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Los nuevos paradigmas: La pareja



Maria Pinar Merino Martin

05/06/2023

En este mundo cambiante, donde la realidad se descubre cada vez más relativa y todos los postulados llevan como coletilla la aseveración de que son sólo una parte de algo más amplio, el tema del papel del hombre y la mujer está también en profunda revisión.



Foto de frank mckenna en Unsplash
Foto de frank mckenna en Unsplash
No vamos a entrar en el análisis sobre la incorporación de la mujer a funciones sociales más relevantes, sino a aspectos más transcendentes.
 
Según nos cuentan las leyendas antiguas, la enseñanza tradicional, la filosofía o el conocimiento transmitido de generación en generación, cuando se crea un espíritu individualizado, es decir, cuando surge la chispa divina que anidará en un ser capaz de alcanzar un cierto grado de consciencia y de manejar la herramienta del libre albedrío, lo hace dividiéndose en dos partes, dos seres con polaridades distintas: una parte femenina y una parte masculina.
 
Así pues, cada una de esas partes sería el 50% de un ser completo. Correspondería a lo que se conoce como la teoría de los andróginos o lo que popularmente llamamos “la media naranja”.   
 
Esas mismas tradiciones nos revelan que el nombre cósmico (palabra tan conocida por los estudiantes de esoterismo) sería, precisamente, el sonido que produce esa chispa al ser lanzada en la explosión de la energía creadora. Muchas escuelas y filosofías recomiendan al estudiante la búsqueda de ese sonido único y personal, asegurando que después, en meditación, al ser repetido como un mantram, permitiría a la persona conectar con su parte espiritual y alcanzar estados superiores de conciencia, donde podría tener acceso al conocimiento de su programa de vida y a informaciones y experiencias en planos energéticos y mentales de mayor vibración.
 
Tendríamos así un mismo ser espiritual disociado en dos naturalezas. Si seguimos acercándonos, podríamos encontrar que en cada una de esas naturalezas también se encuentran reflejados los dos polos, es decir: la parte femenina del espíritu total tendría, a su vez en sí misma las dos polaridades (femenina y masculina) aunque en diferente gradación. Con la parte masculina sucedería lo mismo.

Foto de Jusdevoyage en Unsplash
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Dos polaridades

Ese principio fue recogido en El Kybalión cuando enuncia: “Todo es doble, todo tiene dos polos, todo su par de opuestos, los semejantes y los antagónicos son lo mismo, los opuestos son idénticos en naturaleza, pero difieren en grados, los extremos se tocan, todas las verdades son semi verdades, todas las paradojas pueden reconciliarse”.
 
Es el antiguo axioma de que todo es dual en nuestro Universo, de que para que algo pueda manifestarse necesita participar de los dos polos: el polo positivo o pensamiento eterno de creación (esencia), y el polo negativo o alma universal (substancia). En este punto coinciden ciencia y filosofía.
 
Durante el proceso de las sucesivas encarnaciones, esas dos polaridades de un mismo espíritu irán evolucionando progresivamente hasta que al final de su andadura como seres humanos con soporte físico (cuando lleguen al final de lo que en las filosofías orientales se conoce como rueda de las reencarnaciones), y hayan aprendido las experiencias que necesitaban, se integrarán en un solo ser -ya de naturaleza energética- compuesto por las dos partes perfectamente equilibradas y compensadas. Conformando, por tanto, un ser completo al 100%.
    
Parece ser que durante el proceso en que “circunstancialmente” están separadas las dos partes, cada una va acumulando experiencias propias de su polaridad, es decir, que generalmente no se varía de sexo en las sucesivas encarnaciones, sino que intenta mantenerse. Durante los periodos en que ambos están desencarnados, se relacionan energética y mentalmente para transmitirse y transvasarse las experiencias asimiladas, de tal forma que la otra parte no necesite pasar por los mismos procesos. Eso explicaría las “vivencias” en ambos sexos que aparecen en estados de regresión.
    
Desde el nacimiento de la psicología, hombres y mujeres han sido objeto de múltiples estudios abarcando desde la biología, pasando después por la dimensión energética, mental y emocional. Durante años se han tratado de desentrañar los misterios de la personalidad de unos y otras. Se han definido influencias sociales, culturales, económicas y de todo tipo en los roles de ambos. Se especula, por medio del análisis fisiológico del cerebro, sobre las características y capacidades de ambos sexos y cada nuevo descubrimiento es sustituido por otro aún más innovador. Pero siempre con el propósito oculto o manifiesto de demostrar la preponderancia de uno sobre otro, buscando lo sobresaliente, lo que diferencia, lo que distingue, lo que separa... Así, cada nuevo postulado es abanderado por defensores de una polaridad y al poco tiempo es desmentido, sustituido o minimizado ante un nuevo hallazgo en fuerzas de la polaridad opuesta.

Foto de Jusdevoyage en Unsplash
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Un tema polémico

La polémica sigue abierta, pero para poder trascender del momento actual sería interesante dar un paso más allá. ¿Se podría identificar a partir de las potencialidades o características intrínsecas de cada sexo el papel que juegan en el entramado cósmico? ¿Se podría considerar la complementariedad? ¿Seríamos capaces de globalizar algo que se nos presenta tan distanciado? Posiblemente, ese sea uno más de los retos a los que el futuro habrá de enfrentarnos.
 
A través de la historia hemos podido ver que la mujer es el soporte, como lo es la Tierra. Ella representa la fecundidad, el calor, la ternura, la inteligencia y el tesón. Es más realista y se ocupa de la administración de los bienes familiares.
 
El hombre es la semilla, el ímpetu, la voluntad, la fuerza, el amor y la nobleza. Es más idealista, siente la obligación de sostener económicamente a la familia y también pesa sobre él la carga de la responsabilidad.
 
Ambos unidos forman el ideal de ser humano. Si la mujer quiere ser noble, fuerte, vigorosa, etc. tendrá las mismas dificultades que si el hombre quiere ser tierno, tenaz, etc., porque sus procesos mentales y sus componentes energéticos y hormonales, amén de genéticos, son distintos y complementarios. En definitiva, ambos están preparados para desempeñar cualquier papel, pero, evidentemente, unos los representarán mejor que otros.

Foto de Elena Mozhvilo en Unsplash
Foto de Elena Mozhvilo en Unsplash

Cada uno aporta el 50%

Curiosamente, en todas las células del cuerpo físico existe el mismo número de cromosomas, excepto en las sexuales, que tienen la mitad. Ese 50% al unirse con otro ser humano de sexo contrario forma el 100% al que se pretende llegar. Una vez más la Naturaleza nos sirve de referencia.
 
Como ambos, hombres y mujeres, participan de las dos polaridades, podríamos plantear como hipótesis los porcentajes de ambos signos en nuestro mundo Occidental. Así, en nuestro nivel de evolución actual, el hombre contaría en su esencia, aproximadamente, con un 75% masculino y un 25% femenino, y la mujer tendría un 75% femenino y un 25% masculino. La pareja compensada sería la que consiguiera acercarse a esos teóricos porcentajes, conformando así un 100% de cada polaridad entre ambos.
 
Es muy posible que, a medida que el ser humano vaya evolucionando, vaya conquistando peldaños en esa larga escala que representa la ampliación de su consciencia, esos porcentajes masculino y femenino vayan acercándose, armonizándose, equilibrándose para ser una manifestación más perfecta. De ser factible esa hipótesis, el objetivo sería llegar al final de las encarnaciones con el mismo porcentaje de las dos polaridades en cada uno de nosotros, lo que nos posibilitaría la relación armónica con los demás: Primero logra la armonía en ti y después incorpora al otro...




              



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