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¿Realmente conocemos a quienes "se están haciendo"?



Jesús Moreno Ramos

16/06/2024

Este artículo plantea la conveniencia de ser docentes vocacionales y no sólo enseñantes de una asignatura. Asimismo, se reflexiona sobre lo equivocados que podemos estar los profesores emitiendo juicios demasiado categóricos sobre sujetos que ni son niños ni son adultos, son adolescente (“se están haciendo”).



Foto de Jesús Rodríguez en Unsplash
Foto de Jesús Rodríguez en Unsplash
Soy un afortunado. Estoy todavía en el trabajo que me ha hecho feliz en estos más de treinta y cinco años y que en los próximos meses concluiré laboralmente: la docencia en secundaria y bachillerato. Si bien mi comienzo profesional fue frustrante (no asumí que era un profe novato y todo lo que esto implicaba), luego fui evolucionando y enriqueciéndome como persona y como docente (alcancé el doctorado en pedagogía), y la asignatura de lengua y literatura española me ofreció muchos recursos y situaciones en los que pude proyectar creatividad y motivación. Sin embargo, mi ciclo profesional toca a su fin por pragmatismo, no por deseo irrefrenable de retirarme.
 
Por otra parte, inspirado por las nutritivas reflexiones del reciente artículo “Soy docente”, de José Luis P. Torralba, me he animado a emularlo con estas palabras surgidas no de los libros sino de la práctica educativa. Y digo bien, pues me considero ante todo un educador o un maestro más que un profesor o un enseñante (vocablos estos últimos más fríos).
 
Con los años he reaprendido a interactuar en el aula teniendo en cuenta el mundo emocional en la doble dirección (docente – discentes / discentes – docente), y habitualmente he salido del aula con más satisfacciones y con el logro del trabajo bien hecho, porque les he hecho pensar, sentir y hacer a mis estudiantes. Y, resulta que en este trabajo y cada vez más, cualquier poco es mucho.
 
Así pues, con el paso de los años siempre me he quedado internamente “enganchado” cuando en labios de un compañero, en comentarios particulares y sobre todo en reuniones de evaluación oía comentarios demasiado contundentes o definitorios sobre determinados estudiantes que no seguían el patrón aceptable de rendimiento escolar, o directamente se posicionan en roles disruptivos. Y yo me preguntaba y me sigo preguntando ¿cómo era yo a esas edades de trece, catorce o quince años? ¿Y si nos pusiéramos en la piel del contexto familiar y social de ese estudiante? ¿Cómo es posible emitir juicios categóricos sobre personas que “se están haciendo” (adolescentes)?
 
Estoy convencido de que muchos de mis compañeros afirman que lo suyo es enseñar tal o cual asignatura y no educar, que para eso debería estar la familia. Pero además de ser una falacia esa afirmación (cómoda por otra parte y poco realista), resulta que no es verdad: la sociedad actual y sobre todo en estas últimas dos décadas ha evolucionado mucho (sin calificativos), y que el actual contexto socioeducativo es muy diferente al de finales del siglo pasado y comienzos de este.
 
En definitiva, que lo fácil es ser jueces y emitir una calificación antes que ser sanitarios. Los primeros sólo miran el resultado de las acciones buenas o menos buenas; los segundos diagnostican e intervienen para intentar remitir o mitigar la enfermedad. Es decir, no sólo necesitamos profesionales competentes en las distintas disciplinas académicas (eso se imparte en todas las universidades), sino sobre todo profesionales comprometidos con educar, inspirar, motivar, reconducir, ayudar… En definitiva, que contemplen la docencia como una vocación y no solo como una salida profesional con horarios y días de vacaciones muy ventajosos. En este sentido, también se nota que hay sanitarios más o menos vocacionales. No descubro nada nuevo.
 
Por último, pasados los años seguro que hemos tenido experiencias gratificantes de alumnos que como estudiantes nos causaron “quebraderos de cabeza” y que con los años son magníficos profesionales y, sobre todo, mejores personas. Pero claro, en la distancia corta (los doce a dieciocho años) fuimos y habitualmente somos incapaces de vislumbrarlo. ¡Qué gran lección nos están dando!
 
Jesús Moreno Ramos
Profesor del IES La Malladeta (Villajoyosa)




              



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