Las hojas hablan cuando el árbol respira



Luis Arribas Mercado

25/05/2026

Las hojas hablan sin voz cuando el árbol respira, recordándonos que todo en la naturaleza sigue un ciclo silencioso de nacimiento, plenitud y despedida. En su caída no hay final, sino transformación; una forma distinta de permanecer. Este texto recorre ese viaje de las hojas caducas como espejo de nuestra propia existencia. Porque, como ellas, también somos estaciones que aprenden a soltar para volver a empezar.



Imagen creada con IA
Alguien pensó que debería haber árboles de hoja perenne y otros de hoja caduca y puso manos a la obra y diseñó cómo deberían ser ambas especies. Luego buscó un lugar donde pudieran prosperar y encontró a un planeta llamado La Tierra. Hoy quiero escribir de los árboles de hoja caduca, sobre todo del proceso que siguen esas hojas, algo muy simbólico en mi opinión. También “alguien” diseñó en su día como debía ser el ser humano que habitara este planeta y cómo sería su existencia, para lo cual puso a su disposición a la Naturaleza para que, a través de ella, pudiera comprender y descubrir su propia divinidad.
 
Las hojas nacen sin ruido, como si la primavera las hubiera estado gestando en un sueño que por fin se atreve a abrir los ojos. Son frágiles al principio, casi transparentes, brotan tímidas, pequeñas, casi incrédulas de su propia existencia. Se despliegan con la suavidad de quien despierta después de un largo letargo y, en ese gesto simple -abrirse al mundo-, ya contienen una lección que los humanos solemos olvidar: no hay prisa en ser, basta con crecer hacia la luz.
 
En su nacimiento hay algo que nos Llama la atención. Nosotros, que tantas veces dudamos antes de dar un paso, que tememos equivocarnos, que buscamos garantías antes de atrevernos a vivir, vemos en esas hojas una valentía elemental, la valentía de ser sin pedir permiso. Quizá por eso la primavera despierta en nosotros una emoción muy antigua: la sensación de que todo puede empezar de nuevo, incluso lo que creíamos perdido.
 
Durante los meses cálidos, las hojas viven su plenitud. Vibran con el viento, se dejan atravesar por la luz, dan sombra, dan refugio, dan vida y no se preguntan cuánto durará ese tiempo ni qué vendrá después. Solo están, solo respiran. Y en esa presencia absoluta, casi inocente, hay una forma de sabiduría que a veces envidiamos: no se preguntan si están cumpliendo su propósito, simplemente lo cumplen
 
Pero el tiempo avanza, y el otoño llega con su sabiduría melancólica. Las hojas comienzan a transformarse, como si el árbol quisiera escribir su despedida en tonos cálidos. No es un acto de decadencia, sino de revelación. En el instante en que saben que van a caer, se vuelven más hermosas, como si entendieran que la belleza no está en durar, sino en aceptar el cambio con dignidad, como si quisiera dejar un último mensaje: la belleza también está en soltar.
 
Cuando finalmente cae, no muere del todo, se convierte en alimento para la tierra, en memoria fértil, en promesa de un nuevo comienzo. Su desaparición es solo aparente; su esencia continúa, transformada, esperando otra primavera.
 
Y quizá por eso, cuando vemos caer las hojas, sentimos una mezcla de melancolía y consuelo. Melancolía por lo que se va, consuelo por lo que inevitablemente volverá. En ese vaivén emocional reconocemos algo profundamente humano: también nosotros somos estaciones, nacemos, crecemos, nos desplegamos, nos teñimos de otoño y, de algún modo, volvemos a empezar.
 
Visto desde esa perspectiva, la caída no es un fracaso, es un retorno. Su muerte es solo una forma distinta de seguir viviendo. Y en ese gesto humilde -caer para nutrir- hay una verdad que, a veces, nos cuesta mirar de frente: nada de lo que somos se pierde del todo.
 
La idea de la reencarnación, entendida más allá de lo literal, se vuelve entonces una metáfora íntima. No se trata solo de volver a nacer en otro cuerpo, sino de renacer manteniendo nuestra esencia una y otra vez. Cada etapa que dejamos atrás, cada versión de nosotros que muere, alimenta la siguiente. Somos hojas que caen y hojas que brotan, un ciclo perpetuo de despedidas y comienzos.
 
El árbol no llora por sus hojas, porque sabe que forman parte de su respiración. Y quizá nosotros, si escucháramos con más atención, descubriríamos que no somos una línea recta, sino un círculo que se expande; que cada pérdida contiene un germen de renovación; que la vida, en su fondo más profundo, no es permanencia, sino transformación.
 
Y tal vez ahí resida la verdadera serenidad, en comprender que no estamos aquí para aferrarnos sino para fluir. Como las hojas, como el árbol, como la propia existencia.






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