Personas que nos devuelven la luz
Creo que una de las cosas más bonitas que podemos encontrar en otra persona es precisamente eso: alguien que no necesite apagar nuestra luz para que la suya brille.
Alguien que se alegre sinceramente cuando nos ve felices, que no sienta celos de nuestros momentos de ilusión, de nuestros sueños, de aquello que nos hace vibrar. Alguien que, en lugar de competir con nosotros, quiera vernos crecer. Que nos empuje hacia delante cuando nosotros mismos hemos perdido las fuerzas para hacerlo.
Y quizá no nos damos cuenta de lo extraordinarias que son esas personas hasta que atravesamos una época en la que nos cuesta reconocernos.
Durante los últimos meses he pasado por una etapa complicada. El estrés, las circunstancias personales y la incertidumbre fueron haciendo mella poco a poco. De esas épocas en las que no necesariamente ocurre algo concreto cada día, pero en las que parece que llevas demasiado tiempo cargando con demasiado peso.
Y, casi sin darte cuenta, empiezas a sonreír menos. A ilusionarte menos. A dejar cosas de lado. A sentir que una parte de ti se ha quedado dormida. Y entonces aparece alguien que decide quedarse a tu lado.
No necesariamente para solucionar tus problemas, no para decirte que todo está bien cuando no lo está. Simplemente para estar. Para escucharte, acompañarte, hacerte reír cuando puede y recordarte, incluso sin decirlo, que sigues siendo tú.
Volver a ser una misma
La persona que vino conmigo fue quien consiguió las entradas y quien, durante todo este tiempo, no dejó de estar a mi lado y cuidarme. Y lo hizo incluso cuando probablemente yo misma no estaba en mi mejor momento. Ella me dio algo que quizá necesitaba mucho más de lo que sabía: libertad para ser yo misma.
Sin juicios. Sin tener que medir cuánto entusiasmo mostraba. Sin sentir que tenía que esconder aquello que me hacía feliz. Sin miedo a parecer demasiado intensa, demasiado emocionada o demasiado infantil. Simplemente pude ser yo.
Y cuando alguien nos permite ser nosotros mismos de esa manera, ocurre algo precioso: dejamos de estar pendientes de cómo nos ven y empezamos a disfrutar de quiénes somos. Hay personas que despiertan nuestra luz. Personas que consiguen que volvamos a sonreír con los ojos, que hacen que nuestra mirada recupere ese brillo que creíamos olvidado. Personas que nos dan cariño sin pedirnos que seamos diferentes para merecerlo.
Yo podría haberme quedado en casa. Podría haber pensado que no tenía ánimo, que no estaba para eso, que quizá no era el momento. Pero fui y allí ocurrió algo que no esperaba. Cuando apareció sobre el escenario el grupo que principalmente habíamos ido a ver, sentí algo que creía que había perdido hacía muchos años:
Ilusión
Una ilusión limpia, de esas que no necesitan ninguna explicación. De repente estaba sonriendo de verdad, riéndome de verdad. Emocionándome. Cantando. Saltando. Mirando a mi alrededor con esa sensación de “no puedo creer que esté aquí”.
Y, para qué negarlo, también volví a sentir algo que hacía muchísimo tiempo que no sentía: ese pequeño enamoramiento platónico por un artista que hace que quieras mirar cada vez que aparece en pantalla, que una sonrisa suya te haga sonreír a ti y que, durante unos días, tengas una canción en la cabeza y una ilusión absurda que no necesita tener ningún sentido.
Puede parecer una tontería y quizá lo sea, pero precisamente por eso me pareció tan bonito. Porque no era solamente que me gustara un cantante. Era darme cuenta de que todavía podía emocionarme así por algo, que todavía quedaba dentro de mí esa parte capaz de ilusionarse, de tener un crush, de reírse de sí misma y disfrutarlo sin más.
Durante unas horas dejé de pensar en todo aquello que llevaba meses pesándome y comprendí algo:
A veces no necesitamos que alguien nos saque de nuestros problemas. Necesitamos que alguien nos recuerde que también existe una parte de nosotros que sigue viva a pesar de ellos.
Brillar sin apagar a nadie
Y creo que ahí está una de las formas más sinceras de querer a alguien: desear de corazón que sea feliz, incluso cuando su felicidad no tiene nada que ver contigo.
Porque las personas que realmente nos quieren no necesitan ser las protagonistas de nuestra felicidad. Les basta con saber que somos felices.
Incluso después de haber tenido algún problema. Incluso después de una discusión. Incluso cuando las cosas entre dos personas no son perfectas.
Porque querer a alguien de verdad también significa ser capaz de mirar más allá de un momento concreto y recordar quién es esa persona en esencia. Ser capaz de pensar: “Hemos tenido nuestros momentos difíciles, pero sé que hay bondad en ti. Y deseo sinceramente que te vaya bien.”
No todas las relaciones son perfectas, no todas las personas que queremos permanecen para siempre. Y no todos los vínculos sobreviven a las circunstancias. Pero hay algo que debería hacernos reflexionar sobre las personas que escogemos para compartir nuestra vida: ¿Cómo nos sentimos cuando estamos a su lado?
¿Nos sentimos pequeños o capaces de crecer? ¿Tenemos que esconder partes de nosotros para no incomodarlas? ¿Sentimos que tenemos que competir? ¿O podemos respirar? ¿Podemos reírnos sin miedo? ¿Podemos hablar de nuestros sueños sin sentir que estamos presumiendo? ¿Podemos celebrar nuestros pequeños triunfos sabiendo que la otra persona se alegrará de verdad? ¿Podemos estar mal sin sentir que tenemos que fingir?
Hay personas que nos hacen sentir que tenemos que ganarnos constantemente su cariño y hay otras que simplemente nos hacen sentir queridos. La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia absolutamente todo.
Porque cuando tienes a alguien a tu lado que te sostiene sin intentar poseerte, que te anima sin compararse contigo, que celebra tu luz sin sentirse amenazado por ella, empiezas a crecer de otra manera.
Te atreves. Te permites volver a soñar. Te vuelves a mirar con un poco más de cariño.
Y, a veces, después de meses sintiéndote perdida, una persona puede convertirse en esa pequeña ventana por la que vuelve a entrar la luz.
Eso fue para mí este fin de semana. No fue solamente un concierto. Fue recordar quién era.
Fue descubrir que aquella ilusión que pensaba que había desaparecido quizá nunca se había ido del todo. Simplemente había quedado escondida debajo de demasiadas preocupaciones, y alguien abrió la puerta para que pudiera volver a salir.
La luz que se comparte
Por eso creo que debemos cuidar muchísimo a las personas que nos hacen brillar.
A las que nos recuerdan que podemos reír.
A las que nos dejan ser raros, intensos, sensibles, emocionados o simplemente nosotros mismos.
A las que nos levantan sin hacernos sentir débiles por haber caído.
A las que nos miran y parecen decirnos, incluso sin palabras: “Sigue. Yo creo en ti.”
Porque después de meses de bajón, estrés e incertidumbre, que alguien te regale un poco de luz no tiene precio. Y quizá lo más bonito de todo sea que esa luz no se queda únicamente en nosotros.
Cuando alguien nos ayuda a volver a brillar, también despierta nuestras ganas de crecer, de avanzar, de convertirnos en una versión más feliz de nosotros mismos. Y entonces queremos hacer lo mismo por esa persona.
Queremos verla sonreír.
Queremos verla cumplir sus sueños.
Queremos que encuentre aquello que la haga vibrar.
Queremos que brille con tanta fuerza como nos ayudó a brillar a nosotros.
Porque las personas que realmente se quieren no compiten por quién brilla más.
Se iluminan mutuamente.
Y quizá, al final, de eso se trate también la amistad: de encontrar a alguien con quien puedas ser completamente tú, alguien que vea tu luz incluso cuando tú ya no seas capaz de verla, y que tenga la generosidad de recordártelo hasta que vuelvas a reconocerla por ti mismo.
Hay personas que llegan a nuestra vida y hay personas que, sin darse cuenta, nos devuelven a nosotros mismos.
Esas son las que hay que cuidar.