☰

El hogar como raíz y como destino



Luis Arribas Mercado

09/10/2026

Cuando pensamos en el hogar, solemos imaginar paredes, recuerdos, olores familiares. Pero hay otra dimensión más íntima: la sensación de pertenecer a un lugar que no siempre coincide con una dirección postal. Ese “hogar” puede ser un estado del alma, un origen que trasciende lo biográfico.



Imagen creada con IA
En cierta ocasión, hace algunos años, tuve la oportunidad de visitar la casa donde me crie y viví hasta los veinte años. Coincidió que estaba haciendo unas gestiones en ese barrio y, de pronto, sentí el impulso de entrar al portal y subir las escaleras que me llevaran hasta la puerta del pisito que fue mi hogar. Llegué hasta la puerta pero no me atreví a llamar, di media vuelta y comencé a descender hacia la calle con el rostro empapado por las lágrimas. No lloraba de tristeza sino de una emoción inclasificable, consecuencia de una descarga de recuerdos que estaban guardados en alguna parte de mi mente y que brotaron como un torrente al verme rodeado de ese escenario tan querido para mí.
 
Al llegar a la calle, me giré para observar de nuevo al portal, y entonces sentí como de mi pecho surgió un chorro de energía cargada con todos los recuerdos vividos en el interior de aquel edificio, liberándome de los apegos que ya no necesitaba y dejando mi alma libre para ver la vida con ojos nuevos, más acordes con lo que estaba viviendo en esa época de mi vida.

El hogar: un viaje circular

Hay palabras que contienen mundos enteros, y hogar es una de ellas. A veces creemos que sabemos lo que significa porque podemos señalarlo en un mapa o describir su olor. Pero el hogar es más vasto que cualquier habitación, más antiguo que cualquier recuerdo, más íntimo que cualquier historia personal. El hogar es el punto donde comienza y termina el viaje de la existencia, el hilo invisible que une lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos cuando dejemos atrás este cuerpo que ahora habitamos. Y quizá por eso, cuando hablamos del hogar, hablamos también de nosotros mismos, de nuestra esencia, de esa parte que no envejece ni se desgasta, que observa en silencio mientras atravesamos la vida.

El hogar que nos recibe, el hogar que construimos, el hogar al que regresamos

Se dice que antes de nacer ya teníamos un hogar. No uno hecho de paredes, sino de luz, de quietud, de una forma de pertenencia que no necesita nombre. Un hogar donde no había prisa, donde no existía la separación, donde éramos algo así como un susurro en el gran tejido del universo. Tal vez por eso, al llegar a este mundo, sentimos una nostalgia que no sabemos explicar. Como si una parte de nosotros recordara un lugar que no aparece en ningún atlas, pero que reconocemos en lo más profundo cuando la vida se aquieta. Ese hogar primordial no se puede describir, pero se intuye en la serenidad que nos invade frente al mar, en la sensación de que hay algo más grande sosteniéndolo todo, en la certeza silenciosa de que no empezamos aquí. 

Luego está el hogar terrenal, el que compartimos con millones de seres que respiran el mismo aire. La Tierra, con su paciencia milenaria, es el hogar común de todos, la casa que nos acoge sin distinciones. Aquí aprendemos a caminar, a amar, a equivocarnos, a levantarnos. Aquí descubrimos que el hogar no es un lugar fijo, sino un proceso que se construye con cada gesto de cuidado, con cada vínculo que nos transforma, con cada paso que damos hacia lo que nos hace sentir vivos. A veces el hogar es una persona que nos mira con ternura. Otras, un paisaje que nos abraza sin palabras. Otras, un silencio que nos reconcilia con nosotros mismos. Y otras, simplemente, el instante en que sentimos que pertenecemos, aunque sea por un segundo, a algo más grande que nuestra propia historia.

Pero el viaje no termina aquí. Muchas tradiciones, y también muchas intuiciones personales, sostienen que cuando uno fallece vuelve al verdadero hogar. No como quien regresa derrotado, sino como quien completa un círculo. La muerte, vista desde esta perspectiva, no es un final, sino un retorno. Un volver a esa fuente de la que partimos, llevando con nosotros todo lo vivido, todo lo amado, todo lo aprendido. Quizá por eso tantas culturas hablan de la muerte como un viaje: un tránsito hacia un hogar que no está lejos, sino más allá de lo visible. Un hogar que no se pierde porque nunca dejó de acompañarnos. Un hogar que no es un lugar, sino un estado del ser.

Y así, entre el hogar del que venimos, el hogar que construimos en la Tierra y el hogar al que regresamos, se despliega la vida. Una vida que, en el fondo, es un viaje circular. Un viaje que nos invita a recordar que no estamos perdidos, que no estamos solos, que no somos extraños en este mundo. Porque el hogar no es solo un destino: es la brújula que llevamos dentro, la memoria que nos guía, la certeza de que todo lo que somos forma parte de un mismo camino. Y, tal vez, cuando comprendemos esto, empezamos a vivir de otra manera: con más gratitud, con más presencia, con más ternura hacia nosotros mismos y hacia los demás. Porque entendemos que todos, sin excepción, estamos de regreso en el camino a casa.







Artículo leído 0 veces

Otros artículos de esta misma sección