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Memorias amargas: Parte 3



Maria Pinar Merino Martin

11/07/2019

Continuamos con las otras tres memorias amargas de la infancia, esas heridas que condicionan nuestra personalidad y cómo será la calidad de nuestra vida cuando seamos adultos. Son heridas, lesiones que no han cicatrizado y que cuando vivimos alguna situación con el mismo “colorido emocional” vuelven a activarse para impedirnos llevar una vida plena.



Tercera herida de la infancia: humillación

Photo by Steve Johnson on Unsplash
Photo by Steve Johnson on Unsplash
El niño sufre experiencias en las que le gritan, le insultan, le humillan, le avergüenzan frente a otras personas, le ridiculizan, o también se puede sentir humillado cuando le comparan con algún hermano u otro niño de la familia. Si eso se produce de forma repetitiva se crea la herida de la humillación en la familia, que con toda seguridad después se verá reforzada en el ámbito social, laboral, etc. Es más dolorosa la herida cuando es la madre la que protagoniza esas conductas.
 
La autodefensa cuando tenemos la herida de la humillación es la aparición de actitudes masoquistas. La persona afectada desarrolla la actitud de “pobre de mí”, de víctima siempre dispuesta a “poner la otra mejilla”. Estas personas se refugian en el sufrimiento, el dolor, el sacrificio como una vía de escape. Son actitudes muy difíciles de cambiar puesto que a nivel interno se asientan en un patrón: “Cuanto más me sacrifique, cuanto más sufra soy mejor”, “El sufrimiento es el camino para evolucionar”, etc.
 
Pero ¿Qué hay detrás de estas actitudes? Inseguridad, miedo a no sentirse cuidado y protegido y para ello me convierto en una persona sumisa, me someto a los dictados de los que creo más fuertes, o más inteligentes, o más carismáticos. Esa postura mental llevada al extremo significa la aceptación de los malos tratos (como sucede en los casos de violencia de género), los insultos y las descalificaciones; desarrollamos una máscara: el masoquismo porque internamente pensamos que no somos dignos, que no merecemos que nada bueno llegue a nuestra vida, que tenemos lo que nos corresponde, lo que recibimos.
 
El dolor es algo que no podemos evitar, pero el sufrimiento, en cambio, es una elección. Mucha gente desarrolla hasta límites increíbles su capacidad de sufrimiento, como si formase parte de su naturaleza. El dolor no lleva necesariamente aparejado el sufrimiento, me concedo un tiempo para expresarlo, para atender a mi corazón destrozado, pero después me pongo nuevamente en pie tras la caída.
 
Quedarnos en el sufrimiento significa creer que merecemos un castigo, que hemos cometido algún error y merecemos lo que tenemos. El sentimiento de culpa subyace bajo esas actitudes y es difícil de erradicar: “Si no me dan lo que necesito es porque no me lo merezco”.
 
La persona se conforma con su situación y renuncia a introducir cambios para salir de ella, se abre al sufrimiento y con ello está atrayendo situaciones que retroalimenten esos sentimientos.
 
El camino para sanar esta herida es tomar consciencia de que la vida siempre nos proporciona lo que necesitamos, que cada experiencia es una posibilidad de aprendizaje y crecimiento. Muchas veces queremos que la otra persona haga las cosas como nosotros las hacemos, ahí hemos de trabajar en la aceptación y aceptar que las cosas son como son.
 
Y, por supuesto, salir de situaciones que nos causen dolor, buscar la gratificación y la felicidad. Ser conscientes de que nacimos para ser felices y disfrutar de la verdadera libertad que es poder elegir aquello que queremos vivir.

Cuarta herida de la infancia: traición

Imagen de Steve Buissinne en Pixabay
Imagen de Steve Buissinne en Pixabay
Cuando un niño se ha sentido traicionado, por ejemplo, cuando le han engañado, cuando los mayores con los que convive no han cumplido sus promesas, cuando le mienten, cuando le excluyen y no le dejan participar, cuando le apartan y no cuentan con él, etc. se desarrolla en el niño un sentimiento de traición que puede manifestarse con una actitud de envidia hacia los demás, de desconfianza y recelo. Desarrollan un mecanismo defensa que consiste en pensar mal de los demás y les resulta tremendamente complicado poder cambiar sus planteamientos. Se vuelven rígidos y controladores creyendo que de esa forma evitarán nuevas traiciones.
 
La herida de la traición provoca en la persona que se siente traicionada la necesidad de control. De esta forma cree que así no será traicionada ni engañada. Cuanta más información tenga, cuantos más datos acumule más controlada tendrá la situación. Llega a desenfocar tanto la situación que se focaliza no sólo en la traición sino en lo que esa persona no le ha dicho. Siente traición no solo por lo sucedido sino porque el otro omitió contar algo. Y ahí hay una importante fuente de conflicto porque hacemos tantas cosas al cabo del día que con frecuencia olvidamos decirlas.
 
Nuevamente la máscara de defensa le hace transitar por el camino erróneo pues cuanto más intenta controlar, cuanta más información busca para tenerlo todo bien atado, más motivos encuentra en el otro. La traición como tal, es un riesgo que existe en la vida. Todos podemos contar situaciones en las que, subjetivamente, nos hemos sentido traicionados, alguien defrauda nuestra confianza, responde de una manera que no esperábamos, incumple sus promesas, etc.
 
Los pasos para sanar esta herida que nos hace sentirnos desgarrados serían trabajar para aprender a soltar, a no controlar, a darnos cuenta de que cada uno goza de libertad para hacer lo que quiera. Sería bueno relativizar, alejarnos de la situación para evitar tomárnosla como algo personal, como una afrenta a nosotros y pensar que tal vez la otra persona tenga criterios diferentes y sobre todo el derecho a responder como quiera.  
 
La creencia de la traición es una gran causa de sufrimiento en nuestra vida, algo que hay que erradicar. Si alguien no cumple su palabra o desatiende sus compromisos está en nuestra mano retirarle la confianza a esa persona. No se trata de blindar las relaciones, de hacer de la vida un contrato permanente pues los papeles no garantizan nada pues son perecederos como lo son las promesas, las palabras y las ideas.
 
Si la vida me enfrenta una y otra vez con el tema de la traición es el momento de aprovechar la oportunidad para aprender a no controlar, a no ser posesivo ni absorbente, a dejar a un lado la avaricia, a no tener expectativas sino a estar abierto al correcto proceso de la vida. El control férreo no funciona, como se ha demostrado a nivel social en muchas ocasiones en todos los pueblos de la Tierra.
 
Tenemos que aprender a soltar, a no acumular o retener, a no poseer, a dejar que fluya la energía que tienen tanto las cosas como las personas. Desde pequeños tenemos muy arraigado el sentimiento de propiedad: “Esto es mío” siente el niño con su primer juguete o con las personas a las que quiere.
 
La respuesta, por lo tanto, es soltar y aunque hay muchos modelos en nuestra sociedad que nos incitan a controlar a cosas y personas para sentirnos seguros; la vida nos ofrece la oportunidad de aprender a compartir y mantenernos fieles a nosotros mismos para no atraer más experiencias en las que esté involucrada la traición.

Quinta herida de la infancia: injusticia

Imagen de Sang Hyun Cho en Pixabay
Imagen de Sang Hyun Cho en Pixabay
Detrás de esta herida se encuentran vivencias donde ha estado presente la disciplina, la severidad extrema, la frialdad en las relaciones, la falta de afecto, el exceso de normas, la falta de expresión de las emociones. Se generan en la infancia y en la adolescencia cuando los padres vuelcan sus expectativas y sus exigencias en el niño. Es más profundo el daño si se origina en el progenitor del mismo sexo.
 
La herida de la injusticia nos lleva a la hostilidad, a la reivindicación, a la venganza. La injusticia social, las desigualdades son una lacra en nuestras sociedades, eso provoca enfrentamiento, lucha, represalias, venganza, hostilidad y sobre todo desconfianza. Justicia, equidad, equilibrio, igualdad serían los valores que formarían los puntos cardinales de la sociedad, pero en cambio, vemos que objetivamente, el mundo está plagado de injusticias.
 
Seguramente la injusticia es un mecanismo para despertar la conciencia. La justicia no tiene que ver con la venganza con el “ojo por ojo y diente por diente” de nuestra historia como humanidad. No podemos permanecer impasibles ante las injusticias, pero tampoco podemos olvidar el perdón. Un perdón sanador que nos permita soltar toda carga que nos hace daño, que nos enferma, sin por ello minimizar la ofensa o disculpar el daño que nos han infringido. Una persona que tiene la herida de la traición en su biografía tiene muchas dificultades para perdonar y esa es, precisamente, la puerta que puede liberarla y sanarla.
 
Cuando una persona tiene la herida de la injusticia tiene una especie de sensor que le hace encontrarse con situaciones donde sentirá que es tratada injustamente, que no recibe lo que corresponde a sus esfuerzos y si no lo afronto voy a seguir alimentando mis deseos de venganza, de que alguien me resarza de lo que me deben, y eso se prolongará a lo largo del tiempo.
 
Volvemos nuevamente a considerar las experiencias de la vida como lecciones, como aprendizajes valiosos. Aprendizajes que tienen que ver con admitir los errores, con intentar reparar los daños sufridos (la mayoría de las veces es mayor el sentimiento de fraude emocional que el material), con soltar el rencor y no albergar resentimiento hacia el que nos ha herido pues esas emociones nos atan de forma permanente a esas personas. 
 
El Ho’oponopono se ha revelado como una buena práctica que nos ayuda a sanar conflictos personales, familiares y sociales basándonos en el perdón, la aceptación y la gratitud. Es una técnica que permite limpiar nuestra mente de memorias viejas y amargas que aún condicionan nuestra vida.
 
Ejercicio para liberarnos de las memorias amargas:
 
Para liberar nuestra mente de todas esas heridas es muy útil hacer un ejercicio que llamamos “deshacernos de las memorias amargas”.
  • Se trata de entrar en meditación activando el corazón mediante la respiración desde el plexo cardiaco para generar las ondas de coherencia que es capaz de emitir nuestro corazón.
  • Evocar el hecho que os produjo dolor.
  • Identificar la emoción que os invade.
  • Escribirla en un papelito. (Es importante que no describáis el hecho sino la emoción que os ha producido. Reconocer la herida abierta aún).
  • Una vez escrito, doblas el papel y lo colocas en las fontanelas sobre la parte superior de la cabeza mientras dices:
 
“Pido y deseo que la Luz y el Amor inunden mi corazón, de modo que cada imagen, sentimiento, pensamiento y creencia sea sanada de mi programación, y pueda estar lista/o para abandonar el miedo y la falsedad, para responder siempre desde el Amor y la Verdad y no desde el dolor y el placer”.
 
  • Después colocas el papelito en el entrecejo y repites la misma frase.
  • Por último, lo colocas sobre la glándula timo (chakra del corazón) y repites la misma frase.
  • Cuando has completado el proceso lo quemas.
 
Es un ejercicio muy liberador pues actúa sobre el chacra séptimo limpiando y sanando esa memoria a nivel de nuestra trayectoria espiritual, después al colocarla sobre el sexto chacra estamos actuando sobre el cerebro y el sistema nervioso para que esa herida sea limpiada incluso a nivel neurológico; y por último al colocarla sobre la glándula timo actuamos sobre el sistema inmunológico para limpiar la programación de nuestras células y para proporcionar a nuestra petición la fortaleza de la conciencia del corazón.




              



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