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El camino del laberinto



Dr. Jesús Moreno Ramos

18/12/2020

Quiero compartir con los lectores un símbolo que desde hace años me viene intrigando y al que le he dedicado especial atención últimamente. Se trata del sendero del laberinto. Como la vida misma, convergen aquí una mirada exterior (los cruces de caminos, los diversos itinerarios, aquel enigmático cuento de Borges, “el jardín de los senderos que se bifurcan”), y una mirada interior, el autodescubrimiento, el crecimiento en consciencia, en lucidez, en evolución, en madurez. O, dicho de otra manera, el ensamblaje entre el consciente del día a día, de los asumidos automatismos de la inmensa mayoría de personas y el silencioso protagonista principal de nuestras vidas, el inconsciente (personal y colectivo), de Jung.



Imagen de dima_goroziya en Pixabay
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¿Cuál será la brújula que nos marque el camino correcto en las diversas vicisitudes de la vida? En primer lugar, la razón, el consciente mientras sigamos anclados a esta realidad física, tridimensional; pero casi a continuación la voz del corazón (esa corazonada), la intuición, la voz interior que grita de manera silenciosa a través del cuerpo cuando la ninguneamos (estrés, alteraciones del sueño, pensamientos obsesivos, afecciones cutáneas, cefaleas…). En esta maravillosa simbiosis orgánica, anímica, psíquica, espiritual… todo está entrelazado.
 
Pero es más importante lo que no se ve, porque resulta menos evidente, pero no por ello menos importante. Si no ¿por qué muchas personas recaen en el mismo tipo de errores, y aún así echan la culpa de manera contumaz a algún agente externo, a la mala suerte, al destino o a cualquier otro señuelo consolador? Pues bien, de todo esto nos habla “el camino del laberinto” que intentaré esbozar en estas apretadas líneas.
 
Nuestros antepasados medievales y más antiguos construyeron laberintos para encerrar en ellos el conocimiento, unas veces de manera metafórica, y otras de manera física. Pero también levantaron laberintos, no para perderse sino también para encontrarse, como viaje transformador, tal como proponemos desde estas líneas. Un laberinto no se hizo para permanecer en él, sino para entrar y salir; al igual que un puente no es para quedarse sino para atravesarlo. Pero cuando salimos del laberinto ya no somos los mismos: el viaje es más importante que el destino, como ocurre en los multiseculares caminos de peregrinación (Jerusalén, Roma, Santiago, la Meca…). Es más, como ofrece el término inglés serendipity(serendipia en castellano), en ocasiones las distracciones o desviaciones ocasionan encuentros mucho más valiosos que el mismo motivo o destino del viaje.

Photo by Philipp Kämmerer on Unsplash
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Un viaje de peregrinación

Pero volviendo a esa idea de peregrinación, ésta quedó materializada en los laberintos que se empezaron a dibujar en el pavimento de iglesias y catedrales con la llegada del revolucionario arte gótico (siglo XII), a cargo de sus impulsores, los polémicos y enigmáticos Templarios. Una orden militar breve en el tiempo, pero con gran influencia en su momento y tras la impuesta e interesada disolución por parte del poder político y papal de la época.
 
Pues bien, para aquellos cristianos que no podían emprender tan arriesgadas peregrinaciones, al menos podían suplir tal propósito mediante el recorrido penitencial en algunos laberintos trazados en el enlosado de algunos de los novedosos templos que se fueron edificando, sobre todo a partir del siglo XIII. Y este es el caso de la catedral de Chartres, erigida a no más de cuarenta kilómetros de París, cuyo comienzo fue algo posterior a Notre Dame y cuya finalización fue sorprendentemente antes que ésta última. Además, en un enclave sin apariencia nada relevante, salvo que allí mismo los antiguos druidas celtas celebraban sus rituales en la naturaleza, en este vórtice de energía telúrica.
 
Este laberinto medieval no es de grandes dimensiones (el diámetro no excede los doce metros), que coincide en superficie con el grandioso rosetón policromado de la entrada principal, pues está ubicado justo a la entrada, a continuación del baptisterio. En la actualidad se conserva bastante bien con respecto al original (1220). Recordemos también qué suponía para una persona corriente de esa época introducirse en aquel espacio sagrado.

Descifrando los enigmas del laberinto de Chartres

Photo by Susan Yin on Unsplash
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Al entrar en él, experimentaba algo parecido a un estado alterado de conciencia, consecuencia de, al menos, cinco fuerzas energéticas simultáneas: la telúrica del vórtice o ubicación; la cósmica por la elevación y alargamiento de paredes, bóvedas, capiteles, torres (al modo de antenas parabólicas para conectar con el cielo); la lumínica, por la abundancia inusitada de luz, luz altamente cromatizada de las vidrieras (una innovación técnica), y las sucesivas escenas bíblicas representadas, que, junto a las esculturas y pinturas, ejercían de catequesis visual para un público analfabeto casi en su totalidad); la auditiva, por los cánticos, salmodias, letanías… y, por último, la energía olorosa de los inciensos.
 
En definitiva, el devoto o el peregrino se introducía en ese bosque de columnas que se perdían en las alturas y en el que se sentía transformado a modo de “maquinaria energetizadora”. Y, a continuación, iniciaba su particular recorrido (descalzo o de rodillas) siguiendo la dirección del laberinto. Éste no tenía pérdida, pues era y es el mismo camino de ida que de vuelta. Además, era una enseñanza de paciencia, humildad, fe y verdad, que concluía la ida en la flor central con sus seis pétalos, a los que cada uno de ellos se les atribuye un mensaje. En el recorrido, hay momentos en que estás muy cerca del centro y resulta ser todo lo contrario; y al revés, en otros momentos parece que te alejas y en realidad estás más cerca del centro. Vamos, análogo a circunstancias vitales de cada uno de los peregrinos y de los lectores de este artículo (seguro): otra enseñanza.
 
Por último, fijándonos en el trazado del laberinto de Chartres, podemos observar que sólo se dan líneas rectas y curvas, símbolo de la energía masculina (el uno, el falo) las primeras, y de la energía femenina (el dos, la curvatura del canal vaginal y uterino). Y ambas, ensambladas en armonía, hacen que se genere el misterio de la VIDA (el número tres). Asimismo, observamos once anillos (número maestro, masculino y femenino a la vez por contener al uno, y a la suma de ambos, el dos) que, al incluir la flor central, resultan doce las circunferencias, como los signos del zodiaco: la vida. Y, con cuatro cuadrantes, reflejo de las cuatro estaciones, de cíclica armonía (todo está bien) y, en cada cuadrante, veintiocho lunaciones. Total, sol y luna, noche y día, tierra y cielo, masculino y femenino… Además, si elevamos los cuatro cuadrantes del laberinto, obtendremos una pirámide cuadrangular, símbolo poderoso de las primitivas civilizaciones (sumerios, egipcios, aztecas…).
 
Así pues, estas son algunas de las enseñanzas de este antiquísimo símbolo medieval, con plena vigencia para las tecnificados hombres y mujeres de este siglo. Vayamos dentro, al laberinto, al inconsciente (como el mundo onírico), para entender mejor lo que pasa y nos pasa fuera (el mundo de la vigilia), con el fin de ir ganando en amor, sabiduría y consciencia.
 

El despertar está no en cosas nuevas,
sino en otra mirada de las mismas cosas
Dr. Jesús Moreno Ramos




              



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