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Un escalón más...



Luis Arribas Mercado

18/10/2026

Hay una edad en la que uno empieza a negociar con su propio cuerpo. Ya no se trata de exigirle lo que antes parecía natural, sino de escuchar sus advertencias, aceptar sus límites y, aun así, preguntarle: «¿Podemos dar un paso más?». Porque llega un momento en que subir unas escaleras deja de ser un acto insignificante y puede convertirse en una pequeña declaración de principios. Un escalón más. Solo uno. El siguiente ya veremos.



Imagen creada con IA
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Hay un momento en la vida en que uno descubre que el cuerpo ha empezado a negociar con la voluntad. No sucede de repente. No hay una mañana concreta en la que nos levantemos y descubramos que somos viejos. La vejez llega de una manera mucho más discreta: una bolsa que pesa un poco más de lo que debería; un paseo que termina antes de lo previsto; un movimiento que el cuerpo ya no ejecuta con aquella obediencia casi automática de la juventud. Y entonces comprendemos algo que durante muchos años habíamos preferido ignorar: el cuerpo tiene memoria del tiempo.
 
Envejecer tiene algo de derrota física que nadie nos enseña a aceptar. El cuerpo, que durante tantos años fue nuestro aliado silencioso, comienza a convertirse en un interlocutor incómodo. Los músculos pierden fuerza, las articulaciones protestan, la recuperación se hace más lenta y aquello que antes hacíamos sin pensar requiere ahora una cierta estrategia. El espejo empieza a contarnos una historia que preferiríamos no escuchar. Y, sin embargo, hay algo que el espejo no puede medir: la voluntad.
 
Porque quizá la verdadera vejez no comienza cuando las piernas dejan de correr como antes, sino cuando dejamos de preguntarnos a dónde queremos ir.
 
Hay personas que envejecen mucho antes de llegar a viejas. Se sientan en la vida y comienzan a contemplarla como quien contempla una película que ya ha terminado. «A mi edad…», dicen. Y esas tres palabras pueden convertirse en una sentencia. “A mi edad ya no puedo”. “A mi edad ya no merece la pena”. “A mi edad…” Tal vez una de las trampas más sutiles de la vejez sea precisamente esa: convertir la edad en una explicación para la renuncia.

El diálogo entre el cuerpo y la voluntad

Pero aceptar que ya no podemos hacer algunas cosas no significa aceptar que no podemos hacer ninguna. Hay una diferencia enorme entre reconocer nuestros límites y utilizarlos como excusa para dejar de avanzar. El cuerpo puede decirnos que no podemos subir diez escalones de golpe. La voluntad puede responder: «Entonces subiremos tres». Y ahí aparece ese pequeño desafío que da título a estas palabras: un escalón más.
 
No es una competición contra el tiempo, tampoco es una absurda lucha contra la naturaleza. Nadie debería pretender llegar a los ochenta comportándose como si todavía tuviera treinta. La sabiduría quizá consista justamente en lo contrario: saber que somos vulnerables, que el cuerpo se desgasta, que la muerte forma parte del horizonte y que no hay victoria posible contra el paso de los años. Pero una cosa es aceptar la mortalidad y otra muy distinta rendirse ante ella antes de tiempo.

El verdadero valor del tiempo

Porque hay una forma de vivir los últimos años que no tiene nada que ver con negar la edad. Es asumirla y, precisamente por eso, vivirlos con una intensidad diferente. Ya no hacemos ejercicio para tener el cuerpo de nuestra juventud, sino para conservar la autonomía que todavía podemos conservar. Ya no caminamos para llegar más lejos que nadie, sino para seguir sintiendo el mundo bajo nuestros pies. Ya no aprendemos porque tengamos que construir un futuro profesional, sino porque seguimos teniendo curiosidad. Ya no nos levantamos cada mañana porque tengamos algo que demostrar, sino porque todavía hay algo que descubrir.
 
Y quizá ahí resida una de las formas más profundas de sabiduría. El anciano sabio no es necesariamente aquel que lo sabe todo, es aquel que sabe que el tiempo se está acabando y, precisamente por eso, no quiere desperdiciarlo.
 
A los ochenta quizá ya no podamos correr, pero podemos caminar. Quizá no podamos caminar diez kilómetros, pero podemos caminar uno. Quizá no podamos levantar el peso que levantábamos antes, pero podemos levantar algo. Quizá no podamos aprender con la rapidez de un adolescente, pero todavía podemos aprender. Quizá no tengamos la energía de antes para emprender grandes proyectos, pero podemos cuidar un jardín, escribir unas páginas, leer un libro, conversar durante horas, enseñar algo a alguien, escuchar música, contemplar un paisaje o simplemente salir a la calle. Porque estar activo no significa necesariamente hacer cosas extraordinarias, significa no abandonar nuestra condición de seres que desean, imaginan, buscan y participan.
 
Existe una forma de decrepitud que no procede de los huesos ni de los músculos, sino de la conciencia. Es esa especie de abandono interior que hace que una persona deje de esperar algo del día siguiente. Cuando ya no hay curiosidad, cuando ya no existe ningún propósito, cuando todo se convierte en rutina, cuando uno empieza a decir «Ya lo he vivido todo» como si la vida fuese una biblioteca cuyos libros ya hubiera leído, entonces quizá empieza una vejez mucho más profunda que la física.
 
Por eso la voluntad importa tanto. No porque pueda detener el envejecimiento. No puede. No porque pueda devolvernos la fuerza perdida. Tampoco. Sino porque puede decidir cómo queremos relacionarnos con aquello que inevitablemente estamos perdiendo.
 
Podemos mirar nuestras limitaciones como una humillación o como una invitación a descubrir otras capacidades. Podemos lamentar que el cuerpo ya no responda como antes o preguntarnos qué podemos hacer todavía con el cuerpo que tenemos. Podemos convertir cada dificultad en una prueba de que estamos acabados o convertirla en una oportunidad para demostrarnos que aún no hemos terminado.

¿Y yo que puedo hacer?

Un escalón más... A veces será un paseo. A veces, levantarse de la cama.
A veces, hacer una llamada. A veces, comenzar a leer aquel libro que lleva meses sobre la mesa. A veces será aprender algo nuevo cuando todo alrededor parece decirnos que ya no tenemos edad para aprender.
 
Y habrá días en los que ni siquiera podremos subir ese escalón. También habrá que aceptarlo. Porque la voluntad no consiste en violentar el cuerpo ni en convertir la vida en una permanente batalla contra nosotros mismos. Hay días para avanzar y días para descansar. Días en los que subir un escalón será un triunfo y otros en los que el verdadero triunfo consistirá en saber quedarse quieto.
 
Quizá llegar a los ochenta no debería plantearse como una meta cronológica, sino como una pregunta: ¿Cómo quiero llegar? ¿Quiero llegar convertido en alguien que ha ido cerrando puertas hasta quedarse encerrado en sí mismo? ¿O quiero llegar con las arrugas de quien ha vivido, las cicatrices de quien ha luchado, la serenidad de quien ha aprendido y la inquietud de quien todavía tiene algo que hacer?
 
Hay una enorme dignidad en quien, consciente de que ya no puede correr, sigue caminando, en quien necesita un bastón, pero no abandona el camino; en quien sube lentamente las escaleras y se detiene para recuperar el aliento, pero después mira hacia arriba y piensa: «Un escalón más».
 
Quizá la vida, después de todo, siempre haya consistido en eso. No en llegar a ninguna cima definitiva, sino en seguir subiendo mientras podamos. Y cuando ya no podamos subir diez escalones, subir uno. Y cuando ni siquiera podamos hacerlo, mirar hacia arriba. Porque mientras exista en nosotros esa mirada hacia el siguiente escalón, quizá todavía quede algo esencialmente joven en nuestra alma. No la juventud del cuerpo. La otra. La que no se mide en años, sino en ganas de seguir estando aquí.




              



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