Imagen creada con IA
El tiempo no pregunta, pasa.
Deja una sombra en los ojos,
una grieta en las manos,
un poco menos de fuerza
en las piernas
y un poco más de memoria
en el corazón.
Un día descubrimos
que las escaleras tienen más peldaños que antes,
que el camino pesa,
que los años han ido cambiando la forma de nuestro cuerpo.
Y entonces la vida
nos hace una pregunta
sin pronunciar palabra:
¿Vas a detenerte aquí?
No.
Todavía no.
Quizá ya no pueda correr
como corría entonces,
ni levantar el peso
que antes parecía ligero,
ni atravesar los días
con aquella impaciencia
de quien cree
que tiene todo el tiempo del mundo.
Pero puedo caminar.
Y mientras pueda caminar,
caminaré.
Aunque sea despacio.
Aunque tenga que detenerme.
Aunque alguna vez
necesite sentarme
para recuperar el aliento.
Porque no quiero
que sea mi cuerpo
quien decida
cuándo he terminado.
Quiero seguir mirando
cómo amanece.
Seguir aprendiendo
el nombre de las cosas
que todavía no conozco.
Seguir escuchando
una voz querida.
Seguir encontrando
una razón para levantarme
cuando la mañana
parezca no tener ninguna.
Quiero que los años
me quiten velocidad,
pero no deseo.
Que me quiten fuerza,
pero no coraje.
Que me quiten certezas,
pero no preguntas.
Que me quiten años,
pero no la capacidad
de asombrarme
ante un día más.
Porque sé
que llegará la última mañana.
No me engaño.
Sé que algún día
mis piernas no responderán,
mis manos descansarán,
mis ojos se cerrarán
y ya no habrá
ningún escalón después.
Pero ese día
no ha llegado.
Y mientras no llegue,
quiero vivir.
No como quien desafía a la muerte,
sino como quien la conoce
y, precisamente por conocerla,
ama más intensamente
lo que todavía tiene.
Por eso,
si mañana me encuentro
ante una escalera
demasiado larga,
no contaré los peldaños.
Miraré solamente
el siguiente.
Y si puedo subirlo,
lo subiré.
Y después,
otro.
Y otro.
Hasta donde alcance
la voluntad,
hasta donde acompañen
las piernas,
hasta donde la vida
quiera llevarme.
Y si un día
solo puedo subir uno,
subiré uno.
Porque quizá vivir
no sea llegar a ninguna parte.
Quizá vivir
sea simplemente
negarse a dejar de avanzar.
Aunque sea lentamente.
Aunque sea con miedo.
Aunque sea con arrugas
y con cansancio.
Aunque el tiempo
nos vaya diciendo
que queda menos.
Queda menos, sí.
Pero queda.
Y mientras quede,
mientras haya una mañana,
una palabra,
una mirada,
un árbol moviéndose con el viento,
una mano que podamos estrechar,
un libro que podamos abrir,
un sueño pequeño
que todavía podamos perseguir…
mientras quede algo,
habrá que vivirlo.
Y cuando llegue el último escalón,
si todavía me queda aliento,
quiero poder mirar atrás
sin preguntarme
cuánto tiempo tuve,
sino cuánto de ese tiempo
me atreví a vivir.
Y entonces,
tal vez,
el tiempo pueda llevarse
mi cuerpo,
mis pasos,
mis años,
mi nombre.
Pero no podrá decir
que me rendí
antes de tiempo.
Porque mientras pude,
seguí caminando.
Un escalón más.
Deja una sombra en los ojos,
una grieta en las manos,
un poco menos de fuerza
en las piernas
y un poco más de memoria
en el corazón.
Un día descubrimos
que las escaleras tienen más peldaños que antes,
que el camino pesa,
que los años han ido cambiando la forma de nuestro cuerpo.
Y entonces la vida
nos hace una pregunta
sin pronunciar palabra:
¿Vas a detenerte aquí?
No.
Todavía no.
Quizá ya no pueda correr
como corría entonces,
ni levantar el peso
que antes parecía ligero,
ni atravesar los días
con aquella impaciencia
de quien cree
que tiene todo el tiempo del mundo.
Pero puedo caminar.
Y mientras pueda caminar,
caminaré.
Aunque sea despacio.
Aunque tenga que detenerme.
Aunque alguna vez
necesite sentarme
para recuperar el aliento.
Porque no quiero
que sea mi cuerpo
quien decida
cuándo he terminado.
Quiero seguir mirando
cómo amanece.
Seguir aprendiendo
el nombre de las cosas
que todavía no conozco.
Seguir escuchando
una voz querida.
Seguir encontrando
una razón para levantarme
cuando la mañana
parezca no tener ninguna.
Quiero que los años
me quiten velocidad,
pero no deseo.
Que me quiten fuerza,
pero no coraje.
Que me quiten certezas,
pero no preguntas.
Que me quiten años,
pero no la capacidad
de asombrarme
ante un día más.
Porque sé
que llegará la última mañana.
No me engaño.
Sé que algún día
mis piernas no responderán,
mis manos descansarán,
mis ojos se cerrarán
y ya no habrá
ningún escalón después.
Pero ese día
no ha llegado.
Y mientras no llegue,
quiero vivir.
No como quien desafía a la muerte,
sino como quien la conoce
y, precisamente por conocerla,
ama más intensamente
lo que todavía tiene.
Por eso,
si mañana me encuentro
ante una escalera
demasiado larga,
no contaré los peldaños.
Miraré solamente
el siguiente.
Y si puedo subirlo,
lo subiré.
Y después,
otro.
Y otro.
Hasta donde alcance
la voluntad,
hasta donde acompañen
las piernas,
hasta donde la vida
quiera llevarme.
Y si un día
solo puedo subir uno,
subiré uno.
Porque quizá vivir
no sea llegar a ninguna parte.
Quizá vivir
sea simplemente
negarse a dejar de avanzar.
Aunque sea lentamente.
Aunque sea con miedo.
Aunque sea con arrugas
y con cansancio.
Aunque el tiempo
nos vaya diciendo
que queda menos.
Queda menos, sí.
Pero queda.
Y mientras quede,
mientras haya una mañana,
una palabra,
una mirada,
un árbol moviéndose con el viento,
una mano que podamos estrechar,
un libro que podamos abrir,
un sueño pequeño
que todavía podamos perseguir…
mientras quede algo,
habrá que vivirlo.
Y cuando llegue el último escalón,
si todavía me queda aliento,
quiero poder mirar atrás
sin preguntarme
cuánto tiempo tuve,
sino cuánto de ese tiempo
me atreví a vivir.
Y entonces,
tal vez,
el tiempo pueda llevarse
mi cuerpo,
mis pasos,
mis años,
mi nombre.
Pero no podrá decir
que me rendí
antes de tiempo.
Porque mientras pude,
seguí caminando.
Un escalón más.