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Dos caminos: El sencillo y el complicado



Luis Arribas Mercado

10/06/2021

En ocasiones surgen circunstancias en la vida que nos ponen a prueba. Bien sea por la enfermedad de un familiar o la nuestra propia, bien por un contratiempo económico al cual no se le ve salida... La cuestión es cómo enfrentamos esas circunstancias. Normalmente, pensamos que hay que hacer un máster para solucionar los problemas, lo cual significa que nos sentimos desbordados por ellos, o bien tratamos de no mirarlos de frente esperando que sean otros los que los solucionen, cosa que no suele ocurrir.



Photo by Nadi Whatisdelirium on Unsplash
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No sirve de nada esconder la cabeza debajo del ala, en cualquier caso, si no nos enfrentamos a ellos con las armas de que dispongamos en cada momento, la vida nos los volverá a colocar delante cada vez más agravados. Lo natural es tener miedo a las consecuencias de nuestras decisiones, quizás por ello tratamos de dejar pasar el tiempo, esperando que así las cosas se solucionen por obra y gracia de la casualidad o de la Providencia, que para el caso es lo mismo. 
 
Cuando se presenta ante nosotros algún problema que supera nuestra capacidad de solucionarlo rápidamente, tratamos de hallar vías que no supongan un desarreglo excesivo en la tranquilidad de nuestro día a día.
 
En realidad, si nos paramos a pensarlo, siempre podremos comprobar que hay dos caminos para solucionar los problemas: el sencillo y el difícil. El sencillo es ir directamente al origen del conflicto, por ejemplo, que si tengo una diferencia con alguien, me dirija a él sin intermediarios y con ganas de solucionar el problema de forma pacífica (no necesariamente amigable), pensando que, para que las cosas se solucionen, las dos partes tienen que tener la sensación de que no han perdido porque, de lo contrario, el problema se agravaría aún más.
 
El camino difícil es atrincherarnos en nuestra posición, no dar «nuestro brazo a torcer», no querer mantener ninguna relación con el otro y tratar de que le lleguen mis posicionamientos, por ejemplo, a través de terceros. Esto último no suele dar ningún resultado, o en todo caso resultados negativos. Desarmar al otro acercándonos a él con ánimo de solucionar las cosas es el primer paso, después está el hacerlo de forma pacífica, sin broncas, que no conducen más que al servicio de urgencias de un hospital o al juzgado de guardia.
 
En los conflictos empresariales que afectan a un colectivo, el camino que se elige, generalmente en primer lugar, es el sencillo en forma de negociación, pero cuando ese camino no encuentra salida se elige el camino difícil, esperando con ello encontrar una bifurcación que lleve otra vez al camino sencillo. Esos caminos a veces no están exentos de cierta violencia, lo que no suele facilitar las negociaciones, hasta que se encuentra un punto de equilibrio y que las aguas vuelvan a su cauce.
 
Los problemas más peliagudos, sin embargo, suelen ser los familiares porque, cuando se presentan, uno nunca sabe qué posición tomar para no hacer daño ni que te lo hagan, tratando además de encontrar una solución que satisfaga a todo el mundo. Suelen ser problemas de injusticias, tanto económicas como de implicación a la hora de hacerse cargo de los familiares mayores, padres o abuelos, por ejemplo.
 
Me he encontrado con muchas personas, sobre todo mujeres, que sufren de este problema y que ven limitada su libertad, su tiempo o sus necesidades de aprendizaje al tener que hacerse cargo de sus mayores y no contar con la ayuda de los otros miembros de la familia. Casi siempre, los otros miembros piensan que ellas tienen más tiempo o menos cargas y no piensan en que uno/a también tiene derecho al ocio, a salir con sus amigos, a vivir en definitiva, eso sin contar con la carga económica que representa. Son conflictos de difícil solución similares –salvando las distancias- a los que ocurren a veces en las empresas, como antes he comentado. Solo la buena voluntad y el cariño entre los familiares puede evitar el enconamiento de posturas y las posibles rupturas.
 
Dicen que hablando se entiende la gente, gruñendo lo hacen los animales y mirando para otro lado los inconscientes o los miedosos. Si pudiéramos elevarnos como un águila podríamos divisar los dos caminos y comprobar que no están tan alejados uno del otro, que hay veredas que los unen, aunque los prejuicios y la cerrazón a veces las oculten a la vista. Atreverse a entrar por esas veredas significa que hemos dado una oportunidad al entendimiento y al deseo de hacer más sencilla la vida entre los seres humanos.




              



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