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La magia existe



Maria Pinar Merino Martin

Martes, 27 de Febrero 2018 Visitas 136 |

Estábamos en la isla de La Palma, viendo la puesta de sol. La luz dorada del atardecer se reflejaba en la superficie del agua arrancando centenares de estrellas que brillaban como si fueran pequeños espejos.


Photo by James Pritchett on Unsplash
Photo by James Pritchett on Unsplash

“Estábamos en la isla de La Palma, viendo la puesta de sol. La luz dorada del atardecer se reflejaba en la superficie del agua arrancando centenares de estrellas que brillaban como si fueran pequeños espejos. El agua brincaba hasta la orilla en un incansable ir y venir, la espuma de las olas se convertía en un bordado de artesanía cuando se detenía brevemente en la arena... Se respiraba paz, sosiego, quietud..., el tiempo se paseaba envuelto en el tejido en el que más le gusta presentarse: el tul de la relatividad; de tal manera que uno podía tener la sensación de vivir un segundo eterno o apenas un leve parpadeo. La elección era personal.
Sonaba de fondo la música del hotel que animaba a los turistas que estaban en la gran terraza que se abría al mar.
Cuando el sol desapareció en el horizonte pareció que la vida retomaba su latido habitual. El silencio que habíamos mantenido mientras disfrutábamos de la puesta de sol se lleno de palabras, frases y comentarios y surgieron algunos corrillos. Una amiga que nos acompañaba preguntó con cierto aire de solemnidad: “María ¿qué podemos hacer para sanar nuestro mundo?”
La miré con simpatía, reconocí en sus ojos ese deseo de encontrar respuestas, esa intención de que alguien te dé las referencias que buscas, ese afán por encontrar fuera lo que son toda seguridad le estaba susurrando su corazón... Reconocí la actitud de “apuntar” en el cuaderno de las cosas importantes la respuesta que iba a recibir considerando que provenía de una “autoridad reconocida” en la materia, era una pregunta demasiado grande para ser respondida por un ser pequeño...
Sonreí dispuesta a decirle lo que sentía, que su mundo era ella, que sólo podía incidir en su propia sanación y así sanaría el mundo en el que vivía, que las respuestas más válidas estaban en su interior... cuando, de pronto, alguien con voz sorprendida dijo: “Mirad, mirad el cielo, ¡es increíble!”
Todos nos volvimos a mirar en la dirección que señalaban... Allí arriba, en pleno cielo, un gran banco de delfines evolucionaba de forma suave... se movían todos de uno a otro lado del firmamento manteniendo la cohesión del grupo... se deslizaban suavemente surcando el aire como si fueran aguas transparentes... su lomo brillaba como si estuviera recién mojado...
El espectáculo era tan sorprendente que nos quedamos mudos ante la sorpresa.
Inmediatamente la mente racional buscó explicaciones a “aquello”: “Son globos inflados de helio, de esos que se venden en las ferias”... “Es una proyección de imágenes”...
Pero aquellos delfines desafiaban cualquier hipótesis. Eran seres vivos -no globos-, se movían, nadaban, saltaban, curvaban sus colas y movían sus aletas... Tampoco era una imagen plana sino en tres dimensiones, aquellos cuerpos tenían volumen...
La música paró y por un momento, cuando se acallaron las voces de asombro, se hizo el silencio en aquella enorme explanada... La sorpresa nos había dejado paralizados y la mente no tenía otra opción que pararse a observar atónita ante lo que no encontraba explicación.
El corazón me latía apresuradamente como cuando algo muy dentro de ti te dice que estás participando de algo importante, muy importante para ti, para tu vida. Uno de esos momentos en que la vida te ofrece la posibilidad de “asomarte” a la dimensión trascendente.
Yo miraba alternativamente al mar y al cielo buscando una respuesta que no existía. Las aguas se habían quedado quietas, como las de un lago, espejo insólito que reflejaba un cielo despejado en el que “nadaban” una enorme bandada de delfines.
Entonces alguien a mi lado, desafiando a la lógica, se atrevió a pronunciar la única respuesta posible: “Es magia”.
Aquellas palabras fueron el detonante. Sentí que se abría algo allí en lo profundo, una puerta pequeña que yo mantenía cerrada a cal y canto, una barrera artificial tras la cual creía asegurar mis miedos. Y empecé a llorar con la sensación de estar ante algo grande, ante algo que me superaba, percibí la grandeza de una inteligencia que estaba por encima de todo y de todos... Y sentí mis lágrimas brotar con una alegría incontenible. Allí estaba esa fuerza que nos empeñamos en buscar en lugares tan dispares como los libros o las referencias de aquellos a quien consideramos más sabios...; allí estaba manifestándose mi Dios, mi fuerza interior, allí se mostraba lo esencial y se presentaba de improviso, sin ser invitado, pillándome desprevenida, sin darme tiempo a prepararme...
Sentí un incontenible deseo de ponerme a danzar como los delfines... casi podía escuchar la música que les hacía evolucionar, girar, saltar y dibujar insólitas piruetas en el cielo... igual que una bandada de pájaros se mantenían siempre juntos, surcando el cielo de uno a otro lado... parecían estar tan cerca que instintivamente alcé mis manos para intentar tocarlos cuando pasaron sobre nuestras cabezas.
Miré alrededor y vi a todos los que estaban allí presentes muy contentos. Reían sin ningún pudor, ya nadie se preguntaba qué era aquello simplemente disfrutaban del precioso momento que la vida nos regalaba.
Poco a poco el banco de delfines se fue alejando, se colocó de nuevo sobre el mar y descendió hasta aproximarse a la superficie del agua que seguía muy quieta, esperando.
Cuando estaban a unos pocos metros los delfines empezaron a saltar del cielo al mar. Se dejaban caer, las aguas saltaban alborozadas levantándose aquí y allá cada vez que recibían la insólita lluvia. Algunas personas, dejándose llevar por el entusiasmo y por una emoción incontenible, empezaron a aplaudir como si estuvieran asistiendo al estreno de una hermosa representación... La función había terminado. Cuando ya no había más delfines en el cielo las aguas quedaron nuevamente en calma... sólo se adivinaba un remolino sobre su superficie, un epicentro del que partían suaves ondas que se deslizaban en paz sobre la superficie del agua perdiéndose en la infinitud del mar”.
Abrí los ojos y durante un buen rato la sonrisa se mantuvo impresa en mi cara, imborrable. Mi mente recreaba una y otra vez las imágenes que había visto, no las quería perder. Al pasar la película otra vez distinguía aún más matices que me habían pasado desapercibidos por la sorpresa... escuchaba con toda claridad la música que hacía danzar a los delfines, me llegaba incluso el soplo de la brisa cuando evolucionaban muy rápidamente surcando el cielo todavía azul... apreciaba el olor de mar que emanaba de sus cuerpos... sus ojos inteligentes en los que brillaba claramente una intención, un deseo... sus enormes bocas que parecían sonreír, sonreírnos...”

Nos encontramos en el arranque del siglo XXI, dando los primeros pasos en un mundo cuyas coordenadas cambiantes intentan enseñarnos que necesitamos una nueva disposición mental para afrontar los retos que la vida nos presenta. Una disposición mental en la que no entran los egos sino que prima la utilidad. Es decir, tenemos que aprender a plantearnos los deseos y los retos como una oportunidad de crecimiento más que como un logro individual e intransferible.
Nuestra mente, generalmente, desecha los caminos sencillos porque tiene incorporado que algo que cuesta tanto no puede encontrarse al final de un camino sin obstáculos... Y es que, siempre, siempre, hay un camino difícil y otro fácil para alcanzar las metas, pero al final el fácil –por alguna razón- se suele hacer invisible a los ojos.
Vivimos en dos mundos paralelos, dos mundos que se influyen mutuamente de tal manera que si yo actúo en el mundo “A” condiciono la estructura del “B” y viceversa.
El mundo “A” está regido por el hemisferio izquierdo y el mundo “B” por el hemisferio derecho. Cuando habitamos en el mundo “B” no comprendemos por qué hacen así las cosas los del “A”, de una forma tan complicada. Cuando habitamos en el mundo “A” nos refugiamos en una idea que nos tranquiliza momentáneamente: “el mundo B, el de la magia, no existe”. Es por eso que no vemos sus caminos, sus itinerarios, y cuando la magia irrumpe en nuestro mundo “A” tratamos por todos los medios de encontrar una explicación, so pena de ser tenidos por locos.
Los caminos sencillos son los del corazón, son caminos mágicos, iluminados, sin obstáculos y directos al objetivo porque carecen de expectativas, de comparaciones, de recuerdos ingratos y de deseos posesivos.
Dos mundos que conviven en unas coordenadas paralelas, cada uno de ellos regido por unas leyes, identificado por unos límites y unas cualidades que le son propias...; dos mundos capaces de convivir uno al lado del otro pero sin mezclarse, en una coexistencia pacífica que permite a los habitantes de uno y otro no mezclarse ni mucho menos correr el riesgo de ser invadidos...; dos mundos, el del agua, el mundo de las emociones y sentimientos y el del aire, el mundo de la mente..., un mundo de la magia y un mundo de “lo real”.
Aquella experiencia me colocaba ante una hipótesis bellísima pero no por ello menos inquietante: la magia existe, el mundo de la magia interviene en el mundo de “lo real” y viceversa.
Inmediatamente sentí como mi cerebro comenzaba a vibrar ante un aprendizaje, ante un paso adelante en mi percepción de la vida... y tímidamente, intentando controlar el vértigo que me producía cada paso por un terreno nuevo, desconocido, me aventuré en ese territorio que me permitiera “entender” uno en el otro, que me convirtiera en un mago, alguien capaz de abrir las puertas entre esos dos mundos, entre mis dos hemisferios cerebrales, alguien que se coloca en el  umbral de ambos, pudiendo incorporar en su mirada esas dos dimensiones. Alguien que conoce las leyes de uno y otro, lo que les permite actuar en ambos trayendo cosas insólitas del “B” al “A”, y aportando cosas útiles del “A” al “B”.
Es probable que la primera dificultad con la que nos encontremos a la hora de incorporar la magia en nuestras vidas sea discernir entre límites y limitaciones.
Los límites son siempre vagos, difusos y moldeables y los suele marcar el hemisferio derecho. Las limitaciones son restrictivas, concretas, rígidas y obsesivas, generadas siempre por el miedo en sus diferentes aspectos y las suele marcar el hemisferio izquierdo.
Me pregunto: ¿Tiene límites el universo? ¿Los tiene la secuencia numérica? ¿Y la gama de colores?... La vida no tiene límites.
Es muy probable que la frustración de la sociedad se deba a que no conoce la diferencia entre límites y limitaciones y por eso sólo se maneja por caminos tortuosos, sin tener en cuenta que hay al lado otros diáfanos, sólo visibles cuando se abren los ojos al corazón, cuando se cambia la mirada.
¿Qué pasó realmente en La Palma? ¿Fue un sueño o una experiencia real? ¿Entré en el mundo de la magia durante una fracción de segundo o irrumpió esa experiencia en mi vida real?
No quiero encontrar esa respuesta, ahora no la necesito... me basta con releer lo que he escrito..., me quedo con la sensación de que he aprendido algo nuevo, un aprendizaje que ha involucrado a todo mi ser..., me quedo con eso. Los dos mundos están en mí esperando ser explorados y mi deseo es abrir la mirada abarcando ambas realidades.




              

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