Imagen creada con IA
Había una vez, en un lugar muy pequeño y muy profundo dentro de ti, un niño que guardaba una linterna.
No era una linterna cualquiera.
No alumbraba hacia fuera.
Alumbraba hacia dentro.
Ese niño vivía en una casa con muchas habitaciones. Algunas estaban llenas de risas antiguas. Otras guardaban silencios que nadie había querido escuchar. En una había dibujos sin terminar. En otra, palabras que se quedaron en la garganta.
El niño no estaba enfadado.
Estaba esperando.
Esperando a que alguien volviera.
A veces te veía pasar muy deprisa, convertido en adulto responsable, fuerte, eficiente. Te veía sostenerlo todo. Resolverlo todo. Entenderlo todo. Y bajaba la mirada, pensando que quizá ya no era importante.
Pero cada noche, cuando el mundo se callaba, encendía su linterna.
Y la luz hacía algo muy suave: iluminaba lo que dolía… sin asustarlo.
Un día, cansado de correr, te sentaste en el suelo de tu propia casa interior.
No sabías muy bien qué hacer. Solo sabías que estabas cansado de ser tan grande.
Y entonces lo viste.
Pequeño. Con la linterna entre las manos.
No te reprochó nada.
No te preguntó por qué tardaste.
No te exigió explicaciones.
Solo dijo:
Pensé que no volverías. No era una linterna cualquiera.
No alumbraba hacia fuera.
Alumbraba hacia dentro.
Ese niño vivía en una casa con muchas habitaciones. Algunas estaban llenas de risas antiguas. Otras guardaban silencios que nadie había querido escuchar. En una había dibujos sin terminar. En otra, palabras que se quedaron en la garganta.
El niño no estaba enfadado.
Estaba esperando.
Esperando a que alguien volviera.
A veces te veía pasar muy deprisa, convertido en adulto responsable, fuerte, eficiente. Te veía sostenerlo todo. Resolverlo todo. Entenderlo todo. Y bajaba la mirada, pensando que quizá ya no era importante.
Pero cada noche, cuando el mundo se callaba, encendía su linterna.
Y la luz hacía algo muy suave: iluminaba lo que dolía… sin asustarlo.
Un día, cansado de correr, te sentaste en el suelo de tu propia casa interior.
No sabías muy bien qué hacer. Solo sabías que estabas cansado de ser tan grande.
Y entonces lo viste.
Pequeño. Con la linterna entre las manos.
No te reprochó nada.
No te preguntó por qué tardaste.
No te exigió explicaciones.
Solo dijo:
Te sentaste a su lado. Y por primera vez en mucho tiempo, no intentaste arreglar nada. No analizaste. No explicaste. No comprendiste.
Solo escuchaste.
Te habló de cuando necesitó que lo defendieran.
De cuando aprendió que sentir era demasiado.
De cuando se prometió no molestar más.
Y mientras hablaba, la linterna iluminaba las paredes.
Y lo que parecía grieta empezó a parecer historia.
Y lo que parecía debilidad empezó a parecer ternura.
Entonces entendiste algo.
No eras fuerte porque lo habías superado todo.
Eras fuerte porque él había sobrevivido.
Lo miraste a los ojos. Y le dijiste:
El niño sonrió. La linterna ya no hacía falta. Porque cuando un adulto regresa con presencia, la casa se ilumina sola.
Desde ese día, no desaparecieron las sombras.
Pero ya no daban miedo.
Porque cada vez que la vida se volvía demasiado difícil, sabías dónde sentarte.
Sabías a quién abrazar.
Sabías que dentro de ti no había fragilidad… había memoria viva esperando amor.
Y el niño, ya no esperaba.
Caminaba contigo.
Arantxa Anguita Alegret
Psicóloga sanitaria transpersonal y arteterapeuta
Instagram @psicomediacion