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La madre



Luis Arribas Mercado

03/05/2026

A veces no comprendemos a nuestras madres hasta que la vida nos coloca en un lugar parecido al suyo. Este texto nace desde ese reconocimiento tardío, desde la mirada que aprende a ver más allá de lo evidente. Es un viaje hacia la memoria, el perdón y la comprensión de una forma de amor que no siempre supimos nombrar, pero que siempre estuvo ahí.



Imagen creada con IA
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He escrito este artículo quizás con el afán de llegar a descubrir cómo era mi madre, cómo era esa persona que me dio la vida y a la que durante muchos años juzgué quizás injustamente pero que, finalmente, a través de mi propia experiencia vital y gracias a haber convivido con una mujer excepcional, esposa y madre, que ha jugado su papel de madre de forma equilibrada, siendo refugio de amor y un ejemplo de funcionalidad responsable,  he podido encontrar para la que fue mi madre un lugar en mi corazón, para que desde ahí me ayude a conectar con sentimientos y emociones dormidas que he echado de menos a lo largo de los años.
 
La madre es un símbolo independientemente de su carácter, de su calidez o frialdad. Hay madres afectuosas y madres funcionales. La mía fue funcional, pero esa funcionalidad estaba cargada de responsabilidad, la necesaria para sacar la familia adelante. En este caso, funcionalidad y amor iban unidos, aunque yo haya tardado muchos años en darme cuenta.
 
Hay palabras que no necesitan ser pronunciadas para sentirse. Madre es una de ellas. Basta pensarla para que algo se mueva por dentro, como si una cuerda antigua vibrara en lo más hondo del pecho. Es una palabra que no pertenece solo al lenguaje: pertenece a la memoria, al cuerpo, a la primera forma de amor que conocimos sin saber que tenía nombre.
 
La madre es el primer territorio que habitamos. Antes de abrir los ojos al mundo, ya estábamos envueltos en su latido, sostenidos por un ritmo que no elegimos pero que nos eligió. Allí aprendimos, sin palabras, que la vida empieza en la oscuridad tibia de un abrazo que aún no sabemos recordar y, sin embargo, lo llevamos dentro para siempre.
 
Con el tiempo, la madre deja de ser solo un cuerpo que nos acoge para convertirse en un centro invisible al que regresamos incluso cuando estamos lejos. Es refugio, pero también brújula, es la voz que nos nombra cuando nadie más sabe quiénes somos. Es la mano que sostiene incluso cuando ya no está, porque hay presencias que no necesitan permanecer para seguir acompañando.
 
En cada gesto suyo hay una forma de sabiduría que no se aprende en libros sino en vivencias. La manera en que acomoda una manta, en que escucha sin interrumpir, en que mira como si pudiera ver más allá de lo que decimos. La madre conoce un lenguaje que no se enseña: el de la intuición, el de la paciencia, el de la entrega silenciosa. Un lenguaje que a veces solo comprendemos cuando la vida nos obliga a mirar hacia atrás.
 
Hay madres que ríen fuerte y madres que hablan poco. Madres que abrazan con los brazos y madres que abrazan con la mirada. Madres presentes, madres ausentes, madres que fueron, madres que quisieron ser. Pero todas, incluso las que no estuvieron, dejan una huella que nos acompaña como una sombra luminosa o como una pregunta que nunca termina de responderse.
 
La madre es también un espejo. En ella vemos lo que fuimos, lo que somos y, a veces, lo que tememos llegar a ser. Su historia se mezcla con la nuestra como dos ríos que se encuentran sin perder del todo su identidad. Y en ese encuentro descubrimos que amar a una madre es también aprender a perdonarla, a comprender sus silencios, a aceptar sus límites, a reconocer su humanidad.
 
Porque la madre no es un mito, aunque a veces lo parezca. Es una mujer que tuvo miedo, que dudó, que se equivocó, que hizo lo que pudo con lo que tenía. Y aun así, en medio de sus imperfecciones, nos dio algo que nadie más podía darnos: un lugar en el mundo.
 
Quizá por eso, cuando pensamos en ella, algo se afloja por dentro. Como si una parte nuestra -la más frágil, la más verdadera- se permitiera descansar. La madre es ese espacio donde el cansancio encuentra consuelo, donde la tristeza encuentra un hombro, donde la alegría encuentra celebración. Es hogar incluso cuando ya no existe un hogar físico al que volver.
 
Y cuando la vida nos golpea, cuando el mundo se vuelve demasiado grande o demasiado frío, es su nombre el que surge primero, como un amuleto, como un refugio, como un recordatorio de que alguna vez fuimos cuidados sin condiciones.
 
La madre es origen, pero también destino. Es raíz y es vuelo. Es la primera historia que escuchamos y la última que olvidamos. Y aunque cada uno la viva de un modo distinto, hay algo universal en su figura: la certeza de que, gracias a ella, aprendimos a respirar.

La madre funcional

Como reconocimiento a la que fue mi madre, he querido darle un espacio en este escrito, para de esa forma eliminar cualquier resto de incomprensión que aún pudiera albergar.
 
Hay madres que arropan con caricias, y madres que arropan con hechos. Madres que dicen “te quiero” con la voz, y madres que lo dicen con la vida entera. Durante mucho tiempo no entendemos la diferencia. De pequeños creemos que el amor tiene una sola forma, una sola temperatura, un solo modo de manifestarse. Pero la vida, con su paciencia implacable, nos enseña que el amor también puede ser austero, silencioso, casi invisible.
 
La madre funcional pertenece a ese territorio. No es la figura cálida que aparece en los cuentos, ni la heroína que todo lo resuelve con un abrazo. Es otra cosa: una mujer que sostiene el mundo sin hacer ruido, que se levanta antes que todos, que carga con lo que nadie ve, que mantiene la estructura de la casa como quien mantiene en pie un templo. Su amor no se derrama: se administra. No se exhibe: se ejerce.
 
Durante años, quizá décadas, uno puede confundir esa funcionalidad con distancia. Puede pensar que faltó algo, que hubo un hueco, que el amor debía haber sido más blando, más evidente, más parecido al de los demás. Pero un día —a veces sin aviso— llega la comprensión. Y entonces se ilumina todo lo que antes parecía opaco.
 
Comprendemos que aquella madre funcional no era fría, era fuerte. Que no era distante, era necesaria. Que no era indiferente, era responsable. Y que en su forma de estar -austera, firme, constante- había un amor tan profundo que no necesitaba adornos. Un amor que se medía en sacrificios, no en gestos; en renuncias, no en palabras.
 
La madre funcional es la que sostiene la familia como quien sostiene un puente en plena tormenta. La que no se permite caer porque sabe que, si lo hace, todo se desmorona. La que aprende a ser roca porque no puede permitirse ser agua. La que ama desde la responsabilidad, desde la obligación moral de proteger, desde la convicción de que su deber es más grande que su cansancio.
 
Y sin embargo, ese amor —tan práctico, tan discreto— deja huellas profundas. Huellas que solo se reconocen cuando uno mira hacia atrás con la perspectiva que da la vida vivida. Entonces entendemos que su forma de amar no era menor, ni más pobre, ni más fría. Era simplemente distinta. Era un amor que se expresaba en la comida caliente, en la ropa limpia, en la presencia constante, en la mirada que vigilaba sin invadir, en la fortaleza que nunca se quebraba delante de nosotros.
 
A veces, la revelación llega tarde. Pero llega. Y con ella, una gratitud nueva, más madura, más consciente. Una gratitud que reconoce que, detrás de esa funcionalidad, había un corazón que latía con la misma intensidad que cualquier otro, aunque eligiera latir en silencio.
 
La madre funcional es un símbolo: el de la responsabilidad que sostiene, el del amor que no presume, el de la entrega que no pide aplausos. Y cuando por fin lo entendemos, algo se acomoda dentro de nosotros, como si una pieza que llevaba años suelta encontrara por fin su lugar.
 
Porque al final, toda madre -cálida o funcional, expansiva o contenida- es un referente. Y comprender su forma de amar es, de algún modo, comprender también quiénes somos.




              



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