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Seguir las señales del Corazón



Maria Pinar Merino Martin

Miércoles, 23 de Mayo 2018 Visitas 241 |

Hay momentos en la vida en que vemos con absoluta nitidez que debemos emprender un camino, quizás para dar por finalizado otro.


Photo by Erik Witsoe on Unsplash
Photo by Erik Witsoe on Unsplash

Hay momentos en la vida en que vemos con absoluta nitidez que debemos emprender un camino, quizás para dar por finalizado otro; un camino que nos lleve al interior de nosotros mismos y que nos dé por fin las respuestas que, desde que despertamos, andábamos buscando.
 
Busco la calma en la acción, la quietud en el movimiento, la luz en la oscuridad, la soledad entre las gentes, la libertad en el compromiso, el criterio propio en la vorágine de la información, la certeza en la elección, la paz profunda en el caos, la serenidad en la tormenta, la paciencia en la prisa, la amistad en las diferencias, el amor en lo complementario...
 
Cuaderno de viaje...
 
Aquí estoy de nuevo, en mis manos un cuaderno sin estrenar se ofrece virginal ante mi lápiz. Siempre tengo durante un segundo un cierto sentimiento de pudor antes de garabatear la primera palabra, después sé que en el momento en que la punta del lápiz entra en contacto con el papel surgen encadenadas palabras, frases, ideas que intentan expresar emociones y sentimientos del momento... Es un trasiego constante desde el mundo exterior al interior.
 
Mirar lo que hay alrededor, empaparme de luces, colores, brillos, formas, distancias, bellezas inéditas, paisajes y horizontes, gestos, sonrisas... sentir el ambiente, la temperatura, el viento o el sol, la lluvia o el río, la piel, el tacto... escuchar los sonidos, los silencios, los vacíos, los ecos, las palabras, los trinos, las canciones... Oler la sal, la hierba, la tierra mojada o seca, las flores, la vida... y todo junto degustarlo como un delicioso manjar que puedo saborear primero, masticar después y tragarlo y digerirlo, mezclándolo con los propios jugos internos: los recuerdos dormidos, la memoria que se activa, la intuición que surge providencial como condimento imprescindible para añadir su toque especial... Es un viaje constante de afuera hacia dentro.
 
Es el movimiento de la vida, el aliento mismo cuando inspiramos y espiramos... o el vaivén incesante de la ola que llega hasta la playa, acaricia la arena y se repliega después... o la apertura para recoger información para después reflexionar, meditar, interiorizar... antes de abrirse de nuevo.
 
Es un boomerang de la conciencia que viaja, emulando el periplo que realiza el espíritu en los cuentos, simbolizando a un príncipe aventurero que abandona el castillo de su padre y recorre los más variados territorios hasta que olvida el propósito de su viaje –vencer al ogro terrible que tiene atenazado a su pueblo-; tras muchas vicisitudes el príncipe finalmente recobra la consciencia, domina al ogro y regresa victorioso a su reino.
 
En ese viaje de la conciencia, que es el viaje de la vida es bueno contar con la asistencia de un notario fiel, ése es un papel que desempeña con toda fiabilidad el cuaderno de viaje.
 
El cuaderno me ayuda a recoger, cuanto me rodea, cuanto vivo, cuando siento... es una buena forma, fácil y asequible de estar en el presente, de desarrollar la capacidad de ver, de convertirme en el testigo que observa... Gracias al cuaderno he aprendido a cultivar y apreciar mis sentidos físicos, que se convierten en una fuente inagotable de percepciones que me proporciona los leños que necesita mi “caldera interna” para ponerse a funcionar.
 
El viaje se convierte en un itinerario mágico en el que sólo cabe la apertura, el fluir, la aceptación, el aprendizaje, el crecimiento... en ese vaivén constante de recogida de información desde el mundo exterior para depositarlo en el interior siempre se crece... por eso tantas veces decimos aquello de “hay un antes y un después de este viaje”.
 
He viajado por muy distintos territorios, me he acercado a naturalezas opuestas, desiertos y selvas, altas montañas y amplios valles, horizontes abiertos y cuevas profundas, ríos pequeños o grandes, bravos o apacibles...; he encontrado gentes de aquí y de allá, he escuchado idiomas, dialectos y lenguas extrañas, he probado comidas muy diferentes, he usado sus vestidos y he aprendido sus costumbres, he apreciado sus creencias y participado en sus rituales...
 
Y un buen día, cuando abrí mi cuaderno para reflejar lo que estaba viviendo, surgió un interrogante que me sorprendió: ¿cuál es la razón de mis viajes?
 
Miré al lápiz con una cierta desconfianza, como si de pronto se hubiese convertido en un elemento con vida propia capaz de pensar por sí mismo, ¿de dónde surgía esa pregunta? Evidentemente de alguna parte de mi cabeza, pero no estaba en absoluto en mi consciencia...
 
Enseguida mi mente, perfectamente servicial y disciplinada, empezó a darme todo tipo de respuestas y razonamientos... pero yo sentía que esa pregunta que seguía allí desafiándome desde la blancura del papel no requería respuestas superficiales, aquello tenía un “calado” más profundo... podía reconocer ese hormiguillo interno que suele presentarse cuando me bulle por dentro alguna inquietud. Así que acallé mi mente con la respuesta más simple y que reflejaba mi verdad de ese momento: “no lo sé”.
 
Cuando surgió la pregunta estaba a punto de comenzar un nuevo viaje, faltaban apenas unos días para la salida, ¡Que mejor oportunidad que plantearme el interrogante durante esos diez días! Estaba segura de que la respuesta, una respuesta diferente aparecería; ya había comprobado en muchas ocasiones las coincidencias significativas, las sincronicidades siempre presentes cuando la mente se abre y estamos atentos.
 
A lo largo del tiempo he ido aprendiendo a perderle el miedo a los cambios, se que se van a producir con mi beneplácito o con mi resistencia. Se que la vida es cambio, es transformación, es terminar una cosa para empezar de nuevo, es renovarse, es dejar que lo viejo muera para que nazca lo nuevo; es vaciar, soltar, deshacerse de lo antiguo para dejar un espacio vacío que pueda ser ocupado por las nuevas experiencias... El cambio forma parte de nuestra esencia y de la naturaleza en la que estamos inmersos, las estaciones, el día y la noche, la vigilia y el sueño... marcan los ritmos circadianos que nos afectan de forma ineludible. Los caminos que recorremos son siempre una oportunidad de cambio, un factor modificador de vida y la posibilidad de que la psique despierte estimulada por el entorno, por los desafíos y retos a que nos enfrentamos.
 
Pueden surgir temores e incertidumbres al adentrarnos en territorios internos no muy transitados, el cambio en las creencias y en la escala de valores nos puede impulsar a tomar decisiones y, como consecuencia, a perder estabilidad.
 
Sin embargo, la clave para salir con bien es realizar el proceso de forma lo más consciente posible, estando atentos y abiertos a cuanto sucede alrededor y a las resonancias que eso provoca en nosotros.
 
El cuaderno es una herramienta y la escritura una forma de canalizar la energía interna, de ordenar los procesos mentales, de abrir la puerta a la intuición. La primera página siempre comienza con el itinerario propuesto... a partir de ahí las incursiones -al principio de forma inconsciente y cada vez más conscientemente- hacia nuestro mundo interno, nos facilitan procesos de comprensión que dan sentido a la trayectoria que hemos seguido hasta el momento y nos ayuda a planificar el futuro. La última página siempre se escribe desde el corazón, desde el centro del ser, desde el punto de conciencia plena donde se integran todas las facetas –manifestadas y no manifestadas- de nuestro ser.
 
Sólo así tienen sentido los viajes, sólo así sirven los caminos... “No corras peregrino, que donde tienes que llegar es a ti mismo” -tal como reza en algunos albergues del Camino de Santiago.




              


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