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La igualdad de oportunidades



Maria Pinar Merino Martin

21/03/2022

En esta revista intentamos asomarnos un poquito al futuro. Es como si estuviéramos en una orilla del río, en la otra margen está esa sociedad armónica que intuimos en nuestro corazón y recreamos con nuestra mente, pero para llegar allí es preciso construir puentes que nos permitan cruzar las aguas y esos puentes primero tienen que ser diseñados, después habrá que conseguir los materiales y finalmente encontrar las personas adecuadas para construirlos.



Photo by Clay Banks on Unsplash
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Probablemente, ahora estamos en esa fase de diseño en la que hay que recoger el mayor número de ideas posibles para estudiarlas, trabajarlas, desechar las que no son realizables, hasta que, poco a poco, definamos el modelo. Tal vez no tengamos muy claro qué es lo que queremos, pero sin duda sabemos lo que no queremos.
    
Hemos sido unas veces testigos y otras protagonistas de lo que hemos cosechado con los parámetros en los que nos hemos basado hasta ahora. En las últimas décadas hemos visto como la mayoría de esos modelos estaban agotados y surgía en muchos la inquietud de sustituirlos por otros nuevos paradigmas más acordes con el momento actual del ser humano.
    
Así, nos hemos dado cuenta de que hay que redibujar los contornos del ser humano del futuro, pero también hay que redibujar los contextos donde él se va a desarrollar. De esta manera, todas las áreas sociales: religión, ciencia, política, economía, educación, salud, ecología... soportan –en estos tiempos– la tensión de la crisis y buscan salida a sus conflictos con nuevos planteamientos.
    
Curiosamente, todas estas áreas están relacionadas, de tal manera que un avance en cualquiera de ellas supone, más tarde o más temprano, variaciones en las demás. Así pues, a pesar de la situación de inseguridad que se puede crear también podemos pensar en la maravillosa coyuntura que nos ha tocado vivir y el momento tan apasionante de cambio global al que estamos asistiendo.
    
Uno de los sectores más difíciles de tratar es, sin duda, el sistema económico por ser el que más resistencia ofrece. Si miramos los resultados obtenidos no podemos sentirnos muy orgullosos: desigualdad, injusticia, pobreza, enfermedad, miseria, hambre y muerte de millones de seres frente al bienestar de una minoría. 

Photo by Thomas de LUZE on Unsplash
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Aumento de la Desigualdad

La crisis sanitaria ha aumentado la desigualdad entre la riqueza de los multimillonarios de todo el mundo y el resto de la población. Así, según datos del informe publicado por el Laboratorio de las Desigualdades Mundiales, el 10% de la población acumula el 76% de la riqueza global, mientras que la mitad más pobre de la población sólo posee el 2%.
De este estudio también se desprende que el 0,01% de la población -porcentaje que engloba a las 520.000 personas más ricas- ha aumentado aún más su riqueza durante la pandemia. Actualmente, siempre según el informe, ya representa el 11% del total mundial.
A lo largo de la historia se han llevado a la práctica ideas muy diversas, modelos económicos que funcionaban durante un tiempo y que, al agotarse, eran después sustituidos por otros. Finalmente se ha impuesto el capitalismo como expresión máxima del mundo civilizado, pero... ya hemos visto a lo que nos ha conducido.
    
Es el momento de probar, también en este terreno, nuevos cauces que permitan ajustar necesidades y recursos. Es preciso buscar el bien común para satisfacer los impulsos de solidaridad, de hermandad, de justicia... que ya palpitan en muchos corazones.
    
Pero ¿cómo se hace eso?, ¿cómo empezar a cambiar toda esa intrincada maquinaria que funciona las 24 horas del día y que organiza y controla nuestra vida cada segundo?

Photo by Kyle Nieber on Unsplash
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La herencia

Hay una puerta que podría descubrirnos un nuevo horizonte: la herencia. Todo nuestro sistema está basado en las transmisiones patrimoniales. Eso es lo que marca a un individuo, lo que le otorga una posición en la sociedad incluso desde antes de nacer.
    
Todos nacemos ya con unas condiciones que van a filtrar toda nuestra vida. Es cierto que a veces algunos individuos pueden salirse del renglón en el que han nacido, pero la mayoría se ven obligados a recorrerlo una y otra vez, sin poder escaparse de su destino que ya viene marcado por el poder adquisitivo de su familia y la posición social que ocupen.
    
Eso va a condicionar su educación, su bagaje cultural, su desarrollo personal, sus creencias religiosas, el ambiente que le rodeará, las oportunidades o la falta de ellas, etc., etc., y también probablemente a sus hijos y a los hijos de sus hijos. No es un pensamiento agorero, es algo que demuestran las estadísticas de asistencia social. No se trata de hacer una lectura simple para echar la culpa de la injusticia social al sistema, está demostrado que los hijos tienden a reproducir el modelo que han aprendido del ambiente en el que se han desarrollado: su familia y su entorno.
    
¿Es justo que la posición social de unos padres proporcione a un recién nacido todas las posibilidades y oportunidades para desarrollarse como ser integral y a otro ninguna? Evidentemente, no.
    
Soñemos un momento al plantearnos cómo podría cambiar nuestra sociedad si fuéramos capaces de romper ese terrible esquema.

Photo by Marek Piwnicki on Unsplash
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¡Bienvenido/a a la vida!

Imaginemos que cada persona que viene a este mundo dispone de todo lo que necesita para su desarrollo, que tiene a su alcance los medios idóneos: educación, atención sanitaria, vivienda, alimentación y vestido... en definitiva, que todas sus necesidades básicas están cubiertas. Imaginemos que cuenta, además, con herramientas que favorecen sus inclinaciones y potencialidades, que se le ofrecen canales diversos para responder a todas sus inquietudes y que, hasta que llega a adulto tiene todo eso garantizado. Después, se reincorporaría al mundo laboral y continuaría disfrutando de todos esos bienes mientras aporta su estudio o su trabajo a la sociedad.
    
No tendría sentido atesorar bienes materiales, propiedades, títulos, etc. porque todo eso sólo puede disfrutarlo mientras está aquí y no habría establecidos mecanismos para legarlos a sus descendientes cuando él desapareciera.
    
Todos los recursos estarían centralizados y el Consejo de Sabios, o Rectores, o cualquier figura que nos imaginemos sería quien dispondría de los medios para llevar a cabo esa tarea de reparto equitativo. Y no se trata de renunciar a la propiedad privada, las cosas serían de la persona, pero sólo para disfrutarlas mientras vive. Es como aquella idea que tan bien expresan los aborígenes australianos: ellos viven en la tierra, pero la tierra no les pertenece, disfrutan de ella, la usan, pero la tierra seguirá quedándose aquí cuando ellos se marchen y entonces vendrán otros a disfrutarla. Ese pueblo tiene un sentido ecológico natural basado en el respeto a la madre naturaleza y a los recursos que ésta les proporciona.
    
Aquí no se trataría de que para conseguir un reparto justo todo el mundo se fuera a vivir en cabañas de x metros cuadrados, sino de que todo el mundo tenga derecho a una vida digna, a un futuro libre donde sólo se contemple su desarrollo y no haya condicionantes como el sexo, el color de la piel, las creencias religiosas o el poder económico.

Photo by Priscilla Du Preez on Unsplash
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La Igualdad… ¿una utopía?

Se trataría de que todos contaran con las mismas oportunidades, de que si es posible el progreso y la tecnología –que suponen una gran ayuda para alcanzar un mayor nivel de vida– estén al alcance de todos, y que, desde niños, tengan a su disposición los elementos necesarios para crecer y ahí están incluidos desde una pelota a un ordenador.
    
Hay recursos en este planeta suficientes para eso, sólo hay que repartirlos adecuadamente y evitar que unos pocos atesoren bienes que jamás podrán llegar a disfrutar mientras que otros están marcados desde su nacimiento y condenados a una vida de privaciones.
    
La vida, el don más preciado que tenemos los seres humanos, es nuestro derecho, pero hay que definir qué tipo de vida queremos llevar. ¿Qué es mejor, que todos vivan bien? o ¿que unos pocos vivan muy bien y muchos vivan muy mal?
    
No se trata de sacar a la palestra los viejos postulados comunistas o marxistas. Las ideas tienen que ser nuevas, de ahora, porque nuestro tiempo es ahora, no el siglo pasado, y hay que buscar soluciones de nuestros días. No obstante, cualquiera de los caminos que elijamos debe estar avalado por el cambio personal, porque siempre serán personas las que pongan en marcha las ideas y los proyectos y si no existe una filosofía de vida común el sistema fracasará de nuevo porque ya no estamos en los tiempos del control o la imposición por la fuerza. Hemos visto a lo largo de la historia que las únicas leyes que se respetan son las que están asentadas en el corazón humano, las otras, las del papel, sólo sirven para reprimir y controlar. Es preciso crear esa filosofía de vida común, consensuada, que marque los límites de la convivencia, de la justicia social y de los derechos del ser humano.
    
Recordemos que lo importante no son los métodos sino las personas que los llevarán a cabo. Hay que acabar con términos como el primer mundo, el segundo o el tercero, hay que terminar con eso del mundo civilizado y el mundo subdesarrollado o en vías de desarrollo, hay que erradicar palabras como sociedad de consumo... Ni Oriente ni Occidente, ni Norte ni Sur, una sola humanidad en un solo planeta. Eso sí, manteniendo la riqueza de la diversidad, abriendo los brazos al conocimiento de los pueblos indígenas, a las comunidades que en todo el planeta atesoran el saber ancestral… y también a los avances de la tecnología y la ciencia.
    
Tal vez dentro de algunos años lo consigamos, hoy quizá sea una utopía, pero ¿quién renuncia a ir dando pasos para acercarnos un poco más a ella?.




              



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