El artículo se abre con una frase de Martin Luther King Jr.: «Nuestras vidas empiezan a acabarse el día en que guardamos silencio sobre las cosas que realmente importan».
Mayor Zaragoza nos recuerda la importancia de ser coherentes entre la consciencia que tenemos de aquello con lo que no estamos de acuerdo y el ejercicio visible de nuestro derecho y «obligación» de ponerlo de manifiesto por todos los medios a nuestro alcance, de elevar a la cúspide del «poder» el sonido de nuestra opinión, de nuestro acuerdo o desacuerdo en cualquier ámbito de la vida pública.
El artículo en cuestión resalta la trascendencia de no ser abdícrata, de no transmutar nuestro papel de actores al de espectadores:
«Oímos con frecuencia decir que se está en profundo desacuerdo con aspectos a veces esenciales de la vida política, cultural, económica, social... sin que, frente a acontecimientos, hechos y situaciones que llegan a afectar a las convicciones más sólidas de los ciudadanos, se produzca reacción, individual o asociada, que sería de esperar en un contexto democrático. Progresivamente, transferimos el papel de actores al de espectadores que piensan que no hay nada que hacer, que todo transcurre lejos del alcance del pueblo, inerme ante lo que sucede, aunque le indigne, preocupe o enerve. Del ‘sinremedismo’ se pasa pronto a la indiferencia, al alejamiento de la participación e interacción que podrían contribuir a resolver muchas cuestiones y enderezar muchas tendencias».
«Lo que ocurre es que los árboles no dejan ver el bosque. Inmersos en un vendaval de informaciones irrelevantes, distraídos y confundidos, desmotivados, desmovilizados, los ciudadanos van abandonando la defensa de sus puntos de vista y hasta de sus principios, cuando la percepción global, que se tiene por vez primera, los medios de comunicación omnipresentes y la capacidad prospectiva disponible permitirían, bien utilizados, contrarrestar las influencias negativas, esclarecer muchas cuestiones y actuar como ciudadanos, de tal manera que no sólo se sintieran bien con su conciencia, sino que comprobaran que han logrado un número considerable de sus anhelos que ahora consideran inalcanzables».
«La sociedad civil debe descubrir su poder -dice Mayor Zaragoza-. En lugar de conformarse con programas de telebasura, o información sesgada... de inhibirse, el ciudadano debe descubrir la fuerza que pueden revestir iniciativas que hagan saber a quienes sean responsables que no se conectará ese canal y no se adquirirán los productos de las empresas que se anuncian en él...».
«Cuando se confunden los efectos con las causas, cuando se resucitan los fantasmas del pasado, cuando se divide en lugar de aglutinar... los ciudadanos no pueden ser sólo testigos resignados. Bien al contrario, deben ser conscientes de su poder y estar permanentemente alerta...».
«...Siempre se ha vivido en un contexto de violencia e imposición, en el que los péndulos van de un extremo a otro en un círculo vicioso regulado por la fuerza que dimana del poder. El pueblo no ha contado porque no podía acceder a los aledaños de los mandatarios. Ahora que ya dispone de los medios para hacerlo no debe permitir que se le distraiga, se le ofusque, se le aturda, se le disuada. Han sido necesarias grandes convulsiones a escala global para que el ciudadano se apercibiera de la inaplazable necesidad de actuar planetariamente y, por primera vez, ha irrumpido en el escenario mundial. El día 15 de febrero del año 2003 puede representar una auténtica inflexión a este respecto. A partir de ahora, no tiene que esperar a reaccionar, conmovido, ante provocaciones de tanta envergadura. El ciudadano del mundo, tiene que actuar a escala local y mundial, según su criterio, convencido de que ahora puede ser oído y, probablemente, escuchado.
Todos los pueblos, conscientes de su destino común, se están coordinando y organizando. En todas partes, un número creciente de hombres y mujeres se movilizan para defender los derechos humanos, para atender a los más menesterosos, para fomentar la diversidad cultural, para procurar justicia y desarrollo sostenibles. El poder ciudadano radica en la participación, en el compromiso. Otro mundo es posible si los gobiernos saben que, a partir de ahora, sus funciones no deben desempeñarse para los ciudadanos, sino con los ciudadanos.
Es un principio insoslayable de la democracia genuina».
De la misma manera que ese poder ciudadano respecto a los poderes establecidos, también sería importante que lo aplicáramos a nosotros, como individuos y no nos dejásemos distraer, ni disuadir por la comodidad, por la rutina, por «bueno, mañana...» y estuviésemos muy atentos a lo que comemos, a lo que bebemos, a lo que respiramos, pensamos, sentimos, y sobre todo a cómo hacemos todo esto.
La coherencia también deberíamos aplicarla a nuestra parcela más íntima, si no, si sólo somos capaces de actuar en los círculos más lejanos a nosotros mismos, estaríamos dejando de dar profundidad a nuestras acciones, no seríamos auténticos, seríamos ola, no mar. Esto no quiere decir que no actuemos local y mundialmente hasta que no armonicemos la parcela personal, no, todo puede suceder simultáneamente, ni tan siquiera en paralelo, porque cuando actuamos en consciencia en cualquiera de los círculos concéntricos que nos rodean se activa el centro común que da sentido a todos
ellos y la consciencia individual y global crece y por ende la masa crítica aumenta.
Y en conexión con la consciencia global y la masa crítica me ha parecido muy relevante el reportaje que llevó a cabo el diario EL PAIS con motivo de la entrega de premios Príncipe de Asturias con un titular esperanzador: «Lula y los arquitectos de las utopías
exigen otro mundo» «Unos premios comprometidos con el futuro y contra la sumisión y la apatía». Personalmente, no sé hasta donde podrá llegar el presidente brasileño Lula Da Silva, pero ojalá que hubiese en el mundo más presidentes con las intenciones que manifiesta Lula. Este hombre habla de utopías, pero son utopías para los que no están dispuestos a compartir, a escuchar, a rebajar ni tan siquiera unas décimas su papel de bienestar, desde «ahí arriba» sí se ve utópico, pero desde abajo, desde la miseria y el hambre, se ve como una necesidad para sobrevivir, por eso, Lula, en su discurso dijo:
«El hombre no puede esperar».
«El absolutismo económico y el fanatismo ciego ignoran los valores morales de la civilización que nos une y nos propulsa hacia el futuro. El progreso no define el destino de la riqueza, tampoco dispensa un sentido ético. Al contrario, el abismo entre el adelanto técnico y el desarrollo moral es hoy uno de los pasivos dejados por el siglo XX. Existe hoy una peligrosa acumulación de tensión entre la opulencia que no reparte y la miseria que no retrocede. Esta es una de las expresiones más inquietantes del siglo
que empieza; estamos, por tanto, en la frontera de grandes opciones. Antes de ofrecer respuestas la obligación de un hombre público es escuchar las preguntas de su tiempo.
La mitad de la población mundial tiene menos de dos dólares por día para sobrevivir, mientras que el 14% de la parte más rica de la humanidad acapara el 75% de toda la riqueza material.
La única guerra de la que saldremos todos vencedores es la guerra contra la pobreza y la exclusión social. El arma fundamental para ello es conocer y aceptar la democracia económica, social, cultural y política. El comercio internacional tiene que librarse de las tácticas proteccionistas que sabemos todos privilegian a grupos ineficientes pero poderosos.
El único antídoto verdadero para la pobreza es una sociedad que no produzca más exclusión. La miseria y el hambre no son un fallo técnico. El hambre no puede esperar».
«... el hambre no lleva a la rebelión, sino a la sumisión.
Los hambrientos no tienen partido ni sindicato. Para luchar contra el hambre se precisa mucha perseverancia, y tres condiciones: solidaridad, ética y ciudadanía...».
Parece que cada día aumenta la presión proveniente de una mayor consciencia global y mantener esa presión es responsabilidad de todos y cada uno de nosotros.
Federico Mayor Zaragoza (DEP) fue catedrático de Bioquímica
de la UAM y presidente de la Fundación Cultura de Paz.
Mayor Zaragoza nos recuerda la importancia de ser coherentes entre la consciencia que tenemos de aquello con lo que no estamos de acuerdo y el ejercicio visible de nuestro derecho y «obligación» de ponerlo de manifiesto por todos los medios a nuestro alcance, de elevar a la cúspide del «poder» el sonido de nuestra opinión, de nuestro acuerdo o desacuerdo en cualquier ámbito de la vida pública.
El artículo en cuestión resalta la trascendencia de no ser abdícrata, de no transmutar nuestro papel de actores al de espectadores:
«Oímos con frecuencia decir que se está en profundo desacuerdo con aspectos a veces esenciales de la vida política, cultural, económica, social... sin que, frente a acontecimientos, hechos y situaciones que llegan a afectar a las convicciones más sólidas de los ciudadanos, se produzca reacción, individual o asociada, que sería de esperar en un contexto democrático. Progresivamente, transferimos el papel de actores al de espectadores que piensan que no hay nada que hacer, que todo transcurre lejos del alcance del pueblo, inerme ante lo que sucede, aunque le indigne, preocupe o enerve. Del ‘sinremedismo’ se pasa pronto a la indiferencia, al alejamiento de la participación e interacción que podrían contribuir a resolver muchas cuestiones y enderezar muchas tendencias».
«Lo que ocurre es que los árboles no dejan ver el bosque. Inmersos en un vendaval de informaciones irrelevantes, distraídos y confundidos, desmotivados, desmovilizados, los ciudadanos van abandonando la defensa de sus puntos de vista y hasta de sus principios, cuando la percepción global, que se tiene por vez primera, los medios de comunicación omnipresentes y la capacidad prospectiva disponible permitirían, bien utilizados, contrarrestar las influencias negativas, esclarecer muchas cuestiones y actuar como ciudadanos, de tal manera que no sólo se sintieran bien con su conciencia, sino que comprobaran que han logrado un número considerable de sus anhelos que ahora consideran inalcanzables».
«La sociedad civil debe descubrir su poder -dice Mayor Zaragoza-. En lugar de conformarse con programas de telebasura, o información sesgada... de inhibirse, el ciudadano debe descubrir la fuerza que pueden revestir iniciativas que hagan saber a quienes sean responsables que no se conectará ese canal y no se adquirirán los productos de las empresas que se anuncian en él...».
«Cuando se confunden los efectos con las causas, cuando se resucitan los fantasmas del pasado, cuando se divide en lugar de aglutinar... los ciudadanos no pueden ser sólo testigos resignados. Bien al contrario, deben ser conscientes de su poder y estar permanentemente alerta...».
«...Siempre se ha vivido en un contexto de violencia e imposición, en el que los péndulos van de un extremo a otro en un círculo vicioso regulado por la fuerza que dimana del poder. El pueblo no ha contado porque no podía acceder a los aledaños de los mandatarios. Ahora que ya dispone de los medios para hacerlo no debe permitir que se le distraiga, se le ofusque, se le aturda, se le disuada. Han sido necesarias grandes convulsiones a escala global para que el ciudadano se apercibiera de la inaplazable necesidad de actuar planetariamente y, por primera vez, ha irrumpido en el escenario mundial. El día 15 de febrero del año 2003 puede representar una auténtica inflexión a este respecto. A partir de ahora, no tiene que esperar a reaccionar, conmovido, ante provocaciones de tanta envergadura. El ciudadano del mundo, tiene que actuar a escala local y mundial, según su criterio, convencido de que ahora puede ser oído y, probablemente, escuchado.
Todos los pueblos, conscientes de su destino común, se están coordinando y organizando. En todas partes, un número creciente de hombres y mujeres se movilizan para defender los derechos humanos, para atender a los más menesterosos, para fomentar la diversidad cultural, para procurar justicia y desarrollo sostenibles. El poder ciudadano radica en la participación, en el compromiso. Otro mundo es posible si los gobiernos saben que, a partir de ahora, sus funciones no deben desempeñarse para los ciudadanos, sino con los ciudadanos.
Es un principio insoslayable de la democracia genuina».
De la misma manera que ese poder ciudadano respecto a los poderes establecidos, también sería importante que lo aplicáramos a nosotros, como individuos y no nos dejásemos distraer, ni disuadir por la comodidad, por la rutina, por «bueno, mañana...» y estuviésemos muy atentos a lo que comemos, a lo que bebemos, a lo que respiramos, pensamos, sentimos, y sobre todo a cómo hacemos todo esto.
La coherencia también deberíamos aplicarla a nuestra parcela más íntima, si no, si sólo somos capaces de actuar en los círculos más lejanos a nosotros mismos, estaríamos dejando de dar profundidad a nuestras acciones, no seríamos auténticos, seríamos ola, no mar. Esto no quiere decir que no actuemos local y mundialmente hasta que no armonicemos la parcela personal, no, todo puede suceder simultáneamente, ni tan siquiera en paralelo, porque cuando actuamos en consciencia en cualquiera de los círculos concéntricos que nos rodean se activa el centro común que da sentido a todos
ellos y la consciencia individual y global crece y por ende la masa crítica aumenta.
Y en conexión con la consciencia global y la masa crítica me ha parecido muy relevante el reportaje que llevó a cabo el diario EL PAIS con motivo de la entrega de premios Príncipe de Asturias con un titular esperanzador: «Lula y los arquitectos de las utopías
exigen otro mundo» «Unos premios comprometidos con el futuro y contra la sumisión y la apatía». Personalmente, no sé hasta donde podrá llegar el presidente brasileño Lula Da Silva, pero ojalá que hubiese en el mundo más presidentes con las intenciones que manifiesta Lula. Este hombre habla de utopías, pero son utopías para los que no están dispuestos a compartir, a escuchar, a rebajar ni tan siquiera unas décimas su papel de bienestar, desde «ahí arriba» sí se ve utópico, pero desde abajo, desde la miseria y el hambre, se ve como una necesidad para sobrevivir, por eso, Lula, en su discurso dijo:
«El hombre no puede esperar».
«El absolutismo económico y el fanatismo ciego ignoran los valores morales de la civilización que nos une y nos propulsa hacia el futuro. El progreso no define el destino de la riqueza, tampoco dispensa un sentido ético. Al contrario, el abismo entre el adelanto técnico y el desarrollo moral es hoy uno de los pasivos dejados por el siglo XX. Existe hoy una peligrosa acumulación de tensión entre la opulencia que no reparte y la miseria que no retrocede. Esta es una de las expresiones más inquietantes del siglo
que empieza; estamos, por tanto, en la frontera de grandes opciones. Antes de ofrecer respuestas la obligación de un hombre público es escuchar las preguntas de su tiempo.
La mitad de la población mundial tiene menos de dos dólares por día para sobrevivir, mientras que el 14% de la parte más rica de la humanidad acapara el 75% de toda la riqueza material.
La única guerra de la que saldremos todos vencedores es la guerra contra la pobreza y la exclusión social. El arma fundamental para ello es conocer y aceptar la democracia económica, social, cultural y política. El comercio internacional tiene que librarse de las tácticas proteccionistas que sabemos todos privilegian a grupos ineficientes pero poderosos.
El único antídoto verdadero para la pobreza es una sociedad que no produzca más exclusión. La miseria y el hambre no son un fallo técnico. El hambre no puede esperar».
«... el hambre no lleva a la rebelión, sino a la sumisión.
Los hambrientos no tienen partido ni sindicato. Para luchar contra el hambre se precisa mucha perseverancia, y tres condiciones: solidaridad, ética y ciudadanía...».
Parece que cada día aumenta la presión proveniente de una mayor consciencia global y mantener esa presión es responsabilidad de todos y cada uno de nosotros.
Federico Mayor Zaragoza (DEP) fue catedrático de Bioquímica
de la UAM y presidente de la Fundación Cultura de Paz.





































