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Corazones al rescate



Camino Abierto, Estrella de Mar, Nube Acogedora y Testigo de la Vida

31/07/2019



Photo by Stéphane Juban on Unsplash
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La estancia estaba débilmente iluminada por las llamas que desde la chimenea se esforzaban en ahuyentar las sombras. En el exterior había caído la noche. La lluvia azotaba los cristales con furia racheada, en un intento por desempañarlos. Pero los cuatro miembros de la brigada de rescate conversaban apaciblemente, ajenos a las inclemencias externas. Les gustaba reunirse unos instantes antes de que empezara su turno.
 
  —Es la hora —dijo Camino Abierto mientras se ajustaba las calzas y rellenaba de flechas su carcaj.
 
  —¿Ya? —se extrañó Estrella de Mar—. Claro, es que nos ponemos a rajar...
 
  Y se nos pasa el tiempo —concluyó Nube Acogedora al tiempo que colocaba otro leño en la chimenea—. Parece que ya no llueve. ¿Nos vamos?
 
  Venga, amigos, que los extraviados nos esperan —dijo Testigo de la Vida mientras se levantaba de la silla.
 
No tardaron en salir del cobertizo. Una luna casi llena iluminaba aquel claro del Bosque Mágico. Avanzaron en silencio mientras escuchaban el ulular de los búhos. Estrella de Mar empezó a rememorar el motivo por el que las brigadas de rescate se encontraban en ese pequeño planeta.
 
Hacía varios años que los Grandes Intérpretes del Plan habían participado en la VII Cumbre Interestelar sobre el Planeta Tierra, durante la cual habían decidido crear una misión específica de apoyo destinada a reforzar la evolución espiritual de los terrícolas, algunos de los cuales tenían comportamientos que los hacían profundamente infelices, porque los mantenían enredados en el mundo de la mente.
 
Esos cuatro brigadistas procedían de la misma región del cuadrante occidental de Andrómeda y desde el principio habían congeniado a la perfección. Luego Nube Acogedora recordó que también por disposición de los Grandes Intérpretes se les había permitido usar como alias el nombre de las primeras personas a las que habían ayudado en su misión inicial en la Tierra, mucho tiempo atrás.
 
  —¿Qué es eso? —dijo Nube Acogedora, dando un respingo, al oír un gruñido estridente.
 
  —Parece un jabalí arruando —observó Testigo de la Vida—. Lo estarán persiguiendo. Estemos atentos.
 
  —No nos separemos —pidió Nube Acogedora.
 
Camino Abierto tomó con presteza una flecha, la colocó sobre el arco y tensó su cuerda en dirección hacia los matorrales de sabina de donde procedía el ruido. Entonces el gruñido se hizo entrecortado e insoportable, hasta que súbitamente cesó. Se oyó a continuación un ruido de arrastre sobre ramas quebradizas.
 
Entre la maraña vegetal surgió la espalda de un muchacho que no alcanzaba los veinte años, vestido con ropa vieja que parecía haber sido rasgada en el combate. Jadeaba intensamente por el esfuerzo realizado para sacar de la espesura la pieza. Iba dejando un rastro profuso de sangre animal.
 
  —¿Estás bien? —preguntó Testigo de la Vida.
 
El zagal se volvió bruscamente, asustado, y apretó el mango del puñal que sostenía en la mano derecha, mientras juntaba los párpados y se preparaba para un nuevo enfrentamiento, esta vez humano.
 
  —No temas, no vamos a hacerte nada —dijo Nube Acogedora.
 
  —¡Ea, chiquillo, haznos caso! —pidió Estrella de Mar con tono persuasivo.
 
  —¡No! ¿Y ese arco? —preguntó el muchacho apuntando al arquero.
 
  —¡Ah, el arco! —rio Camino Abierto mientras lo destensaba por completo y dejaba de apuntar—. No es un arma para hacer daño, sino magia.
 
  —¿Cómo que magia? —replicó el chico.
 
  —¿Cómo te llamas? —quiso saber Camino Abierto.
 
  Godofredo —dijo titubeando.
 
  —Muy bien, Godofredo. Yo me llamo Camino Abierto. Y ellos son Estrella de Mar, Nube Acogedora y Testigo de la Vida —los señaló mientras los nombraba—. Y hemos venido a ayudarte. A ti y al jabalí.
 
  —¿Al jabalí? —mostró su extrañeza Godofredo.
 
  —¿Por qué lo has matado? —preguntó Nube Acogedora.
 
  —Llevamos tres días vagando por el Páramo Sombrío sin provisiones, y el hambre acucia...
 
  —¿”Llevamos” has dicho? —inquirió Testigo de la Vida—. ¿Quiénes?
 
Tras unos segundos dubitativos, Godofredo se atrevió a contar su historia. En las Tierras de Oxidania habían sufrido una descomunal avenida del río Matamol. Los campos habían quedado anegados, las cosechas arruinadas, todas las cabezas de ganado desaparecidas o ahogadas... Desde entonces vagaba con su familia por el Páramo Sombrío, intentando subsistir. El miedo era su compañero.
 
Camino Abierto le propuso un trato: si Godofredo le entregaba el jabalí, a cambio la brigada de rescate les concedería a él y a toda su familia refugio, comida y agua durante otros tres días. El joven dudó, pero finalmente aceptó el trato. Algo le decía que aquella era gente de fiar.
 
  —Muy bien. ¿Dónde dejo el jabalí?
 
  —Ahí mismo —contestó Camino Abierto—. Simplemente tú apártate, que voy a disparar.
 
El arquero tomó una flecha, volvió a tensar el arco y dejó que la flecha volara rauda hasta impactar en el jabalí. Inmediatamente, el animal rezongó, se sacudió la muerte de encima, sanó de las heridas, se reincorporó y se dio a la fuga. Godofredo cayó al suelo de rodillas, estupefacto.
 
  —Pero, pero... ¿cómo es eso posible? Si estaba muerto...
 
  —Sí, sí, igual que tú antes estabas perdido, pero ahora ya no lo estás —apostilló Testigo de la Vida.
 
Tan pronto como Godofredo se recompuso del suceso, llamó con una seña convenida a los miembros de su familia. Cuando estuvieron todos reunidos, fueron conducidos a la cabaña de madera en cuyo dintel de entrada se podía leer una leyenda que solía provocar sonrisas y alguna que otra carcajada en los visitantes: «TE COBIJO CON REGOCIJO».
 
Mientras hervía en el caldero una reconfortante sopa de lentejas y nabos, los miembros de la brigada fueron interesándose por el estado de cada uno de aquellos seres extraviados. Parecía como si todos ellos estuvieran perdidos en medio de altamar, a la deriva de los problemas de su mente.
 
Estrella de Mar se acercaba a ellos y los tocaba en la cabeza y en los hombros, mientras los miraba compasivamente y los animaba a valorar todo lo que tenían.
 
Nube Acogedora calmaba el miedo y el llanto de los niños más pequeños estrechándolos en su seno y cantándoles canciones divertidas que los hacían sonreír, y luego les hacía recordar los sucesos más agradables de sus vidas para fortalecer su confianza.
 
Testigo de la Vida indagaba en los dolores físicos, en las insatisfacciones y las penurias de los huéspedes, para permitirles comprender cómo todos esos episodios de sus vidas tenían un sentido, una razón de ser que estaba en sus manos comprender y trascender.
 
Finalmente, Camino Abierto los asesoraba para que al salir de nuevo al exterior se sintieran personas íntegras, fuertes y seguras con una senda muy claramente trazada que los conduciría hacia un horizonte de prosperidad.
 
Tras la cena y la velada, los huéspedes se acomodaron en las literas adosadas a las paredes. Al despertar, tenían preparado en el fuego un perol repleto de migas de pastor. Junto a él vieron una jarra de zumo de endrino, varios colgantes con forma de corazón y una nota manuscrita, que decía así:
 
«Deseamos que hayáis recuperado fuerzas durante esta noche. Tenéis mucho camino por delante. Nosotros hemos tenido que salir pronto para proseguir nuestra tarea de ayudar a los caminantes que acaban sucumbiendo al mundo de la mente. Cuando os apetezca, podéis abandonar este cobijo. Queremos que cuando os marchéis conservéis su regocijo; por ello, aceptad los regalos que aquí os hemos dejado, para que a partir de ahora os sea más fácil tener a vuestro corazón como guía de cuanto hagáis, penséis, sintáis y digáis. ¡Buen camino! 




              



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