Imagen creada con IA
La información se emite y se consume con una rapidez sin precedentes, y me pregunto si ese volumen de datos y la inmediatez con que se nos presentan nos ayudan a formarnos una opinión argumentada o dificultan el pensamiento sereno y la reflexión crítica.
Mi sensación es que en esta era de la “sobreinformación” damos más importancia a la forma que al fondo de lo que se desea transmitir. Por ejemplo, un vídeo de 15 segundos en TikTok puede tener más impacto que un artículo bien documentado. Una frase corta y provocadora puede circular por WhatsApp con más eficacia que una reflexión pausada. Y un influencer puede condicionar más opiniones que un investigador experto que publica un artículo en una revista especializada.
¿Qué está pasando? ¿Cómo mensajes sencillos y poco argumentados, pero presentados con música, bailes o imágenes bonitas, pueden llegar a tantas personas, de tal modo que influyan en posicionamientos concretos o en la toma de decisiones?
¿La forma eclipsa al fondo?
Es cierto es que el “envoltorio” en que se presentan estos mensajes resulta atractivo, o incluso divertido. Y esto en sí no tiene por qué ser algo negativo, siempre que este envoltorio sirviera para acercarnos al contenido, y hacerlo más comprensible.
Pero lo que me parece constatar es que estos contenidos estimulan alguna parte inconsciente de nosotros mismos y generan reacciones emocionales rápidas y poco racionales o reflexivas.
Desde la psicología se dice que el ser humano necesita simplificar la complejidad del mundo. Es una estrategia de supervivencia. Lo superficial nos atrae porque es fácil, porque no exige esfuerzo.
Pero en esa facilidad se esconde un riesgo: que sea más importante el cómo se transmite el mensaje que el mensaje en sí. Que el mensaje se vacíe de contenido y que no nos permita contrastar información, validar su fiabilidad y desarrollar nuestro propio criterio y nuestra capacidad de argumentar en un sentido o en otro.
Y una persona o una sociedad que no piensa es una persona o una sociedad más vulnerable a la manipulación.
Miremos hacia adentro de nosotros mismos y hagámonos una pregunta: ¿Queremos dejarnos seducir por lo superficial, o queremos ir más allá? ¿Queremos seguir consumiendo información constantemente, sin pararnos a pensar? ¿O queremos ser más selectivos, y tener el tiempo para profundizar en las ideas y los argumentos que se esconden detrás de los mensajes que recibimos?
No es necesario renunciar a la forma, pero sí resulta esencial desarrollar el contenido. El envoltorio puede impactar, pero el contenido es lo que nos convierte en seres humanos con capacidad de pensamiento crítico.
Mi sensación es que en esta era de la “sobreinformación” damos más importancia a la forma que al fondo de lo que se desea transmitir. Por ejemplo, un vídeo de 15 segundos en TikTok puede tener más impacto que un artículo bien documentado. Una frase corta y provocadora puede circular por WhatsApp con más eficacia que una reflexión pausada. Y un influencer puede condicionar más opiniones que un investigador experto que publica un artículo en una revista especializada.
¿Qué está pasando? ¿Cómo mensajes sencillos y poco argumentados, pero presentados con música, bailes o imágenes bonitas, pueden llegar a tantas personas, de tal modo que influyan en posicionamientos concretos o en la toma de decisiones?
¿La forma eclipsa al fondo?
Es cierto es que el “envoltorio” en que se presentan estos mensajes resulta atractivo, o incluso divertido. Y esto en sí no tiene por qué ser algo negativo, siempre que este envoltorio sirviera para acercarnos al contenido, y hacerlo más comprensible.
Pero lo que me parece constatar es que estos contenidos estimulan alguna parte inconsciente de nosotros mismos y generan reacciones emocionales rápidas y poco racionales o reflexivas.
Desde la psicología se dice que el ser humano necesita simplificar la complejidad del mundo. Es una estrategia de supervivencia. Lo superficial nos atrae porque es fácil, porque no exige esfuerzo.
Pero en esa facilidad se esconde un riesgo: que sea más importante el cómo se transmite el mensaje que el mensaje en sí. Que el mensaje se vacíe de contenido y que no nos permita contrastar información, validar su fiabilidad y desarrollar nuestro propio criterio y nuestra capacidad de argumentar en un sentido o en otro.
Y una persona o una sociedad que no piensa es una persona o una sociedad más vulnerable a la manipulación.
Miremos hacia adentro de nosotros mismos y hagámonos una pregunta: ¿Queremos dejarnos seducir por lo superficial, o queremos ir más allá? ¿Queremos seguir consumiendo información constantemente, sin pararnos a pensar? ¿O queremos ser más selectivos, y tener el tiempo para profundizar en las ideas y los argumentos que se esconden detrás de los mensajes que recibimos?
No es necesario renunciar a la forma, pero sí resulta esencial desarrollar el contenido. El envoltorio puede impactar, pero el contenido es lo que nos convierte en seres humanos con capacidad de pensamiento crítico.