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Esperarse a si mismo



Virginia Gawel Psicóloga, Directora del Centro Transpersonal de Buenos Aires

Viernes, 5 de Febrero 2016 Visitas 649 |


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A veces somos crueles al evaluarnos: nos miramos, y creemos repetirnos infinitamente. Aquello en lo que aún somos torpes, aquello en lo que la sagacidad aún no se ha despertado del todo... se presenta como inmutable, inmodificable, y nos autorreprochamos: “Siempre lo mismo”, “Nunca aprendo!”, “Es inútil todo lo que haga!”... La palabra “reproche” viene de “reprobación”, “echar en cara”. Y, para crear un buen vínculo consigo mismo, es indispensable ver esa máquina de reprochar que llevamos dentro. Porque suele funcionarle mal un dispositivo: el de la perspectiva. Veamos...

Los procesos de evolución de la conciencia generalmente requieren que hagamos un alto honesto en el camino y nos miremos con hondura: nos repetimos, sí; pero si trabajamos con eso que se repite, nos damos cuenta de que no hay tan exacta repetición. Que, como decía el querido Jung, hay regresiones al servicio de la progresión: retrocedemos en apariencia para ver con más claridad los viejos mecanismos, ingresando a ellos con mayor conciencia que la última vez. Y en ese aparente retroceso, en ese aparente estancamiento, si tenemos vocación de ver y si no nos tratamos con crueldad, observaremos que no estamos caminando en círculo, sino en espiral ascendente. Que en cada recurrencia de una situación nos damos cuenta de más cosas; que empezamos a prever que el mecanismo está por funcionar; que, como desarrollamos la habilidad de pre-verlo y de verlo, dura menos tiempo y tiene menor virulencia...

Hasta que un día sucede: la circunstancia “de siempre” se presenta... pero nos sorprendemos reaccionando de una manera diferente: ese trabajo sobre sí que parecía estéril se ha acumulado, formando una masa crítica, y se abre ante nosotros la alternativa de actuar con una conducta interna o externa que nos asombra: nueva. “No parezco ser yo!” Sin embargo... ese “yo” es más “sí mismo” que el “yo” que antes éramos! Y eso no es todo: en todo ese proceso de repeticiones y transformación, lo que estamos haciendo, a partir de la autoobservación, es modificar circuitos en nuestro cerebro: el cerebro de la persona que puede decir “Basta!”, por ejemplo, ya no es el mismo de quien siempre soportaba todo sin poner límites. (Las Neurociencias pueden certificar ese fenómeno que se da gracias a nuestra plasticidad cerebral: somos capaces de re-tejer nuestro cerebro a fuerza de constancia...)

Tenerse paciencia es una actitud que necesitamos aprender a entrenar. Es parte del arte de saber esperar. Saber esperar-se! Se parece a cuando viajamos en avión y miramos en el mapa electrónico de a bordo el puntito que señala por dónde estamos pasando. Miramos, miramos... y el puntito no se mueve! Parecemos estar detenidos en el aire. Qué nos falta? Perspectiva de tiempo. Qué nos sobra? Ansiedad. Si de pronto nos adormecemos diez minutos, volvemos a mirar... y resulta que estamos sobrevolando otro país!

Desconfiemos de la visión autopunitiva acerca del “repetirnos”. Y, si trabajamos con pacientes, tratemos de trazar su historial de salud para poder apreciar sus progresos: el fruto de su esfuerzo, que posiblemente le esté pasando desapercibido. Honremos todos ese fruto, trabajosamente cultivado, que a veces tarda tiempo en madurar. Pero un día la vida lo toca apenas, y, delicioso, se desprende de la rama...

Escuchemos a la poeta polaca Wislawa Szymborska (Premio Nobel de Literatura en 1996) hablarnos sobre esto desde su propia comprensión:

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“Nada ocurre dos veces y no ocurrirá. 
Por esta razón nacimos sin práctica y moriremos sin rutina. 
Aunque fuéramos los más torpes alumnos en la escuela del mundo 
no repetiríamos ningún invierno ni verano.
Ningún día se repetirá, 
no hay dos noches parecidas 
dos besos iguales 
ni dos miradas idénticas en los ojos”




              


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