) https://www.v-dem.net/ , los sistemas políticos se clasifican en cuatro grandes categorías: democracias liberales (las de mayor calidad institucional), democracias electorales, autocracias electorales y autocracias cerradas.
Y los datos que reflejan estos informes son alarmantes. Desde 2008, el mundo ha perdido una de cada tres democracias liberales. En ese año existían 44; hoy quedan solo 29. Se trata de un deterioro sostenido y de medio plazo, profundamente preocupante, que apunta a una transformación estructural.
La reducción de las democracias liberales implica no solo menos derechos y garantías, sino también menor capacidad colectiva para afrontar desafíos como la desigualdad extrema, la concentración de poder económico o la crisis ecológica.
Su propuesta en este tema es sencilla: trabajar en favor de una democracia del bien común. Más real, participativa y directa. En este sentido, Christian realiza una profunda reflexión sobre los elementos que permiten considerar que estamos ante sistemas democráticos, y llega a la conclusión de que, a pesar de que en teoría muchas constituciones afirman que la soberanía reside en el pueblo, en la práctica, la ciudadanía se limita a votar partidos, sin incidir directamente en cuestiones fundamentales, como el modelo económico, los límites a la desigualdad o los indicadores de progreso.
Por ello, defiende un nuevo modelo en que la ciudadanía pueda participar directamente en decisiones estratégicas, permitiendo un debate informado y plural, y la toma de decisiones mediante mecanismos como el consenso sistémico, a traves de asambleas ciudadanas, o los referéndums vinculantes.
Aun así, como señala, la democracia no garantiza resultados perfectos ni unanimidad. Su valor reside en permitir la participación colectiva en la toma de decisiones.
En un contexto de crisis global, ¿profundizar en la democracia es una aspiración idealista? ¿O se trata de una condición necesaria para afrontar los desafíos del siglo XXI con legitimidad, justicia y cohesión social?
Según su opinión, este es quizá el más importante, no sólo porque sea un problema en sí mismo, sino porque de su resolución depende en gran medida la posibilidad de resolver todos los demás. Sin una democracia mejor, más real y más participativa, cualquier solución parece inviable.
Según los informes del proyecto Varieties of Democracy (V-Dem) https://www.v-dem.net/ , los sistemas políticos se clasifican en cuatro grandes categorías: democracias liberales (las de mayor calidad institucional), democracias electorales, autocracias electorales y autocracias cerradas.
Y los datos que reflejan estos informes son alarmantes. Desde 2008, el mundo ha perdido una de cada tres democracias liberales. En ese año existían 44; hoy quedan solo 29. Se trata de un deterioro sostenido y de medio plazo, profundamente preocupante, que apunta a una transformación estructural.
La reducción de las democracias liberales implica no solo menos derechos y garantías, sino también menor capacidad colectiva para afrontar desafíos como la desigualdad extrema, la concentración de poder económico o la crisis ecológica.
Su propuesta en este tema es sencilla: trabajar en favor de una democracia del bien común. Más real, participativa y directa. En este sentido, Christian realiza una profunda reflexión sobre los elementos que permiten considerar que estamos ante sistemas democráticos, y llega a la conclusión de que, a pesar de que en teoría muchas constituciones afirman que la soberanía reside en el pueblo, en la práctica, la ciudadanía se limita a votar partidos, sin incidir directamente en cuestiones fundamentales, como el modelo económico, los límites a la desigualdad o los indicadores de progreso.
Por ello, defiende un nuevo modelo en que la ciudadanía pueda participar directamente en decisiones estratégicas, permitiendo un debate informado y plural, y la toma de decisiones mediante mecanismos como el consenso sistémico, a traves de asambleas ciudadanas, o los referéndums vinculantes.
Aun así, como señala, la democracia no garantiza resultados perfectos ni unanimidad. Su valor reside en permitir la participación colectiva en la toma de decisiones.
En un contexto de crisis global, ¿profundizar en la democracia es una aspiración idealista? ¿O se trata de una condición necesaria para afrontar los desafíos del siglo XXI con legitimidad, justicia y cohesión social?







































