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Nuestro pueblo



Marta Corella

21/10/2019

A finales del siglo XIX, escribía Francisco Giner de los Ríos: «¡El día que España esté a la altura de su paisaje!». El que fue defensor de la libre cátedra de la España contemporánea y fundador de la Institución Libre de Enseñanza suspiraba así por su país con la vista puesta en los paisajes de Castilla, a los que otorgaba unos valores culturales e históricos propios de la identidad colectiva. Pero si algo ignoraba Giner es que, no muchos años después, España comenzaría a ser solo paisaje, sin vida en él más allá de las grandes urbes. Hoy, España es el país más despoblado de Europa, las zonas rurales –principales víctimas del éxodo–, pierden cinco habitantes cada hora y las últimas radiografías alejan toda esperanza. Y no solo porque el 13% del territorio ya sea oficialmente un desierto demográfico, sino porque, paradójicamente, la conocida como España vacía (o vaciada), continúa desangrándose a ritmos cada vez mayores.



Photo by Sebastian Unrau on Unsplash
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Seguramente esta carta no llegue a ver la luz y sea ahogada como tantas otras voces por el peso implacable de las grandes masas.
 
Porque somos pocos y no interesamos a los importantes medios de comunicación.
 
Por ello apelo a todos aquellos que guardéis en vuestra memoria algún bello recuerdo vivido en un pueblo. Un bello recuerdo por el que no pagasteis entrada, no se os pidió identificación, ni fuisteis transformados en un número por una barrita giratoria.
 
Vosotros leedme con el corazón.
 
Escribo desde un pueblo de montaña, uno de los más altos de España. Uno que se encuentra dentro de un paraíso natural, en la comarca más deshabitada de Europa. No importa el nombre.

Un pueblo que sobrevivió al éxodo rural de la postguerra y que sembró las ciudades de porteros, taxistas y criadas. Después, durante más de quince años, formó parte en la empresa de ser la zona que más porcentaje de jóvenes universitarios donó a la sociedad. Empresa que le resultó ruinosa, pues perdió al 90 % de sus jóvenes, la inmensa mayoría para siempre.

Un mar de bosques nuestro jardín particular

Un jardín que cuenta con verdes praderas aun cuando el calor del verano se hace insoportable en las ciudades.  Praderas por las que está permitido transitar, jugar, tumbarte y disfrutar el tiempo que desees. Agua pura de manantial mana en sus fuentes sin cesar, de la que puedes beber hasta saciarte.  Innumerables arroyos y el nacimiento de varios ríos que cruzarán España entera.  Está poblado por grandes ejemplares de pino silvestre, que con sus copas anaranjadas hacen que las puestas de sol sean aún más impresionantes. En este jardín tan sólo tendrás que levantar la vista al cielo en una noche despejada, para contemplar tantas estrellas como nunca hayas podido imaginar, pues es la zona con menos contaminación lumínica, atmosférica y acústica de la Península Ibérica.
 
La zona donde se encuentra este jardín constituye el gran pulmón de España, que se encarga de filtrar las porquerías atmosféricas que se generan en las grandes ciudades.
Nosotros, los habitantes de este pueblo y como los de otros muchos como este, cuidamos de manera incansable de este jardín.  Y todos sabemos que cuando las campanas repican fuera de hora, es el monte el que nos llama.
 
Nos hemos conformado con disfrutar de un jardín, que nos ha resultado caro de mantener.  Sobre todo, porque no se trata de un jardín PRIVADO. Cualquier persona que esté leyendo esto puede disfrutarlo LIBREMENTE.
 
No cobramos entrada y nuestra generosidad ha sido confundida con ignorancia. Antes éramos paletos, ahora que somos rurales, todo el mundo quiere ser rural. Pero rural a tiempo parcial…Todo el mundo tiene un pueblo y el que no lo tiene se lo inventa.
 
Y ahora, estas escuelas de pueblo, que tan buen resultado han dado, se ponen en entredicho. Un ejemplo de convivencia y aprendizaje transdisciplinar...Esta misma escuela que parió más universitarios que cualquier centro educativo de ciudad, ahora, dicen, está desfasada. La realidad es otra. Es una educación personalizada y de excelencia, que ya querrían en muchos centros de ciudad.
 
Y si, la realidad es otra, que somos pocos. Y se puede caer en el error de considerar que es caro y poco rentable mantener servicios en nuestros territorios.
 
Estos mismos territorios que prestamos servicios necesarios para toda la sociedad... sin contraprestación alguna.
 
Somos pocos y nuestra generosidad nos ha impedido convertir en un parque de atracciones este gran patrimonio natural.
 
Pagamos los mismos impuestos que cualquier ciudadano. Bueno más. Porque cada visita a un hospital, a un especialista o pagarles una carrera universitaria a nuestros hijos (contando que la enseñanza pública es gratuita) nos cuesta diez veces más.

Hablemos de rentabilidad

Photo by Josh Appel on Unsplash
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Pues vale, hablemos de rentabilidad, porque está claro que no se han hecho bien las cuentas.
 
¿Qué pasará cuando nos tengamos que ir si no tenemos servicios, que nos permitan vivir en igualdad de derechos?
 
¿Qué pasará cuando las praderas se convirtieran en matorrales intransitables por la falta de ganado?

¿Cuánto costará mantener los montes limpios de leñas y pinos secos que no resultan rentables para ninguna empresa, cuando no viva aquí nadie que los recoja?
 
¿Cómo frenarán un incendio entonces?
 
¿Y si estos bosques que son la esponja que regula el caudal hídrico de tres cuencas hidrográficas de España desaparecieran? ¿Alguien se hace una idea de lo que sucedería?
 
Quizá los que vivimos en pueblos de montaña debiéramos cobrar por cada atardecer, cada sorbo de agua pura, cada paseo por una bella pradera, cada visión de un cielo estrellado, por cada bocanada de aire puro, cada litro de agua que dejamos correr, cada % de Carbono que fijamos…

Quizá se nos esté acabando la generosidad.
 
Quizá debamos despertar todos y no permitir que se toque lo intocable. Porque si permitimos que nuestros pueblos sufran el abandono total, seguramente no será el final de una sociedad que hemos querido construir justa, pero sin duda será el principio de su fin.
 
Hablo de una comarca cualquiera que podría ser Molina de Aragón y de un pueblo entre miles, al que podríamos llamar OREA.
 


MARTA CORELLA
Alcaldesa de Orea




              



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