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Viaje a Perú - Peregrinaje al encuentro con los Apus (Julio 2017)



María del Carmen Nestares

Martes, 27 de Febrero 2018 Visitas 360 |

Viajar siempre es importante e interesante porque facilita procesos de transformación en los viajeros que se ven impulsados por una ilusión, un sueño largamente acariciado o, simplemente, por el deseo de descubrir un lugar desconocido que abra nuestras mentes y nuestros corazones a las nuevas propuestas que la tierra que se va a visitar ofrece



Viajar siempre es importante e interesante porque facilita procesos de transformación en los viajeros que se ven impulsados por una ilusión, un sueño largamente acariciado o, simplemente, por el deseo de descubrir un lugar desconocido que abra nuestras mentes y nuestros corazones a las nuevas propuestas que la tierra que se va a visitar ofrece: historia, costumbres, nuevas energías, espiritualidad, territorios nuevos que recorreremos mientras internamente también se van descubriendo otros caminos.
 
Perú, es un destino que ya fascina solo con nombrarlo. La maravillosa cordillera andina que desde la Tierra de Fuego va ascendiendo como una columna vertebral para culminar en la cabeza (Perú). Los “nevados” como son llamados familiarmente por sus gentes que los veneran porque ahí viven los Apus, los espíritus de las montañas. Las nieves perpetuas de “La Verónica” y el Apu Pinkulluna, el Saltankay… cimas verticales que se eleven hacia un cielo increíblemente azul.
 
El Valle Sagrado -donde haríamos nuestro campamento base- es un lugar mágico, recorrido por el río Urubamba que genera a su paso fertilidad y abundancia y a cuyas orillas se asientan pueblecitos con casas de adobe que parecen sacadas de un cuento.
 
A lo largo del viaje te encuentras con energías muy fuertes que no dejan indiferente a nadie. Ollantaytambo, Pisac, Tambomachay, Sacsayhuaman y el colofón: Machu Picchu. La ciudadela construida en un lugar remoto al que se llega únicamente a pie o en tren. Es centro sagrado que impacta profundamente y emociona solo al contemplarlo. Cuando entras en el recinto se produce un respetuoso silencio ante la visión de las ruinas de piedra amparadas por el cerro Putucusi y por el Wayna Picchu. No son las ruinas lo que impresiona sino el enclave mágico entre las montañas que forman un circo perfecto alrededor y a lo lejos los Andes nevados con muchas cumbres que superan los seis mil metros de altura.
 
Pasear por la ciudadela, subir y bajar los grandes escalones de piedra, ver sus templos: el del Sol, el de la Luna, el del cóndor. A cada paso se vive lo sagrado, sentarte en alguna de las terrazas donde antiguamente se cultivaba el maíz, dejar que la vista recorra las laderas cubiertas de vegetación, el cauce del río abajo -como una serpiente de luz- enroscándose entre las montañas. Las piedras transmiten las emociones recogidas durante cientos de años por cuantos han transitado por aquella ciudadela. El aire está impregnado de silencio, de quietud, el cielo y la tierra se unen en este enclave mágico y que te hace conectar con lo divino.
 
Como es arriba, así es abajo
 
Así dice una de las 7 Leyes universales. Este principio explica que siempre hay una correspondencia entre las Leyes Divinas y los estados del SER en el mundo material.
 
Es una ley muy importante, porque nos ayuda a comprender la organización del Universo en los planos espiritual, mental y material. Hay dimensiones que no conocemos, pero cuando aplicamos esta Ley, empezamos a comprender su mecánica, podemos descubrir su influencia y abrirnos a la magia que nos aportará.
 
El día de la salida, el 3 de Julio, astrológicamente el cielo proponía un gran designio que hablaba de una semilla divina que los viajeros podrían recibir para comunicar y transmitir el amor cósmico en su entorno.
 
Era una propuesta que requería una personalidad espiritual, valores de la nueva era, el Espíritu Crístico y la posibilidad de proyectar en las personas la gracia divina.
 
Y, además del ámbito personal, la carta reflejaba también una nueva conciencia de grupo.
 
Fue tal, la impresión que me causó esta carta astrológica, que superaba mis conocimientos. ¡Cómo podía darse algo tan grande, tan perfecto! El cielo estaba manifestando un viaje increíble. Yo estaba muy afectada por ello y esperaba expectante que llegara el día de conocer cuáles serían los compañeros de viaje.
 
Finalmente, el grupo se formó con 13 personas. El número 13, ya habla de una nueva semilla que tiene que nacer, dejando atrás todo el pasado ya muerto. Empezábamos bien. Luego me llamó la atención que acudíamos 2 de cada lugar: 2 de Pontevedra, 2 de Cáceres, 2 de Cuenca, 2 de Logroño, 2 de Madrid.
 
La creación siempre es dual: día-noche, hombre–mujer, los opuestos o complementarios, y nos planteaba el reto de nuestro momento evolutivo: la integración para alcanzar la unidad, la Luz., el regreso a la Fuente Divina.
 
También estudié los signos zodiacales de los componentes del grupo, éramos: 2 Aries, 3 Tauro, 1 géminis, 2 cáncer, 3 capricornio, 1 acuario, y 1 piscis.
 
Es decir, ocupábamos solo la mitad izquierda del círculo astrológico, el primer cuarto y el último cuarto. El principio y el fin, el alfa y el omega. El YO SOY, como decía antes, es decir la conexión con la Luz Cósmica.
 
Estaban excluidos, el ego, la discriminación, la duda, la sombra, las filosofías y religiones. Solo la pureza del primer impulso, la siembra de la semilla, y la recogida del último, la cosecha.
 

En la última parte del viaje llegamos a la selva amazónica, a la reserva del Manu, donde la naturaleza explota en una belleza indescriptible. Todo el camino era ascendente, la naturaleza a nuestro alrededor nos hacía caminar entre túneles de vegetación. Era un ascenso difícil que preludiaba un mágico encuentro.
 
Y por fin llegamos en una ladera se alzaba majestuoso el Árbol de la Vida, una enorme ceiba de más de dos metros de diámetro y unos 60-70 metros de altura. Para llegar hasta ella tuvimos que cruzar puentes colgantes, atravesar ríos en balsas de troncos y vivir toda una aventura fantástica, divertida, inenarrable, mágica.
 
A los árboles ancianos, como ese, se les considera verdaderos sabios, guardianes del conocimiento. Todos queríamos abrazarlo, sentarnos junto a su tronco, perdernos entre sus raíces. La copa estaba al final, muy arriba, el tronco se levantaba vertical, limpio de forraje. Llamaban la atención tres gruesas raíces a cada lado, que salían de la tierra y tenían más de un metro de altura. Parecían los brazos de una madre que se abrían para acogerte, abrazarte, darte la bienvenida.
 
Siguiendo un impulso interno inmediatamente fui a la parte de atrás y justo lo que esperaba. Una raíz enorme, de más de un metro de altura, arranca de la tierra, es sinuosa como una serpiente que surgiendo de la tierra conecta con el árbol desde abajo. A partir de ahí, el tronco se eleva recto sin una hoja, sin adherencias, en una vertical perfecta que culmina en lo alto con una copa de ocho ramitas finas con hojas. Es el símbolo de la Resurrección.
 
La raíz, como la kundalini, es la ascensión de la energía vital que despierta y te lleva a la iluminación.
 
Se había cumplido el milagro: Como es arriba, así es abajo.
 
El árbol de la vida, cuyas raíces están en el cielo, es la conciencia de Dios, que emana y va descendiendo y densificándose hasta llegar a la tierra, permitiendo al ser humano ir elevándose y conociendo los secretos del espíritu hasta su unión con EL.
 
Este es el gran regalo que tuvimos a nuestra disposición. Hemos tenido el privilegio de ser abrazados y acogidos por el Árbol de la Vida.
 
En aquel hermosísimo lugar María dirigió una meditación sublime, con su amor y su exquisita delicadeza, contactó con los elementos y con el origen. Nunca lo olvidaré.
 
El viaje cumplió y satisfizo las expectativas que planteaba el estudio astrológico y también las que traían los viajeros. El grupo tuvo que salvar un incidente discordante el primer día sobre los contenidos del programa, pero una vez que se aclararon las dudas, se generó una nueva conciencia de grupo, tal y como estaba indicado por las estrellas. A partir de ahí se produjo una unión entre todos que se exteriorizaba con alegría, con armonía, con fluidez en la comunicación… y sobre todo con hermosas canciones que amenizaron los largos trayectos en el microbús. Se palpaba la sintonía de un grupo unido y fortalecido que era capaz de trenzar los objetivos personales en uno compartido mucho mayor en el que todos nos sentíamos representados. Ese día María amaneció radiante, feliz y así permanecimos durante los 14 días que transcurrieron.
 
Eran necesarias la armonía, la unión y la fluidez para conseguir el propósito. Y al conseguirlo cada uno recibió su semilla de luz.
 
Ahora depende de cada cual, de su compromiso, de sus decisiones, que esa semilla se desarrolle y se expanda por el planeta. El encuentro con Alberto, el chamán de la selva fue el colofón, sus palabras cargadas de amor por la naturaleza, por los seres vivos, por el planeta, nuestra casa habitada por una única familia: la humanidad, prendieron en nosotros. Las ofrendas del quintu de hojitas de coca a la Pachamama simbolizaban nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestros proyectos de futuro.
 
Gracias a todos los compañeros por ser el equipo perfecto y hacerlo posible. Gracias a María, por ser la mediadora de lo divino. Gracias al Creador, por permitirme intuir su propósito y disfrutar de la magia que se vive con estas sincronías.
 
Y a la Vida gracias, gracias, gracias.



María del Carmen Nestares
María del Carmen Nestares




              

Tags : Viajes

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